lunes, abril 30, 2007

 

Los disconformes que levanten el dedo

«Elegido por aclamación

Sí, fue un malentendido.

Gritaron: ¡a las urnas!
y él entendió: ¡a las armas! -dijo luego.
Era pundonoroso y mató mucho.
Con pistolas, con rifles, con decretos.

Cuando envainó la espada dijo, dice:
La democracia es lo perfecto.
El público aplaudió. Sólo callaron,
impasibles, los muertos.

El deseo popular será cumplido.
A partir de esta hora soy -silencio-
el Jefe, si queréis. Los disconformes
que levanten el dedo
.

Inmóvil mayoría de cadáveres
le dio el mando total del cementerio».

Ángel González, "Elegido por aclamación", en Grado elemental, París, Ruedo Ibérico, 1962.

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viernes, abril 27, 2007

 

Utopía


«Ella está en el horizonte.
[...] Me acerco dos pasos,
ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte
se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine,
nunca la alcanzaré.
¿Para que sirve la UTOPÍA?
Para eso sirve: para caminar».

Eduardo Galeano, "Ventana sobre la utopía", en Las palabras andantes, Siglo XXI, 1993.

Imagen: Ilustración de Virgilio Vercelloni aparecida en la primera edición de 1516 de la Utopía de Tomás Moro.

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jueves, abril 26, 2007

 

La importancia de los buenos cimientos


«Sobre el cimiento de la necedad, no se asienta ningún discreto edificio».



Miguel de Cervantes, El Quijote (Parte II, Cap. XLIII).
Imagen: Felix Valloton, The Church of Souain, 1917.

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martes, abril 24, 2007

 

Melancolía


Migala - The Guilt

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lunes, abril 23, 2007

 

San Jorge

A mi cuñado


La historia más difundida de San Jorge (a través de "La Leyenda dorada") es sin duda la del dragón, en la cual se presenta al santo como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una ciudad situada en Libia. Dicho animal exigía dos corderos diarios para alimentarse y no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo. Al final ocurrió que los ganaderos se quedaron casi sin ovejas y decidieron que se le entregara cada día una persona viva, que sería escogida bajo un sorteo. Un buen día, le salió elejida la hija del rey, pero cuando el monstruo iba a comérsela apareció San Jorge y la salvó. Es por esta razón que en Cataluña San Jorge (o Sant Jordi) es el patrón de los enamorados.

Sin embargo, todo esto tiene poco que ver con que tal día como hoy, 23 de abril, se celebre el Día del Libro. El Día del Libro comenzó a celebrarse el 7 de octubre de 1926 en conmemoración del día de nacimiento de Miguel de Cervantes. La idea fue del escritor y editor valenciano afincado en Barcelona Vicent Clavel Andrés, que la propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona. El 6 de febrero de 1926 el gobierno español, presidido por Miguel Primo de Rivera, lo aceptó, y el rey Alfonso XIII firmó el Real decreto que instituía la “Fiesta del Libro Español”. No obstante, poco después, en 1930, se acordó cambiar la fecha trasladándola al 23 de abril, día de la muerte de Cervantes. El hecho de que dos genios como Miguel de Cervantes (según el calendario gregoriano) y William Shakespeare (según el calendario juliano) murieran el 23 de abril, llevó en 1995 a la UNESCO a instituirlo como el Día Mundial del Libro.

Vamos, que como cualquier excusa es buena, dentro de un rato me marcho a comprarme unos cuantos libros, para regalar y por supuesto también para mí.

Imagen: Paolo Uccello, San Jorge y el dragón, 1456-1460.

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domingo, abril 22, 2007

 

Cambio radical


«[...] siempre he pensado que todos los profesores te enseñan algo, pero sólo unos pocos hacen que algo cambie en tu cabeza. Yo siempre he deseado estar en este segundo grupo».

Juan Cruz, "Ignacio Bosque: el monje de las palabras", El País Semanal,19/04/2007.

Imagen: fragmento de El Bosco, Extracción de la piedra de la locura, 1475-1480.

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jueves, abril 19, 2007

 

Multiusos

A la dueña de Laksmi y Parvati


«Sonríe, tus dientes no sólo se hicieron para comer y morder».

Man Ray

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Rod Picott

Si fuera músico, me gustaría ser como este hombre, sencillo y profundo al mismo tiempo. Así que cierra los ojos y escucha cómo te canto. Van por ti.
Rod Picott - Broke Down (Live)


Rod Picott - Circus Girl

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martes, abril 17, 2007

 

A buen entendedor, pocas palabras bastan


“[…] soy callada por naturaleza. De niña me tenían por respetuosa; de joven decían que era discreta. Más adelante pensaban de mi actitud que era una prueba de la sabiduría que aporta la madurez. Hoy en día el silencio se considera raro, y la mayoría de los miembros de mi raza han olvidado lo hermoso que es dar a entender mucho diciendo poco”

Toni Morrison, Amor, Mondadori, 2004.

Imagen: Guido Pietro da Muguello, San Pedro Mártir exhorta al silencio, 1441.

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lunes, abril 16, 2007

 

Novecento


Si no la has visto y te interesa la Historia, además del buen cine, te recomiendo que te hagas con ella. Eso sí, te hará falta disponer de tiempo, pues probablemente, sea una de las películas más largas que he visto (y veré nunca): su metraje es de ¡más de 5 horas!

Retrata algunos episodios trascendentales de la historia de Italia a partir de la vida de dos niños que nacen el mismo día, uno hijo de un terrateniente y otro de un bracero.

Tiene un reparto de lujo (con Robert de Niro, Gerard Depardieu, Donald Sutherland, y Burt Lancaster sensacionales) y una banda sonora soberbia (a cargo de Ennio Morricone). Aparte de eso, se trata de mi película preferida de Bernardo Bertolucci.

¿Te animas?

