martes, octubre 23, 2007
El juego de la guerra
lunes, octubre 22, 2007
Vuelva usted mañana
Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de éstos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de éstos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva tan intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y preguntan si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países.
Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haber las profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza.
Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar.
Un extranjero de éstos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en Paris de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían.
Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Parecióme el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admiróle la proposición, y fue preciso explicarme más claro.
-Mirad- le dije-, monsieur Sans-délai, que así se llamaba; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos.
-Ciertamente- me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días.
Al llegar aquí monsieur Sans-délai, traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado.
-Permitidme, monsieur Sans-délai- le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
-¿Cómo?
-Dentro de quince meses estáis aquí todavía.
-¿Os burláis?
-No por cierto.
-¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
-Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador.
-Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal [siempre] de su país por hacerse superiores a sus compatriotas.
-Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
-¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
-Todos os comunicarán su inercia.
Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí.
Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días: fuimos.
-Vuelva usted mañana- nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía.
-Vuelva usted mañana- nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir.
-Vuelva usted mañana- nos respondió el otro-, porque el amo está durmiendo la siesta.
-Vuelva usted mañana- nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros.
-¿Qué día, a qué hora se ve a un español?
Vímosle por fin, y "Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio".
A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos.
Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones.
Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.
No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa.
Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud!
-¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai?- le dije al llegar a estas pruebas.
-Me parece que son hombres singulares...
-Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca.
Presentóse con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente.
A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
-Vuelva usted mañana- nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy.
-Grande causa le habrá detenido- dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero: -Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.
-Grandes negocios habrán cargado sobre él- dije yo.
Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar.
-Es imposible verle hoy- le dije a mi compañero- su señoría está en efecto ocupadísimo.
Diónos audiencia el miércoles inmediato, y ¡qué fatalidad! el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa.
Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasóse al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos, caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro.
-De aquí se remitió con fecha de tantos- decían en uno.
-Aquí no ha llegado nada- decían en otro.
-¡Voto va!- dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!
-Es indispensable -dijo el oficial con voz campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.
Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decia:
«A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado».
-¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a carcajadas-; éste es nuestro negocio.
Pero monsieur Sans-délai se daba a todos los diablos. -¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: Vuelva usted mañana, y cuando este dichoso mañana llega en fin, nos dicen redondamente que no? ¿Y vengo a darles dinero? ¡Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras.
-¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta; es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas.
Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión.
-Ese hombre se va a perder- me decía un personaje muy grave y muy patriótico.
-Esa no es una razón- le repuse-: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia.
-¿Cómo ha de salir con su intención?
-Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa?
-Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere.
-¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor?
-Si, pero lo han hecho.
-Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Con que, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno.
-Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo.
-Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació.
-En fin, señor Fígaro, es un extranjero.
-Y por qué no lo hacen los naturales del país?
-Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre.
-Señor mío- exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia-, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas. Un extranjero- seguí- que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... Pero veo por sus gestos de usted- concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo- que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! [La fortuna es que hay hombres que mandan más ilustrados que usted, que desean el bien de su país, y dicen: «Hágase el milagro, y hágalo el diablo.» Con el Gobierno que en el día tenemos, no estamos ya en el caso de sucumbir a los ignorantes o a los malintencionados, y quizá ahora se logre que las cosas vayan a mejor, aunque despacio, mal que les pese a los batuecos.]
Concluida esta filípica, fuíme en busca de mi Sans-délai.
-Me marcho, señor Figaro- me dijo-. En este país no hay tiempo para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable.
-¡Ay! mi amigo- le dije-, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia; mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven.
-¿Es posible?
-¿Nunca me habéis de creer? Acordáos de los quince días...
Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo.
-Vuelva usted mañana- nos decían en todas partes-, porque hoy no se ve.
-Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial.
Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentóse con decir:
-Soy extranjero-. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos!
Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver [a fuerza de esquelas y de volver,] las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino volver siempre mañana, y que a la vuelta de tanto mañana, eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.
¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para ojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa: abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé: Vuelva usted mañana; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones.- ¡Eh! mañana le escribiré. Da gracias a que llegó por fin este mañana, que no es del todo malo; pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás!".
