martes, 29 de abril de 2008

 

De la Ceca a la Meca

"Cada cual tiene su particular manera de pasear por el mundo y para aquel que no disponga de ninguna, tal vez porque le falta imaginación, existen las acreditadas guías de turismo. Allá cada uno se las componga. No es ésta ocasión de censurar este o el otro procedimiento. Las técnicas del paseo son tantas como cabezas y si para unos la vida y el mundo no constituyen más que un proceso mediante el cual el hombre manifiesta su aptitud para ordenar piedras, para otros se reduce a la idea religiosa y su correspondiente expresión plástica, y aun, para algunos, el arte -pobre arte- de exaltar la frivolidad. En puridad, uno puede recorrer el mundo saltando de piedra en piedra, de santuario en santuario o de cabaret en cabaret. El mundo es susceptible de medirse con muy distintas medidas. Las técnicas del paseo, como las opiniones, todas son respetables.

Uno, claro es, disponde también de su personal procedimiento de pasear por el mundo. Ignora si bueno o malo, pero es, sin objeción posible, el que mejor se acomoda a su manera de ser. Uno, por principio, trata siempre de eludir en sus paseos un plan preconcebido. Los paseos sistematizados, a juicio del que suscribe, suelen esterilizarse entre las mallas asfixiantes del programa. Los programas previos, siempre a juicio del que suscribe, fosilizan la Naturaleza, rompen toda concatenación entre los seres y las cosas. Es mejor, y de ordinario más eficaz, andar de la Ceca a la Meca sin la coacción de horarios estrechos ni de rutas elaboradas de antemano. Es ésta la única manera, a mi modesto entender, de que el mundo sea un descubrimiento para cada nuevo par de ojos que la miren.

Admito que mediado el siglo XX es un poco tarde para asomarse al mundo y descubrirlo. Pero uno, en este punto, no estuvo en condiciones de elegir. Uno se asomó -o mejor dicho, le asomaron- en su momento. Creo que sobre este extremo es inútil discutir. Por otro lado, representa un lamentable error pensar que el mundo no varía; que el mundo es siempre el mismo, cuando en realidad hay tantos mundos como años y tantos como pares de ojos lo contemplan. El mundo de ayer no es el de hoy, ni, por supuesto, el que uno ve se parece lo más mínimo al que ve el vecino. Esto es na ventaja, supuesto que, de este modo, el material a observar es inagotable; primero está el mundo que uno ve, después el mundo que otros vieron y, por último, el mundo que le hacen ver -de ordinario mucho más vasto, complejo y entretenido- los demás".

Miguel Delibes, "Prólogo" a Por esos mundos. Sudamérica con escala en Canarias, 1961.

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