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domingo, abril 15, 2007

 

Titanic


Confieso que en mi caso, aplicada a la tragedia del Titanic, se cumple la frase "quien conoce la historia por primera vez se mete dentro de ella y ya no puede salir". Desde pequeño, no sé muy bien por qué, me ha interesado todo lo relativo a este famoso transatlántico. Hoy, coincidiendo con que hace 95 años que se hundió, quisiera recordarlo con estos dos videos:



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sábado, abril 14, 2007

 

Planes frustrados


«Hasta el fin se repite siempre la ley que rige el destino de Balzac: sólo puede realizar sus sueños en los libros, nunca en su vida. Con indecibles esfuerzos, con desesperados sacrificios y ardiente expectación preparó esta casa para vivir en ella “veinticinco años” con la mujer que al final ha conquistado. En realidad, habitará en ella únicamente para morir. Instaló, enteramente de acuerdo con sus deseos, un gabinete para concluir la Comédie humaine. Tiene ante sí proyectos para más de cincuenta obras. Pero en este gabinete no escribirá ni una sola línea. La vista le falla por completo, y la única carta escrita en la rue Fortunée que de él poseemos es conmovedora. Está dirigida a su amigo Théophile Gautier y escrita por su esposa; sólo una línea de postdata fue penosamente garabateada por Balzac: “Ya no puedo leer ni escribir”.

Mandó hacer una biblioteca a partir de un carísimo armario taraceado, pero ya no es capaz ni de abrir un libro. Su salón está forrado de damasco dorado; Balzac quería recibir en él a lo más excelso de la alta sociedad de París. Pero nadie va a visitarle. Toda palabra ya es mucho pedir para él; y los médicos le prohíben hasta el pequeño esfuerzo de hablar. Organizó la gran galería con los cuadros de su estima con objeto de sorprender a París entero, que tendría que admirar la incomparable colección de allí se ha reunido en completo silencio. Se figuraba que iba a enseñar sus obras de arte, cuadro por cuadro, a sus amigos, a los escritores y a los artistas; soñaba con explicar todos los pormenores de la colección. Lo que imaginó que iba a ser un palacio concurrido se convirtió en una cárcel solitaria. Balzac está solo, acostado en la enorme casa; sólo de vez en cuando, tímida como una sombra, entra su madre para ver cómo se encuentra. Su esposa –todos los testigos concuerdan en señalarlo– manifiesta una total falta de verdadera solicitud […].

Las cartas que escribe a su hija revelan a las claras esta actitud. En ellas se habla frívolamente de encajes, aderezos o vestidos nuevos; casi no hay una palabra que indique verdadera preocupación por el moribundo. […]

Todos los que ven a Balzac saben que está irremediablemente perdido. Sólo una persona se niega a creerlo: el propio Balzac. Con su enorme optimismo, incluso ahora inalterable, ve el restablecimiento donde todos ven la muerte. Balzac está acostumbrado a dar esquinazo a las dificultades y a hacer posible lo imposible. Por eso mismo, ni siquiera ahora da por perdida la partida. […]

Balzac falleció la noche del 17 al 18 de agosto de 1850. Únicamente su madre estaba a su lado. Su esposa hace mucho que se había retirado a descansar. Su fin es viva imagen de la más horrenda soledad».

Stefan Zweig (1946), Balzac. La novela de una vida, Paidós, 2005.

Imagen: tumba de Honoré de Balzac en 3l cementerio de Père-Lachaise (París).

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Puestos de libros


«Devorado por febril curiosidad, en París pasaba yo el día entero calle arriba, calle abajo, en compañía de un plano, estudiando las vías de aquella inmensa urbe, admirando la muchedumbre de sus monumentos, confundido entre el gentío cosmopolita que todas partes bullía. A la semana de este ajetreo ya conocía París como si fuera un Madrid diez veces mayor. Frecuentes paradas hacía en los puestos de libros, que allí son cajones exhibidos en los quais, a lo largo del Sena. El primer libro que compré fue un tomito de las obras de Balzac –un franco; Librairie Nouvelle–. Con la lectura de aquel librito, Eugenia Grandet, me desayuné del gran novelador francés, y en aquel viaje a París y en los sucesivos completé la colección de ochenta y tantos tomos, que aún conservo con religiosa veneración».

Benito Pérez Galdós, Memorias de un desmemoriado, 1916.

Imagen: Antoine Blanchard, Notre Dame.

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viernes, abril 13, 2007

 

Los sueños de Lucrecia


«Fue en la primavera de 1980, mientras trabajaba en los archivos de la Inquisición española en Madrid, cuando leí por primera vez acerca de la detención hace casi cuatrocientos años de una joven madrileña de veintiún años, Lucrecia de León. En los documentos del archivo no se mencionaban las causas de su detención, pero el Santo Oficio acusaba a Lucrecia de haber "inventado" una serie de sueños que supuestamente contenían diversas proposiciones blasfemas y heréticas, así como declaraciones sediciosas que dañaban el honor y la reputación del monarca español, Felipe II. Mi interés por el caso de Lucrecia se avivó aún más por unas referencias a lo que los inquisidores describían como "registros de sueños", un conjunto de cuadernos que contenían transcripciones de los sueños de Lucrecia desde noviembre de 1587 hasta su detención dos años y medio después. Posteriormente descubrí que tales registros no habían sido escritos por Lucrecia, sino que ésta había dictado diariamente sus sueños a varios sacerdotes. De esta manera, se recopiló un registro de más de cuatrocientos sueños que con posterioridad fue confiscado por la Inquisición.

Los sueños de Lucrecia no son, al menos superficialmente, del tipo que interesaría a un psicoanalista freudiano. Algunos son innegablemente autobiográficos y con toda probabilidad pueden clasificarse como sueños que contienen "residuos del día"; que ofrecen una visión breve de sus actividades diarias. Otros pueden considerarse idénticos a la clase que Freud describe en su ensayo "Family Romances", ofreciendo algunas ideas fragmentarias sobre la personalidad y la psique de Lucrecia. Estos sugieren que, aunque iletrada, fue una brillante, inteligente y ambiciosa mujer frustrada por la incompetencia de su padre, solicitador que trabajaba en Madrid, a la hora de velar por el bienestar de su familia. Lucrecia estaba enfadada con su padre por no haberle sabido dar una dote, e incluso por no haberle ayudado a encontrar un marido apropiado. En los sueños, Felipe II ocupa el lugar del padre y, en un típico caso de trastorno edíptico, se convierte en el objeto de la cólera de Lucrecia, que le culpa repetidamente de no haber tomado las medidas necesarias para el matrimonio de su propia hija, la infanta Isabel. Sin embargo, en su mayoría los sueños de Lucrecia no ofrecen lo que Freud describió como "un camino ideal para el conocimiento de las actividades subconscientes de la mente", y no se prestan a un análisis psicobiográfico.