Mariano José de Larra (El Pobrecito Hablador), 14 de enero de 1833.
Etiquetas: Mariano José de Larra
domingo, octubre 21, 2007
Alguien para recordar
Deborah Kerr en An Affair to Remember (1957), de Leo McCarey
Etiquetas: An Affair to Remember, Deborah Kerr
sábado, octubre 20, 2007
Acrobacias
El temible burlón (The Crimson Pirate, 1952), de Robert Siodmak.
Etiquetas: Burt Lancaster, El temible burlón, Películas
martes, octubre 16, 2007
Vigésimoquinto aniversario de un código de honor

Fue tan bueno que saliera de los mismos montañeros esa civilizada propuesta, generosa para su paisaje propio, que, desde que se redactó, me ha parecido el símbolo de la actitud honesta del alpinista. Ahora, al cabo de los años, cuando en mis montañas he visto tantos atropellos al paisaje secular y he observado cómo ciertos entes montañeros miraban a otro lado o incluso participaban activamente en esos desmanes, tal vez por opacidad en su sensibilidad o por interés compartido con los promotores de las heridas a las montañas o quizás por ambas cosas, he sentido una decepción inmensa. Tengo, sin embargo, mis ideales intactos, tanto sobre la montaña como sobre el alpinismo y hasta sobre los alpinistas, porque la primera lo sigue mereciendo, porque considero al segundo una de las artes más nobles que pueda ejercer un hombre y porque hay sobradas muestras de categoría extraordinaria en la mayoría de los verdaderos montañeros en éste y en muchos otros aspectos.
Al recordarme un amigo montañero, y que sí mira los hechos de frente sin compartir aquellos que dañan la montaña, que este octubre era el 25 aniversario de la declaración de Kathmandú he abierto la puerta del armario que guarda todas mis cordilleras y he releído punto por punto sus recomendaciones. Es como recibir una oleada de sensatez, de buen estilo; es escuchar una advertencia que se ha hecho más necesaria con los años. Hará pensar, no lo sé, en cuántos desvíos se han dado. Es hasta posible que su relectura haga rectificar algunos derroteros, aunque no parece probable. Este es un código de honor, sólo de honor, no obliga; es nuestra referencia moral claramente explicada, de la que se puede discrepar, cómo no, como de cualquier tabla de la ley; es fácil distanciarse de ella, incluso más que seguirla. Pero éstos son nuestros principios. En su momento fueron adoptados tácitamente por todos y, con el tiempo, nadie los ha discutido ni sustituido explícitamente por otros. Pero, si no queremos que sean sólo una ocultable referencia a nuestra hipocresía, tenemos que confrontarnos con lo que dicen. En la actualidad es más que conveniente un severo y auténtico examen de conciencia montañero frente al cartel de Samivel.
Como los examinandos, deberemos responder con sinceridad en nuestro fuero interno a sus cuestiones. De cara a nosotros mismos. Porque, realmente, ¿los montañeros somos conscientes y, sobre todo, estamos activos frente a la urgente necesidad de protección efectiva del ambiente de montaña y su medio? ¿Lo somos de que también, aparte de nuestros impulsos de penetrar y vivir en la montaña, su naturaleza, la que nos sirve de escenario y terreno, es decir, su roca, paisaje, flora, fauna y componentes naturales, en general, necesitan atención inmediata, cuidado e interés? ¿Participamos en la idea de que es una prioridad alentar las acciones ideadas para reducir el impacto negativo de las actividades del hombre en la montaña y emprendemos actos para cooperar en ello? ¿Nos hemos conmovido o hemos hecho algo cuando se ha violado la herencia cultural de nuestras montañas por la piqueta demoledora y la reconversión inmobiliaria y cuando se ha afectado, aquí o en un monte remoto, la dignidad de la población local? ¿Hemos animado a emprender acciones o las hemos llevado a cabo espontáneamente nosotros, donde era realmente necesario y grave, sin subterfugios ni salidas por la tangente, sin dar gato por liebre, para restaurar y rehabilitar el mundo de la montaña? ¿Nos hemos encerrado en nuestro cascarón, federación, localidad o provincia, autonomía o país, sin entrar en contactos entre los montañeros de diferentes lugares en espíritu de hermandad, de respeto mutuo y de paz? Más bien ¿no hemos participado en los más frecuentes estilos unas veces competitivos, huraños, hostiles, y otras cómodamente desinformados, desentendidos o incluso