La importancia real de estos sueños reside más bien en su crítica social y política de la España de Felipe II, y este estudio los aborda como observaciones de acontecimientos históricos. Además de fracasar como padre, el monarca aparece en los sueños como el origen de todos los males que Lucrecia ven en España: una iglesia corrupta, impuestos opresivos, falta de justicia para con los pobres y una débil defensa nacional. Los sueños también advierten de la inminente "pérdida" o "destrucción" del reino, anunciando que los problemas de Felipe II empezarán con la derrota de la Gran Armada -desastre que Lucrecia predice casi un año antes de que la Armada Invencible parta para Inglaterra en 1588. En sus sueños también prevé que España pronto será invadida por sus enemigos, tanto musulmanes como protestantes, y sugiere que todas estas calamidades son un castigo divino provocado por la política errónea y las faltas personales de Felipe II. Lucrecia llea incluso a presagiar la muerte del rey y de su legítimo heredero, el infante Felipe, la extinción de la rama española de los Austrias y la llegada de una nueva monarquía[...]».

Richard L. Kagan, Los sueños de Lucrecia. Política y profecía en la España del siglo XVI, Editorial Nerea, 1991.

Imagen: Gustave Courbet, La hamaca, 1844.

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miércoles, abril 11, 2007

 

La princesa prometida

"Éste es el libro que más me gusta de todos, aunque nunca lo he leído. ¿Cómo puede pasarme algo así?
Haré lo imposible por explicarlo. Cuando era niño, los libros no me interesaban. Detestaba leer, no se me daba nada bien, y, además, ¿cómo dedicarse a la lectura cuando había montones de juegos que me esperaban? El baloncesto, el béisbol, las canicas: era incansable. Incluso llegué a ser bastante bueno. Si me daban una pelota y un patio vacío, era capaz de inventarme triunfos en el último segundo, triunfos que hacían saltar las lágrimas. El colegio era una tortura. La señorita Roginski, que fue mi maestra desde los cursos tercero al quinto, no paraba de decir a mi madre: «Tengo la impresión de que Billy no se esfuerza todo lo que debiera». O: «Cuando le pongo un examen, Billy lo hace realmente muy bien, sobre todo si tenemos en cuenta su actitud en la clase». Incluso, y esto era lo más frecuente: «Señora Goldman, no sé qué vamos hacer con Billy».
«¿Qué vamos a hacer con Billy?». Esa pregunta me persiguió durante aquellos primeros diez años. Fingía que no me importaba, pero en el fondo me sentía petrificado. Todo el mundo y todas las cosas me dejaban de lado. No tenía amigos de verdad, ni una sola persona que compartiera conmigo mi desmesurado interés por los deportes. Parecía ocupado, muy ocupado, pero supongo que, si me hubieran preguntado, habría reconocido que, a pesar de tanto frenesí, me encontraba muy solo.
—¿Qué vamos a hacer contigo, Billy?
—No lo sé, señorita Roginski.
—¿Cómo es posible que suspendieras esta prueba de lectura? Yo misma te he escuchado utilizar cada palabra con mis propios oídos.
—Lo siento, señorita Roginski. A lo mejor es porque no estaba pensando.
—Siempre estás pensando, Billy. La cuestión es que no estabas pensando en la prueba de lectura.
Lo único que podía hacer era asentir.
—¿Qué ha ocurrido esta vez?
—No lo sé. No me acuerdo.
—¿Estarías otra vez pensando en Stanley Hack? (Stanley Hack era el tercer base de los Cubs de esta y de muchas otras temporadas. Lo había visto jugar en una ocasión, desde las gradas, e incluso a esa distancia, tenía la sonrisa más dulce que había visto jamás, y hasta el día de hoy, juraría que me sonrió varias veces. Lo adoraba. Además, bateaba como los dioses.)
—No, en Bronko Nagurski. Es un jugador de fútbol. Un gran jugador, y el periódico de anoche decía que a lo mejor vuelve a jugar otra vez para los Bears. Se retiró cuando yo era pequeño. Pero si volviera, y si lograse que alguien me llevase a un partido, podría verlo jugar y, a lo mejor, si quien me llevara lo conociese, tal vez lograría que me lo presentasen después, y a lo mejor, si tuviese hambre, podría invitarle a un bocadillo de los míos. Trataba de imaginarme qué tipo de bocadillo le gustaría a Bronko Nagurski.
La señorita Roginski se hundió en el asiento.
—Tienes una soberbia imaginación, Billy.
No sé qué le contesté. Probablemente «gracias» o algo por el estilo.
—Aunque no logro sacarle partido —prosiguió—. ¿Por qué será?
—Creo que a lo mejor es porque necesito gafas y no puedo leer, ya que veo las palabras muy borrosas. Eso explica por qué me paso todo el rato pestañeando. A lo mejor, si fuese a un oculista, podría recetarme gafas y, entonces, sería el mejor lector del curso y usted no tendría que hacerme quedar tantas tardes después de clase.
Se limitó a señalar detrás de ella y a ordenarme:
—Ponte a borrar las pizarras, Billy.
—Sí, señorita.
Lo de borrar pizarras se me daba de maravilla.
—¿Las ves borrosas? —me preguntó la señorita Roginski al cabo de un rato.
—¡No, qué va! Me inventé la historia.
Tampoco pestañeaba nunca. Pero la señorita Roginski parecía muy mosqueada. Siempre lo parecía. Llevábamos así tres cursos.
—No sé por qué, pero no logro entenderte.
—Usted no tiene la culpa, señorita Roginski.
(No la tenía. A ella también la adoraba. Era regordeta, pero recuerdo que por aquel entonces deseaba que fuera mi madre. No era mi madre, sino simplemente mi maestra, y yo era en su vida su zona personal de evidente fracaso.)
—Ya verás como mejoras, Billy.
—Eso espero, señorita Roginski.
—Eres de los que tardan en florecer, eso es todo. Winston Churchill tardó en florecer y a ti te pasa lo mismo.
Estuve a punto de preguntarle en qué equipo jugaba, pero hubo algo en su tono de voz que me convenció de que era mejor que no lo hiciese.
—Y Einstein.
A ése tampoco lo conocía. Tampoco sabía lo que quería decir con eso de «tardar en florecer». Pero deseé con toda mi alma ser de los que tardan en hacerlo.