cínicos?... ¿Nos hemos preocupado suficientemente de que la información y educación para el mejoramiento de las relaciones entre el hombre y su medio ambiente deban estar disponibles en sectores cada vez más amplios de la sociedad? ¿Hemos entrado o salido, opinado, reflexionado y actuado en el hecho de que el uso de la apropiada tecnología para las necesidades energéticas, como la construcciones de embalses en los valles y aerogeneradores en las cumbres, y la correcta eliminación de los crecientes desechos por la urbanización de las áreas montañosas son puntos de interés inmediato? ¿Estamos en condiciones de asegurar que hemos hecho todo lo posible para recabar apoyo gubernamental y no gubernamental en materia de conservación a las regiones montañosas en desarrollo? Y finalmente, ¿no habremos aceptado o participado en que el estudio de las áreas montañosas para promover su apreciación y estudio no haya sido impedido a unos o acaparado por otros por consideraciones políticas? Algo sabemos de todo esto. Démonos un respiro y, si es preciso, cambiemos de itinerario, pero sin tardanzas, porque la montaña, la gran montaña, la representada por sus valores en peligro, no puede esperarnos más.
Amigos montañeros, repasad los términos de la declaración alpinista o desclavadla de vuestros corazones: protección, naturaleza, actividades negativas, herencia cultural, restauración, hermandad, educación, información, usos energéticos, urbanización, conservación, estudio imparcial, manipulación política.
Tal vez alguien se haya arrepentido ya de haber leído estas líneas, pero no es literalmente sino la vieja declaración de los alpinistas, aunque comprendo que formulada de modo quizás molesto para actitudes posiblemente permisivas con sus propias faltas. No nos engañemos más: si esto fuera una encuesta (tal vez fuera una buena idea realizarla pregunta a pregunta en los medios de montaña), son bastante previsibles los resultados que daría".
EN EL 25º ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN DE KATHMANDÚ.
Eduardo Martínez de Pisón, 10 de octubre de 2007.
DECLARACIÓN DE KATMANDÚ SOBRE LAS ACTIVIDADES DE MONTAÑA
Artículos de la Declaración
1. Hay una urgente necesidad de protección efectiva del ambiente de montaña y su medio.
2. La flora, fauna y recursos naturales de todas clases necesitan atención inmediata, cuidado e interés.
3. Deben alentarse las acciones ideadas para reducir el impacto negativo de las actividades del hombre en la montaña
4. La herencia cultural y la dignidad de la población local es inviolable.
5. Todas las acciones ideadas para restaurar y rehabilitar el mundo de la montaña necesitan ser alentadas.
6. Los contactos entre los montañistas de diferentes regiones y países debe incrementarse en el espíritu de la hermandad, el respeto mutuo y la paz.
7. La información y educación para el mejoramiento de las relaciones entre el hombre y su medio ambiente debe estar disponible a secciones cada vez más amplias de la sociedad.
8. El uso de la apropiada tecnología para las necesidades energéticas y la correcta eliminación de desechos en las áreas montañosas son puntos de interés inmediato.
9. La necesidad de más apoyo internacional —gubernamental tanto como no gubernamental— a los países montañosos en desarrollo, por ejemplo, en materia de conservaión.
10. La necesidad de ampliar el acceso a áreas montañosas para promover su apreciación y estudio no debe ser impedida por consideraciones políticas.
Katmandú, Octubre de 1982
Etiquetas: Montañas, naturaleza
Cabo Verde

Cabo Verde es un archipiélago compuesto por quince islas e islitas de origen volcánico situadas en el Océano Atlántico, frente a las costas de Senegal, separadas del continente africano por más de 500 kilómetros de agua. Pobladas desde el siglo XV, suponen un medio hostil para el hombre debido a lo agreste de su territorio y a la carestía de lluvias. Sin embargo, el paisaje es de una belleza extrema, y sus habitantes, descendientes de portugueses y de esclavos africanos, poseen una amabilidad fuera de lo común. Su música refleja el mestizaje que define esta tierra, cuya historia no se entiende sin la mezcla de elementos procedentes de Europa y África. De alguna manera, se puede decir que la fama de Cesaria Evora ha puesto en el mapa a Cabo Verde, de donde ha salido un puñado de músicos notables.
Cesaria Evora - Petit Pays
Cesaria Evora - Sangue Berona
Tito Paris - Danca Ma Mi Criola
Ildo Lobo - Nos morna
Etiquetas: Cabo Verde, Música
lunes, octubre 15, 2007
Mi vida al aire libre
Aplicando la máxima de “por mí que no quede”, y teniendo en cuenta que esta semana tenía pensando hablar de Miguel Delibes aprovechando que cumple la friolera de 87 años, qué cosa mejor que hacer referencia a la enorme pasión que ha tenido siempre este gran escritor por la naturaleza.

Aunque el tema podría dar mucho de sí (al menos para una tesis doctoral), me limitaré a transcribir algunos pasajes de la vida de este insigne vallisoletano, que con toda justicia se podría englobar en el grupo de los ecologistas más activos de este país durante la segunda mitad del siglo XX.
Esta actitud de amor y defensa de la naturaleza tiene mucho que ver con su condición de cazador (“antes que un escritor que caza, soy un cazador que escribe”; “mis libros salen de mis contactos con el campo y no a la inversa, de donde se deduce que yo salgo al monte a cazar perdices y, de rechazo, cazo también algún libro”) y con su propia concepción de la actividad cinegética (“el verdadero cazador es capaz de disfrutar de un placentero día de caza sin necesidad de disparar la escopeta”). Pero no está únicamente presente en sus títulos cinegéticos, como La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con la escopeta al hombro (1970), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Las perdices del domingo (1981), o El último coto (1992), sino que realmente es algo que inunda por todas partes y desde época temprana su vida y en consecuencia su obra.

"En mis libros he tratado de reflejar la naturaleza, y la vida rural... Y cuando no era en el campo -en el mundo puramente rural- era en la pequeña capital de provincia asomada al llano o a la montaña... De ordinario yo me movía en estos ambientes... y los novelaba. Así fue creciendo mi obra desde El camino hasta Mi vida al aire libre pasando por Las ratas, La hoja roja, Los santos inocentes, Diario de un cazador, Cinco horas con Mario, El disputado voto del señor Cayo, El tesoro... El aire libre, la naturaleza, el hombre no mimetizado, han sido a lo largo de los años las constantes de mi literatura".

"De niño, en mi piso urbano, donde mis padres me nacieron, yo vivía desazonado, buscando, como los perros de caza encerrados en un automóvil, una rendija por donde penetrase un soplo de aire vivificador. Mi avidez me llevaba aún más lejos: recurría a la lectura de libros relacionados con la naturaleza para hacerme la ilusión de que respiraba un ambiente oxigenado. A los mágicos cuentistas nórdicos, sucedieron Zane Grey y Oliver Courwood, novelistas de las praderas, autores que creaban en torno mío una ficción de aire libre que era casi como estar al aire libre. Mi adolescencia, asimismo, vino marcada por lecturas que me liberaran, que me sacaran de entre las cuatro pareces donde discurrían mis ocios, novelas de aventuras como Rebelión a bordo, Tres lanceros bengalíes, autores como Salgari que me sirvieron de puente para acceder a la novela noble: Robinson Crusoe, Mobby Dick o La isla del tesoro no menos ventiladas. Mis lecturas, pues, vinieron orientadas desde niño por un guía inusual: la naturaleza".

“Hay un instinto que me empuja hacia la naturaleza desde muy joven, y quizá este instinto está enlazado con esta hurañía con que hemos comenzado nuestra conversación, de manera que el hecho de que yo necesitaba horizontes abiertos para respirar y para vivir me llevó a la naturaleza. Esto ha sido tan agudizado que cuando dispuse de unas primeras pesetas que no debía emplearlas diariamente en comer, me hice un pequeño refugio en el campo, en un pueblecito de Burgos, en Sedano, que está en las primeras estribaciones macizas de la cordillera cantábrica, y en este pueblecito es donde realmente, cuando me refugio, me siento verdaderamente feliz. Si yo no tuviera las obligaciones inmediatas de atender a mis hijos más pequeños, no tendría inconveniente en retirarme allí a vivir con mi pequeño huerto, con mi escopeta y mi caña de pescar, dedicando otros ratos, otros ocios, a la pluma. Creo que sería el ambiente en que me desarrollaría plenamente y a mi propia satisfacción”.