A los veintiséis años, mi primera novela, titulada The Temple of Gold (El templo del oro), apareció en Alfred A. Knopf. En fin, antes de que saliera la novela, los del departamento de publicidad de Knopf estaban hablando conmigo, tratando de dilucidar qué hacer para justificar sus sueldos, y me preguntaron a quiénes podían enviar ejemplares del libro para que pudieran erigirse en fuente de opinión. Les contesté que no conocía a nadie que pudiera hacerlo. Entonces ellos me replicaron: «Piensa, todo el mundo conoce a alguien». Me entusiasmé mucho cuando se me ocurrió la idea y les dije: «De acuerdo, enviadle un ejemplar a la señorita Roginski». Cosa que me pareció lógica, porque si alguna vez ha existido una persona que me forjara las opiniones, ésa fue la señorita Roginski. (Por cierto, aparece a lo largo de toda la novela El templo del oro, sólo que le puse «señorita Patulski»; entonces también era creativo.)
—¿Quién? —me preguntó aquella chica de publicidad.
—Es una antigua maestra que tuve. Le envías un ejemplar y yo se lo firmaré, y puede que incluso le escriba una...
Estaba realmente entusiasmado, hasta que aquel tío de publicidad me interrumpió diciéndome:
—Nos referíamos más bien a alguien del panorama literario nacional.
—Envíale un ejemplar a la señorita Roginski, por favor. ¿Vale? —insistí en voz muy baja.
—Sí —repuso él—. Claro, faltaría más.
¿Os acordáis que no pregunté en qué equipo jugaba Churchill por el tono de su voz? En aquel momento, creo que a mí también me salió aquel tono. En fin, algo debió de ocurrir, porque el tipo apuntó de inmediato el nombre de mi maestra y me preguntó si se escribía con «i» latina o con «y» griega.
—Con «i» latina —contesté.
De inmediato hice un repaso de aquellos años, tratando de pensar una dedicatoria fantástica para mi maestra. Ya sabéis, algo inteligente, modesto, brillante, perfecto. Algo así.
—¿Y su nombre de pila?
Eso me hizo volver a la realidad. No sabía su nombre de pila. Siempre la había llamado señorita. Tampoco sabía su dirección. Ni siquiera si seguía viva o no. Hacía diez años que no iba a Chicago; era hijo único, mis padres habían fallecido, ¿a quién le hacía falta Chicago?
—Envíalo a la Escuela Primaria de Highland Park —le dije.
Y lo primero que se me ocurrió escribirle fue: «Para la señorita Roginski, una rosa de quien tardó en florecer», pero después me pareció demasiado presuntuoso, o sea, que decidí que «Para la señorita Roginski, una mala hierba de quien tardó en florecer» sería más humilde. Demasiado humilde, decidí luego, y ese día me dejé de ideas brillantes. No se me ocurrió nada. Después me asaltó la idea de que tal vez no se acordara de mí. Al final, ya al borde de la desesperación, terminé escribiendo: «Para la señorita Roginski de William Goldman. Usted me llamaba Billy y decía que era de los que tardan en florecer. Le envío este libro; espero que le guste. Fue usted mi maestra en tercero, cuarto y quinto cursos. Muy agradecido. William Goldman».
El libro se publicó y fue un fracaso; me encerré en casa y me derrumbé, pero uno acaba adaptándose. El libro no sólo no me situó en la lista de autores más modernos desde Kit Marlowe, sino que para colmo nadie lo leyó. Bueno, a decir verdad, lo leyó cierto número de personas a las que yo conocía. Pero me parece que es más prudente señalar que ningún extraño llegó a saborearlo. Fue una experiencia demoledora y reaccioné como ya he dicho. O sea, que cuando me llegó la nota de la señorita Roginski —tarde, porque la enviaron a Knopf y ellos la retuvieron durante un tiempo— necesitaba realmente que alguien me subiera la moral.
«Apreciado señor Goldman: Gracias por el libro. Todavía no he tenido tiempo de leerlo, pero estoy segura de que es un bonito esfuerzo. Por supuesto que me acuerdo de usted. Me acuerdo de todos mis alumnos. Atentamente, Antonia Roginski.»
Qué desilusión. No se acordaba de mí. Me quedé sentado con la nota en la mano, completamente derrumbado. La gente no se acuerda de mí. De verdad. No es paranoia; simplemente paso por las memorias sin dejar huella. No me importa demasiado, aunque supongo que miento; sí me importa. No sé por qué motivo, en esto del olvido obtengo una muy alta puntuación.
O sea, que cuando la señorita Roginski me envió aquella nota que la igualaba al resto de la gente, me alegré de que nunca se hubiese casado; de todos modos nunca me había caído bien, siempre había sido una pésima maestra, y se tenía más que merecido que su nombre de pila fuera Antonia.
«No iba en serio», dije en voz alta en ese mismo momento. Me encontraba solo en mi despacho de una sola habitación, en el maravilloso West Side de Manhattan, hablando conmigo mismo. «Lo siento, lo siento —proseguí—, tiene que creerme, señorita Roginski.»
Lo que ocurrió entonces fue que por fin había leído la posdata.
Aparecía en el dorso de la nota de agradecimiento y decía así: «Idiota. Ni siquiera el inmortal S. Morgenstern pudo sentirse más paternal que yo».
¡S. Morgenstern! La princesa prometida. ¡Se acordaba de mí!
Escena retrospectiva.
1941. Otoño. Estoy un tanto irritable porque mi radio no capta los partidos de fútbol. El Northwestern se enfrenta al Notre Dame; empezaba a la una, es ya la una y media y no hay manera de sintonizar el partido. Música, noticias, radionovelas, de todo menos el gran acontecimiento. Llamo a mi madre. Viene. Le digo que mi radio está averiada, que no logro sintonizar el Northwestern-Notre Dame.
«¿Te refieres al partido de fútbol?», me pregunta. «Sí, sí, sí», le contesto.
«Pues hoy es viernes —me dice—. Creí que jugaban el sábado.»
¡Si seré idiota!
Me recuesto en la cama, escucho las radionovelas y al cabo de un rato intento volver a sintonizarlo, y la estúpida de mi radio va y capta todas las emisoras de Chicago menos la que transmite el partido de fútbol. Me pongo a gritar, y mi madre entra otra vez hecha una fiera. «Tiraré la radio por la ventana —le digo—. ¡No lo coge, no lo coge! ¡No logro sintonizarlo!» «¿Sintonizar qué?», pregunta mi madre. «El partido de fútbol —contesto yo—. Pareces tonta, el paaaartiiidooo.» «Juegan el sábado, y cuidadito con lo que dices, niño —me advierte mi madre—. Ya te he dicho que hoy es viernes.» Vuelve a marcharse.
¿Alguna vez ha existido un infeliz tan grande?
Humillado, giro la sintonía de mi fiel Zenith, y trato de encontrar el partido de fútbol. Fue tan frustrante que me quedé ahí acostado, sudando y con el estómago raro, aporreando la parte superior de la radio para que funcionara. Y así fue como se dieron cuenta de que deliraba a causa de una pulmonía.
Las pulmonías de ahora no son como las de antes, sobre todo cuando yo la tuve. Estuve unos diez días ingresado en el hospital y después me enviaron a casa para pasar un largo período de convalecencia.
Me parece que todavía estuve otras tres semanas más en cama, un mes quizá. No me quedaban energías, ni siquiera para jugar.
No era más que un pelmazo en período de recuperación de fuerzas.
Punto.
Así es como tenéis que imaginarme cuando me encontré con La princesa prometida.
Era la primera noche que pasaba en casa después de salir del hospital. Exhausto; seguía siendo un enfermo. Entró mi padre, supuse que a darme las buenas noches. Se sentó a los pies de mi cama.
—Capítulo uno. La prometida —dijo.
Sólo entonces levanté la vista y vi que llevaba un libro. Eso, por sí solo, era sorprendente. Mi padre era casi, casi, analfabeto.
—¿Eh? ¿Cómo? No te he oído.
Estaba muy débil y terriblemente cansado.
—Capítulo uno. La prometida —y levantó el libro—. Te lo voy a leer para que te relajes. —Prácticamente me metió el libro en la cara—. De S. Morgenstern. Un gran escritor florinés. La princesa prometida.
Él también se vino a América. S. Morgenstern. Murió en Nueva York. Escribió el libro en inglés. Hablaba ocho lenguas. —Cuando lo dijo, mi padre dejó el libro y me enseñó los dedos—. Ocho.
—¿Habla algo de deportes?
—Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio.
Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos.
Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.