Etiquetas: Miguel Delibes, naturaleza
sábado, octubre 13, 2007
Autorretrato

"Quisiera yo, si fuera posible, lector amantísimo, escusarme de escribir este prólogo, porque no me fue tan bien con el que puse en mi Don Quijote, que quedase con gana de segundar con éste. Desto tiene la culpa algún amigo, de los muchos que en el discurso de mi vida he granjeado, antes con mi condición que con mi ingenio; el cual amigo bien pudiera, como es uso y costumbre, grabarme y esculpirme en la primera hoja deste libro, pues le diera mi retrato el famoso don Juan de Jáurigui, y con esto quedara mi ambición satisfecha, y el deseo de algunos que querrían saber qué rostro y talle tiene quien se atreve a salir con tantas invenciones en la plaza del mundo, a los ojos de las gentes, poniendo debajo del retrato:
Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria".
Miguel de Cervantes, "Prólogo al lector", en El licenciado Vidriera.
Imagen: Retrato de Miguel de Cervantes (1600) atribuido a Juan de Jáuregui.
Etiquetas: El licenciado Vidriera, Libros, Miguel de Cervantes
Homemade
Roky Erickson - The right track
Etiquetas: Música, Roky Erickson, Voyeur
viernes, octubre 12, 2007
El silencio de oro
Pablo Casals tocando la Suite nº 1 para Cello de Bach (1ª parte)
Pablo Casals tocando la Suite nº 1 para Cello de Bach (2ª parte)
"No he oído en sala llena silencio más puro que el que emana de Pablo Casals cuando toca, se oye con su música lo que se oye en el silencio verdadero.
Él mismo sobrio, casto, echada la cabeza atrás, contra el infinito, parece tocar el silencio tanto como su música, que tiene, hermana desnuda, de plata, toda la calidad del silencio de oro.
Así un manantial puro en una honda soledad divina, o en el sueño. Último prestijio de la música suprema: el sonar, sin ser imitativa, a natural.
Se le encaja a uno el corazón porque como Pablo Casals toca en realidad sobre su corazón, sacado fuera, parece -si vis me flere- que en vez de poner el arco en el violoncelo, lo pone en nuestro corazón".
Juan Ramón Jiménez, "Pablo Casals" (en Españoles de tres mundos).
Etiquetas: Juan Ramón Jiménez, Música, Pablo Casals
jueves, octubre 11, 2007
Testigo soy
-¡Qué bonito es el sol! -dice una de las ninfas, con el delicioso gesto con que podía mostrar una joya familiar, legado de las más viejas herencias.
-Yo no comprendo cómo puede usted vivir sin tomar el sol -me dice la otra.
-Es que yo no vivo, señora -le respondo.
-Pues ¿qué hace usted?
-Asisto a la vida de los demás.
-Pero eso es un martirio, ¿verdad, amigo mío? -insinúa la ninfa más sensible, rubia, rubia como una cuerda de violín y, como ella, capaz de estremecimientos.
-No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe, que es usted ahora, prisionera de los rayos solares, casi un mito perfecto; que el cuello de leopardo en que culmina su abrigo es auténtico, hasta el punto que siento no haber traído el arco y las flechas, ya que ganas de cazar a nadie faltan, señora, por muy mártir que sea...
Testigo soy, un testigo de la gran maravilla que es el mundo y los seres en el mundo. ¡Y no es misión despreciable, ninfa amiga! Si no existe alguien que atestigüe la existencia de las demás cosas, ésta sería como nula. Vea usted; en este instante las gentes que nos rodean, los comensales de estas mesas limítrofes, los jerseys que entran y salen, que se juntan y se disocian rápidamente en esta galería, bajo el sol, se hallan ocupados sin resto en vivir cada cual su vida. Nadie advierte que en el batiente de la sombra emanada de esta pilastra acaba de ingresar el gentil rostro de usted; la radiación en torno no permite distinguir bien sus facciones oscurecidas; hija del sol, como pueda serlo una inca pura sangre, acaba usted de naufragar y hundirse en el elemento sombrío. Y como restos de la catástrofe, la fluida tiniebla arroja hasta nosotros sólo tres notas, que son una misma repetida: el blanco de las perlas que llevaba usted al cuello, el blanco de sus dientes y el blanco de sus ojos. Esta triple pulsación de candidez, subrayándose mutuamente, elabora en este instante un ritmo purísimo completamente superfluo; pero, sin duda, lo más valioso que en este rincón del planeta está ahora acaeciendo. Si yo fuese prisionero de mi propia vida no lo habría notado. Pero he cumplido mi alta misión de testigo, y esta realidad, tan graciosa como fugaz, queda para siempre salvada. ¡Todos conservaremos un recuerdo inmortal de su naufragio en la sombra! Homero decía que los héroes combaten y mueren no más que para dar motivo a que luego el poeta los cante. Parejamente, yo diría que usted existe, señora, gracias a que yo doy testimonio de su existencia".
Jósé Ortega y Gasset, "Conversación en el golf o la idea del dharma".
Etiquetas: José Ortega y Gasset
miércoles, octubre 10, 2007
Darle a la cocorota

La generosidad es una cualidad que diferencia muy claramente a unas personas de otras. Recientemente tanto Atikus como Mad Hatter, dos de mis lectores más fieles, o al menos dos de los comentaristas más asiduos, a los que no tengo el gusto de conocer en persona, han tenido la amabilidad de otorgarme uno de los Thinking Blogger Awards, que luzco con cierto orgullo (y con mucho pudor) en este post, que es el número 200.

Como le gustaba decir a mi abuelo, hay que procurar llevar más la mano a la barbilla, es decir, dedicar más tiempo a pensar, algo a lo que mucha gente parece tener alergia. Pues bien, yo quisiera premiar también a todos aquellos blogs que me hacen ejercitar el coco, pero al parecer, para continuar con esta simpática iniciativa, sólo puedo nominar a cinco de ellos. Por no complicarme la vida (que es lo que suelo hacer, como buen perfeccionista que soy) y no devolverle la moneda a Atikus ni a Mad Hatter, mi top five se compone de los siguientes blogs, que han estado presentes en este desde que lo creé:
-Cielo Vacío (http://www.cielovacio.com)
-Desconvencida (http://www.desconvencida.blogspot.com)
-Había una vez un colorín colorado (http://decoloribus.blogspot.com)
-El detective amaestrado (http://eldetectiveamaestrado.blogspot.com)
-y Durmiendo a mares (http://durmiendoamares.blogspot.com)
Las razones, para todo aquél que los conozca, son obvias, y para el que no, lo serán en cuanto subsanen ese déficit.
No obstante, como "de bien nacido es ser agradecido", Atikus y Mad Hatter, sabed que estos regalitos son para vosotros:
Robert Flaherty - Nanook of the North (1921)
Flying Burrito Brothers - Older Guys (1970)
Imagen: Rodin, El pensador, 1880.
domingo, octubre 07, 2007
Marky a la vista

Hay quien le niega a este hombre el pan y la sal y no aprecia su música; por el contrario, hay otra que adora todo lo que hace (sobre todo con la guitarra) y le encumbra de forma sistemática al Olimpo de los músicos. Supongo que es inevitable y que algo parecido pasa en muchos otros casos. A mi me ha hecho disfrutar tanto con los Dire Straits como con los Notting Hillbillies, como con otra gente o en su etapa en solitario. Y además, le tengo afecto. Por ello ni me planteo no ir a un concierto suyo que se me ponga a tiro. Así pues, (con muy buena compañís) estaré en el Palacio de los Deportes el próximo tres de abril, escuchando sus grandes clásicos y canciones como esta:
Mark Knopfler - True Love Will Never Fade
Etiquetas: Mark Knopfler, Música
sábado, octubre 06, 2007
La cultura del odio
Sabino Arana, Bizkaitarra, 30 de junio de 1895).