—Suena bien —dije, y medio cerré los ojos—. Haré lo posible por no dormirme..., pero tengo muchísimo sueño, papá...
¿Quién puede saber cuándo va a cambiar su mundo? ¿Quién es capaz de decir antes de que ocurra, que todas las experiencias anteriores, todos los años pasados, fueron una preparación para... nada?
Imaginaos lo siguiente: un anciano casi analfabeto que lucha con un idioma enemigo, un niño casi exhausto que lucha contra el sueño.
Y entre ambos sólo las palabras de otro extranjero, traducidas con dificultad de los sonidos nativos a los de otra lengua. ¿Quién podía sospechar que por la mañana ese niño se despertaría siendo distinto?
De lo único que me acuerdo es de que traté de vencer la fatiga.
Incluso al cabo de una semana no me había dado cuenta de lo que había comenzado aquella noche, de las puertas que se cerraban de golpe mientras otras se abrían. Tal vez debí haber intuido algo, o tal vez no; ¿quién puede presentir la revelación en el aire?
Lo que ocurrió fue simplemente esto: la historia me enganchó.
Por primera vez en mi vida, sentía un interés activo por un libro.
Yo, el fanático de los deportes; yo, el enloquecido por los partidos; yo, el único niño de diez años de Illinois que odiaba el alfabeto pero que quería saber qué ocurría después.
¿Qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley y de Íñigo, el más grande espadachín de la historia mundial? ¿Y cuán fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tendría límites la crueldad de Vizzini, el endiablado siciliano?
Todas las noches mi padre me leía un capítulo tras otro, luchando siempre para que las palabras sonaran correctamente, para atrapar el sentido. Y yo yacía allí tumbado, con los ojos entrecerrados, mientras mi cuerpo recorría lentamente el largo camino que le devolvería las fuerzas. Como ya he dicho, la convalecencia duró aproximadamente un mes, y en ese tiempo, mi padre me leyó dos veces La princesa prometida. Aunque podía leer yo solo, este libro era suyo. Jamás se me habría ocurrido abrirlo. Quería escucharlo con la voz de mi padre, con sus sonidos. Más tarde, incluso muchos años más tarde, en ocasiones solía decir: «¿Qué tal si me lees el duelo que Íñigo y el hombre de negro sostienen en el acantilado?». Y mi padre acostumbraba a gruñir y mascullar, se iba a buscar el libro, se humedecía el pulgar con la lengua, y volvía las páginas hasta que empezaba la fantástica batalla. Me encantaba. Incluso hoy, cuando necesito evocar el recuerdo de mi padre, así es como lo hago. Y lo veo encorvado, esforzando la vista y deteniéndose ante una palabra difícil, tratando de ofrecerme la obra maestra de Morgenstern lo mejor que podía. La princesa prometida le pertenecía a mi padre.
Todo lo demás era mío.
No hubo historia de aventuras que se salvara de mí.
«No puede ser —le decía a la señorita Roginski cuando me restablecí—.
Sigue recomendándome a Stevenson cuando ya me lo he leído todo. ¿A quién leo ahora?»
«Prueba con Scott —me sugería ella—, y vamos a ver si te gusta.»
Y yo probaba con el viejo sir Walter y me gustaba lo suficiente como para tragarme media docena de libros en diciembre (gran parte del mes tenía vacaciones de Navidad, por lo tanto, no tenía que interrumpir la lectura nada más que de vez en cuando para comer algo).
—¿Y ahora quién más?
—Tal vez Cooper —me decía ella.
Y yo venga a leer El cazador de ciervos y todo lo demás sobre los rastreadores y un buen día me topé con Dumas y D’Artagnan y esos dos tíos me tuvieron entretenido gran parte de febrero.
—Te has convertido en un adicto a la novela ante mis ojos —me dijo la señorita Roginski—. ¿Sabes que ahora te pasas más tiempo leyendo del que solías pasarte jugando? ¿No te das cuenta de que están empeorando tus notas de matemáticas?
No me importaba cuando me criticaba. Estábamos solos en la clase, y la perseguía para que me sugiriese a alguien interesante que devorar.
Meneó la cabeza y me dijo: «Billy, no cabe duda de que estás floreciendo delante de mis propios ojos. La cuestión es que no sé en qué te convertirás».
Yo me quedé ahí esperando a que me dijera el nombre de algún autor.
—Eres insoportable, mira que quedarte ahí esperando... —se detuvo un segundo para pensar—. Está bien. Prueba con Hugo, El jorobado de Notre Dame.
—Hugo —dije yo—. El jorobado. Gracias. —Me volví dispuesto a salir corriendo hacia la biblioteca. Mientras me iba, la oí suspirar:
—Esto no durará. No puede durar.
Pero duró.
Y dura aún hoy. Soy tan fanático de las aventuras ahora como lo era entonces y esto nunca tendrá fin".

William Goldman, La princesa prometida, 1973.

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Magia... potagia

«El matemático estadounidense David Singmaster, famoso por haber resuelto el cubo de Rubik, consultaba hace unos años un manuscrito del siglo XIX en el que aparecía una referencia a un antiguo compendio de prestidigitación del Renacimiento. La pista le llevó a los archivos de la Universidad de Bolonia, donde halló el libro, que resultó ser el texto de magia más antiguo del mundo, De viribus quantitatis (Sobre el poder de los números), que contiene trucos de naipes y puzzles numéricos, y que ha permanecido almacenado durante 500 años.

Su autor fue Luca Pacioli (1445-1514?/1517?), un monje franciscano que compartió alojamiento e ideas con Leonardo da Vinci, y que se supone que ayudó al artista a pintar La última cena, según el rotativo inglés The Guardian. El texto acaba de ser traducido al inglés por primera vez. "Funda no sólo la magia moderna sino también los puzzles numéricos", ha comentado Singmaster. "No sabemos por qué, pero este importante texto ha estado oculto en la Universidad de Bolonia, suponemos que desde los tiempos de Pacioli", ha añadido.

Pacioli lo escribió en italiano entre 1496 y 1508 y contiene la primera referencia a los juegos de naipes e instrucciones para efectuar malabares, tragar fuego, introducir las manos en plomo fundido y hacer que unas monedas bailen. Y, como curiosidad, anota la primera mención de que Leonardo era zurdo.

El texto no se había publicado hasta ahora y desde la Edad Media sólo lo han podido consultar unos pocos eruditos que han accedido a los archivos de la universidad. Han sido necesarios ocho años de trabajo, varios traductores y miles de libras para verter el texto al inglés. El dinero lo ha puesto el Centro de investigación de las artes del conjuro de Nueva York. Su fundador ha señalado que el volumen de Pacioli "es el primer gran manual que se ocupa de enseñar cómo ejecutar la magia".

"La fuentes sobre métodos mágicos se remontan al menos el siglo primero, pero este libro no sólo enseña los trucos sino que también da una idea sobre cómo se deben representar para entretener al público", ha señalado.

Convivencia con Leonardo en Milán


Pacioli, nacido en Toscana en 1445, era profesor de matemáticas itinerante y conoció a Da Vinci en Milán en 1496, con el que convivió durante varios años. Pacioli le enseñó matemáticas y geometría, e incluso colaboró con él en muchos proyectos, incluido De divina proportione (1509), que ilustró el propio artista. A Pacioli también se le atribuye la paternidad de la contabilidad de doble entrada, la técnica básica de la contabilidad moderna, gracias a su libro Summa.

El volumen está dividido en problemas matemáticos, puzzles y trucos, y versos y proverbios. Incluye instrucciones sobre cómo escribir en código o trazar versos en los pétalos de una rosa, lavarse las manos en plomo fundido y hacer bailar un huevo sobre una mesa, y también muestra algunos de los primeros ejemplos de puzzles numéricos de Europa. El mismo Pacioli señala en el libro es una recopilación de informaciones de obras anteriores, algunas del propio Leonardo. Lori Pieper, la principal traductora del manuscrito, ha precisado que la relación creativa entre Da Vinci y Pacioli fue recíproca: el franciscano "también proporcionó invenciones a Leonardo", señala, "aprendieron el uno del otro".

El manuscrito revela una anécdota inédita sobre Da Vinci. "Leonardo trabajaba como arquitecto e ingeniero general para César Borgia (el hijo ilegítimo del papa Alejandro VI), que pretendía establecer un nuevo Estado en Italia [que unificara todos los territorios] en 1502. Durante un viaje se encontraron ante un río y Da Vinci discurrió rápidamente la manera de utilizar troncos para construir un puente; es la primera vez que oímos hablar de esta historia", explica Carlo Pedretti, un destacado historiador del arte, que estudió el texto original en Bolonia en 1954.