Etiquetas: Nacionalismo, Sabino Arana
viernes, octubre 05, 2007
La travesía del desierto
Wim Wenders, Paris, Texas, 1984.
Etiquetas: Paris, Películas, Soledad, Texas, Wim Wenders
El talento de los Earle
Steve Earle - "Jerusalem"
Stacey Earle - "Simple Girl"
Etiquetas: Justin Earle, Música, Stacey Earle, Steve Earle
jueves, octubre 04, 2007
Anuncios
El Club de creativos acaba de conceder varias distinciones premiando a los anuncios más originales del pasado año. Entre ellos, me quedo con estos dos:
Audi RS4
Ikea
Etiquetas: Publicidad, Televisión
miércoles, octubre 03, 2007
La muchacha de los cabellos de lino
Gianluca Cascioli tocando al piano La niña de los cabellos de lino (La fille aux cheveux de lin), Nº 8 de Preludios, Libro I, de Claude Debussy
Jascha Heifetz tocando al violín La niña de los cabellos de lino (La fille aux cheveux de lin), Nº 8 de Preludios, Libro I, de Claude Debussy (acompañamiento de Emanuel Bay)
Etiquetas: Claude Debussy, Música
martes, octubre 02, 2007
The Ghost of Tom Joad
Bruce Springsteen - The Ghost of Tom Joad
"En California nos encontramos con una curiosa actitud hacia un colectivo que garantiza el éxito de nuestra agricultura. A los emigrantes los necesitamos y los odiamos. En cuanto llegan a un distrito, se topan con esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño, el forastero, con un odio que se repite desde los comienzos de la historia, desde la aldea más primitiva a nuestras granjas industriales. A los emigrantes se los odia por los siguientes motivos: porque son sucios e ignorantes, porque traen enfermedades, porque su presencia en una población obliga a un incremento de los efectivos policiales y del gasto escolar, y porque, si se constituyen en sindicatos, pueden llegar a negarse a trabajar y arruinar cosechas enteras. Nunca logran ser admitidos en la comunidad ni en la vida de la comunidad. Son auténticos vagabundos a los que se les niega el derecho a integrarse en las poblaciones que necesitan de sus servicios.
Veamos quiénes son, de dónde vienen y por dónde vagan. Años atrás eran braceros de diversas razas a quienes se animó a venir, a menudo importados como mano de obra barata; los primeros fueron chinos, luego llegaron filipinos, los japoneses y los mexicanos. Eran extranjeros y, como tales, se les condenó al ostracismo y la segregación. Se les trataba como a ganado.
Cuando intentaban organizarse, los deportaban o los arrestaban y, sin defensores a los que recurrir, nunca conseguían llamar la atención sobre sus problemas. Pero no hace muchos años estos temporeros extranjeros empezaron a asociarse; aquello hizo saltar todas las alarmas y desembocó en una deportación masiva, pues ya había aparecido un nuevo contingente del que obtener mano de obra barata.

La sequía del Medio Oeste ha empujado a la población rural de Oklahoma, Nebraska y partes de Kansas y Texas hacia el oste. Sus tierras están agotadas y ya no pueden regresar a ellas. Miles de agricultores cruzan estados enteros en viejos automóviles renqueantes. Viven en la miseria, tienen hambre y se han quedado sin hogar, dispuestos a aceptar cualquier jornal para poder comer y dar de comer a sus hijos.
Estos nuevos vagabundos suelen llegar a California después de haber agotado todos sus recursos para viajar hasta aquí; incluso tienen que vender por el camino viejas mantas, herramientas y utensilios de cocina para pagar la gasolina. Llegan confundidos y derrotados, a menudo casi muertos de hambre, con una única necesidad que cubrir: encontrar trabajo, por el salario que sea, para poder dar de comer a su familia".
John Steinbeck, Los vagabundos de la cosecha, Barcelona, Libros del Asteroide, 2007.
Woody Guthrie - Blowin' Down the Road
Etiquetas: Bruce Springsteen, John Steinbeck, Libros, Música
lunes, octubre 01, 2007
El amor inalienable
José Ortega y Gasset, "Intimidades", 1929 (El Espectador, VII).
Etiquetas: Amor, José Ortega y Gasset