"Es un documento muy importante. Muestra cuánto le gustaban a Da Vinci los juegos y los trucos, pero sólo si tenían una base científica. También es un texto muy importante desde el punto de vista de su trabajo, ya que menciona La última cena", añade Pedretti.

La traducción de De viribus quantitatis se publicará el año que viene para coincidir con su 500 aniversario. De momento, se puede consultar el ejemplar depositado en el Centreo de investigación de las artes del conjuro de Nueva York».

Fuente: "El texto de magia más antiguo del mundo", El País, 11 de abril de 2007 .

Imagen: Jacopo de'Barbari, Retrato de Luca Pacioli.

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martes, abril 10, 2007

 

Contexto


«Las palabras aisladas son palabras ficticias, son palabras vacías de significación, no dicen por sí mismas nada. Es menester ponerlas en su contexto. Mientras no se las ponga en su contexto, pueden significar lo mismo una cosa que otra».

Harald Weinrich, Linguistik der Lüge.

 

Sendas diferentes


«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos de cera y en destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte. Hay hombres a quienes se les ordena marchar por el camino de las flores, y hombres a quienes se les manda tirar por el camino de los cardos y de las chumberas. Aquéllos gozan de un mirar sereno y al aroma de su felicidad sonríen con la cara del inocente; estos otros sufren del sol violento de la llanura y arrugan el ceño como las alimañas por defenderse. Hay mucha diferencia entre adornarse las carnes con arrebol y colonia, y hacerlo con tatuajes que después nadie ha de borrar ya».

Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte, 1942.

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lunes, abril 09, 2007

 

Simone



Hoy, en Música Cósmica (de 20 a 21 h en Onda Latina, en el 87.6 de la FM madrileña y a través de internet en http://www.ondalatina.es), podremos disfrutar de un programa especial íntegramente dedicado a repasar la figura de Eunice Kathleen Waymon, cantante, compositora y pianista estadounidense de jazz, blues, rhythm and blues y soul, más conocida con el nombre de Nina Simone.



Nina Simone - Sunday in Savannah (1961)


Nina Simone - Zungo (1961)


Nina Simone - I Love You Porgy (1962)


Nina Simone - Erets Zavat Chalav (1962)


Nina Simone - Here Comes the Sun

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Niñez







Imágenes: Walt Disney, Peter Pan, 1953.

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jueves, abril 05, 2007

 

Cielo Vacío


Bruce Springsteen - Empty Sky (Wembley Arena, 2002)

Tal día como hoy, pero de hace cinco años, nació Cielo Vacío. No pude asistir en directo al parto, pero he tenido ocasión de ver cómo fue. Desde entonces ha pasado mucho tiempo. Y en ese tiempo han pasado muchas cosas. Buenas y malas. El caso es que para mí tanto ese lugar como su creador son muy especiales. Por ello, aunque sea de forma tan breve, quisiera dar las gracias por haber podido seguir la evolución de ambos, a veces sufriendo, otras disfrutando. ¡¡Felicidades, Jesús!!

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Mira por dónde


«Detesto por encima de todo a los que abusan del rarito o del disidente sin más justificación que la superioridad de su fuerza o de su número. Desconfío de todos los colectivos masificados, de los entusiasmos gremiales, de las identidades homogéneas, de cuantos se sienten exaltados en el grupo porque se parecen a los demás: yo nunca me he parecido a ellos ni quiero parecerme».

Fernando Savater, Mira por dónde. Autobiografía razonada, Madrid, Taurus, 2003.

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miércoles, abril 04, 2007

 

Cosas serias


«El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios.

Este hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la llegada del principito.

-¡Buenos días! -le dijo éste-. Su cigarro se ha apagado.

-Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

-¿Quinientos millones de qué?

-¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de... ya no sé... ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete...

-¿Quinientos millones de qué? -volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.

El hombre de negocios levantó la cabeza:

-Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez... ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones...

-¿Millones de qué?

El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.

-Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.

-¿Moscas?

-¡No, cositas que brillan!

-¿Abejas?

-No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de desvariar!

-¡Ah! ¿Estrellas?

-Eso es. Estrellas.

-¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

-Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.

-¿Y qué haces con esas estrellas?

-¿Que qué hago con ellas?

-Sí.

-Nada. Las poseo.

-¿Que las estrellas son tuyas?

-Sí.

-Yo he visto un rey que...

-Los reyes no poseen nada... Reinan. Es muy diferente.

-¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?

-Me sirve para ser rico.

-¿Y de qué te sirve ser rico?

-Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.

"Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho".

No obstante le siguió preguntando :

-¿Y cómo es posible poseer estrellas?

-¿De quién son las estrellas? -contestó punzante el hombre de negocios.

-No sé... De nadie.

-Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.

-¿Y eso basta?

-Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas.

-Eso es verdad -dijo el principito- ¿y qué haces con ellas?

-Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez -contestó el hombre de negocios-. Es algo difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!

El principito no quedó del todo satisfecho.

-Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!

-Pero puedo colocarlas en un banco.

-¿Qué quiere decir eso?

-Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese papel.

-¿Y eso es todo?

-¡Es suficiente!

"Es divertido", pensó el principito. "Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio".

El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.

-Yo -dijo aún- tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas...

El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta.

El principito abandonó aquel planeta.

"Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias", se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje».

Antoine de Saint-Exupéry, El Principito.

Imagen: acuarela original pintada por Antoine de Saint-Exupéry.

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martes, abril 03, 2007

 

Son de abril las aguas mil


«Son de abril las aguas mil.
Sopla el viento achubascado,
y entre nublado y nublado
hay trozos de cielo añil.

Agua y sol. El iris brilla.
En una nube lejana,
zigzaguea
una centella amarilla.

La lluvia da en la ventana
y el cristal repiquetea.

A través de la neblina
que forma la lluvia fina,
se divisa un prado verde,
y un encinar se esfumina,
y una sierra gris se pierde.

Los hilos del aguacero
sesgan las nacientes frondas,
y agitan las turbias ondas
en el remanso del Duero.

Lloviendo está en los habares
y en las pardas sementeras;
hay sol en los encinares,
charcos por las carreteras.

Lluvia y sol. Ya se oscurece
el campo, ya se ilumina;
allí un cerro desparece,
allá surge una colina.

Ya son claros, ya sombríos
los dispersos caseríos,
los lejanos torreones.

Hacia la sierra plomiza
van rodando en pelotones
nubes de guata y ceniza».

Antonio Machado, "En abril, las aguas mil", en Campos de Castilla, 1912.

Imagen: Jean-François Millet, La Primavera, 1868-1873.

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Wall of Sound


Ayer Adolfo nos deleitó con un merecido homenaje a Phil Spector, sin duda alguna un genio. Quien se lo perdiera, siempre puede escuchar este monográfico dedicado a repasar algunos de los éxitos logrados por este influente productor a través del podcast del programa.

Joyas como estas os están esperando:

Teddy Bears - To Know Him Is To Love Him


Ben E. King - Spanish Harlem


Ronettes - Be my Baby


The Righteous Brothers - You've Lost That Lovin' Feelin'

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lunes, abril 02, 2007

 

Educar

«No hay oficio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: ésta es una triple aventura que no se parece a ninguna otra».

George Steiner, Lecciones de los maestros, Siruela, 2004.

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Condena


«Han sido vistas las diligencias seguidas contra Doña Carmen Calvo y ha sido probado y así se declara como:

HECHOS PROBADOS
1.- Que Dª. Carmen finalmente se ha rendido ante la Unión Europea y ha incluido el canon por préstamo para las bibliotecas públicas. Que por tanto las bibliotecas públicas deberán abonar 20 céntimos adicionales por cada ejemplar que compren. Se calcula que esto supondrá un gasto de 1.400.000 euros anuales. Ítem más: que dicha cantidad se repartirá entre autores (70%) y editores (30%).
2.-Que Dª. Carmen ha dicho que “en ningún caso se le cargará al ciudadano a través de las bibliotecas públicas dicho canon porque lo pagará, si no hay otra alternativa, el propio Ministerio”. Ítem plus: que el coste del canon finalmente lo asumirán el Ministerio de Cultura y las Comunidades, pero insiste en que no lo pagará el ciudadano, de lo que debe concluirse que el Ministerio de Cultura y las Comunidades tienen fuentes de financiación secretas (acaso turbias) a través de las cuales obtienen ingresos que no proceden “en ningún caso” de los contribuyentes.
3.-Que, si bien dicho canon pretende proteger los derechos de los autores, más de cien escritores han expresado públicamente su rechazo al canon por préstamo bibliotecario, entre ellos: Juan Madrid, Belén Gopegui, Mateo Díez, Rosa Regás, Isaac Rosa, Maruja Torres, Martín Garzo, etc.

FUNDAMENTOS DE DERECHO
Los hechos probados son constitutivos del delito de maquinación para impedir la lectura. Las bibliotecas adquieren libros y, al hacerlo, ya satisfacen los correspondientes derechos de autor. Este canon añadido graba, por tanto, el préstamo. Es decir, penaliza la posibilidad de que un libro tenga varios lectores, que es precisamente el único objetivo y la verdadera razón de ser de las bibliotecas. Ningún autor en su sano juicio pretende cobrar derechos si un mismo libro lo lee más de una persona o incluso si una misma persona lo lee dos veces, y todos los escritores reconocen la decisiva importancia de las bibliotecas públicas para promover la lectura y elevar el nivel cultural de una sociedad. El canon por préstamo es un indudable ataque frontal a la cultura y al interés público, en beneficio de la codicia mercantilista y el lucro privado que caracterizan el espíritu de la Unión Europea. En lugar de promover el uso público y compartido de los libros y la multiplicación del número de lectores de cada libro, el canon penaliza el libre acceso al patrimonio cultural y lesiona gravemente los intereses de los autores y de los lectores. El asombroso convencimiento de Dª. Carmen de que el dinero del Ministerio no es dinero de los ciudadanos roza también lo delictivo: ¿habrá creído acaso que es suyo? ¿Lo obtiene el Ministerio de donantes anónimos o de inconfesables negocios que lleva a cabo? ¿Lo transfieren con generosidad ciudadanos de otros países? Las consecuencias de esta medida, por otra parte, deteriorarán más si cabe la red bibliotecaria española, ya que se dispondrá de menos presupuesto para la adquisición de libros y es más que probable que perjudique a los autores menos comerciales, toda vez que la política de compras de las bibliotecas tenderá a preferir los libros de mayor circulación. Si parece razonable que haya que pagar para adquirir un libro, resulta en cambio desorbitado que se imponga un canon, como si fuera una sanción o una multa, por el simple hecho de leer un libro de una biblioteca pública. ¿Habrá que pagar también por tararear una canción en la ducha? ¿Por recitarle un poema a tu novia de un libro que ella no ha comprado? ¿Por leer en el autobús por encima del hombro de otro pasajero? ¿Hasta dónde pretenden llegar?

ACUERDO
Que debo condenar y condeno a Dª. Carmen Calvo, como autora de un delito de maquinación para impedir la lectura, a la pena de cambiar una preposición en el nombre de su Ministerio, que pasará a llamarse Ministerio contra la Cultura; con la pena accesoria de declarar públicamente cada semana los libros (también valen tebeos) que hubiere leído, aportando un resumen y valoración de los mismos redactado por ella misma ante testigos. Otrosí: dichos documentos se publicarán en las más prestigiosas revistas humorísticas de la nación.

Así lo pronuncio, mando y firmo

Rafael REIG».

Fuente: http://www.elcultural.es/HTML/20070329/Letras/Letras20127.asp

Imagen: Pierre-Auguste Renoir, The picture book, 1895.

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domingo, abril 01, 2007

 

El regreso

Bueno, tras una temporada ausente de la blogosfera por causas ajenas a mi volutad, regreso con fuerzas, agradeciendo la espera de quienes se encuentran al otro lado y excusándome por no haber dado señales de vida en todo este tiempo.

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