miércoles, 11 de abril de 2007

 

La princesa prometida

"Éste es el libro que más me gusta de todos, aunque nunca lo he leído. ¿Cómo puede pasarme algo así?
Haré lo imposible por explicarlo. Cuando era niño, los libros no me interesaban. Detestaba leer, no se me daba nada bien, y, además, ¿cómo dedicarse a la lectura cuando había montones de juegos que me esperaban? El baloncesto, el béisbol, las canicas: era incansable. Incluso llegué a ser bastante bueno. Si me daban una pelota y un patio vacío, era capaz de inventarme triunfos en el último segundo, triunfos que hacían saltar las lágrimas. El colegio era una tortura. La señorita Roginski, que fue mi maestra desde los cursos tercero al quinto, no paraba de decir a mi madre: «Tengo la impresión de que Billy no se esfuerza todo lo que debiera». O: «Cuando le pongo un examen, Billy lo hace realmente muy bien, sobre todo si tenemos en cuenta su actitud en la clase». Incluso, y esto era lo más frecuente: «Señora Goldman, no sé qué vamos hacer con Billy».
«¿Qué vamos a hacer con Billy?». Esa pregunta me persiguió durante aquellos primeros diez años. Fingía que no me importaba, pero en el fondo me sentía petrificado. Todo el mundo y todas las cosas me dejaban de lado. No tenía amigos de verdad, ni una sola persona que compartiera conmigo mi desmesurado interés por los deportes. Parecía ocupado, muy ocupado, pero supongo que, si me hubieran preguntado, habría reconocido que, a pesar de tanto frenesí, me encontraba muy solo.
—¿Qué vamos a hacer contigo, Billy?
—No lo sé, señorita Roginski.
—¿Cómo es posible que suspendieras esta prueba de lectura? Yo misma te he escuchado utilizar cada palabra con mis propios oídos.
—Lo siento, señorita Roginski. A lo mejor es porque no estaba pensando.
—Siempre estás pensando, Billy. La cuestión es que no estabas pensando en la prueba de lectura.
Lo único que podía hacer era asentir.
—¿Qué ha ocurrido esta vez?
—No lo sé. No me acuerdo.
—¿Estarías otra vez pensando en Stanley Hack? (Stanley Hack era el tercer base de los Cubs de esta y de muchas otras temporadas. Lo había visto jugar en una ocasión, desde las gradas, e incluso a esa distancia, tenía la sonrisa más dulce que había visto jamás, y hasta el día de hoy, juraría que me sonrió varias veces. Lo adoraba. Además, bateaba como los dioses.)
—No, en Bronko Nagurski. Es un jugador de fútbol. Un gran jugador, y el periódico de anoche decía que a lo mejor vuelve a jugar otra vez para los Bears. Se retiró cuando yo era pequeño. Pero si volviera, y si lograse que alguien me llevase a un partido, podría verlo jugar y, a lo mejor, si quien me llevara lo conociese, tal vez lograría que me lo presentasen después, y a lo mejor, si tuviese hambre, podría invitarle a un bocadillo de los míos. Trataba de imaginarme qué tipo de bocadillo le gustaría a Bronko Nagurski.
La señorita Roginski se hundió en el asiento.
—Tienes una soberbia imaginación, Billy.
No sé qué le contesté. Probablemente «gracias» o algo por el estilo.
—Aunque no logro sacarle partido —prosiguió—. ¿Por qué será?
—Creo que a lo mejor es porque necesito gafas y no puedo leer, ya que veo las palabras muy borrosas. Eso explica por qué me paso todo el rato pestañeando. A lo mejor, si fuese a un oculista, podría recetarme gafas y, entonces, sería el mejor lector del curso y usted no tendría que hacerme quedar tantas tardes después de clase.
Se limitó a señalar detrás de ella y a ordenarme:
—Ponte a borrar las pizarras, Billy.
—Sí, señorita.
Lo de borrar pizarras se me daba de maravilla.
—¿Las ves borrosas? —me preguntó la señorita Roginski al cabo de un rato.
—¡No, qué va! Me inventé la historia.
Tampoco pestañeaba nunca. Pero la señorita Roginski parecía muy mosqueada. Siempre lo parecía. Llevábamos así tres cursos.
—No sé por qué, pero no logro entenderte.
—Usted no tiene la culpa, señorita Roginski.
(No la tenía. A ella también la adoraba. Era regordeta, pero recuerdo que por aquel entonces deseaba que fuera mi madre. No era mi madre, sino simplemente mi maestra, y yo era en su vida su zona personal de evidente fracaso.)
—Ya verás como mejoras, Billy.
—Eso espero, señorita Roginski.
—Eres de los que tardan en florecer, eso es todo. Winston Churchill tardó en florecer y a ti te pasa lo mismo.
Estuve a punto de preguntarle en qué equipo jugaba, pero hubo algo en su tono de voz que me convenció de que era mejor que no lo hiciese.
—Y Einstein.
A ése tampoco lo conocía. Tampoco sabía lo que quería decir con eso de «tardar en florecer». Pero deseé con toda mi alma ser de los que tardan en hacerlo.

A los veintiséis años, mi primera novela, titulada The Temple of Gold (El templo del oro), apareció en Alfred A. Knopf. En fin, antes de que saliera la novela, los del departamento de publicidad de Knopf estaban hablando conmigo, tratando de dilucidar qué hacer para justificar sus sueldos, y me preguntaron a quiénes podían enviar ejemplares del libro para que pudieran erigirse en fuente de opinión. Les contesté que no conocía a nadie que pudiera hacerlo. Entonces ellos me replicaron: «Piensa, todo el mundo conoce a alguien». Me entusiasmé mucho cuando se me ocurrió la idea y les dije: «De acuerdo, enviadle un ejemplar a la señorita Roginski». Cosa que me pareció lógica, porque si alguna vez ha existido una persona que me forjara las opiniones, ésa fue la señorita Roginski. (Por cierto, aparece a lo largo de toda la novela El templo del oro, sólo que le puse «señorita Patulski»; entonces también era creativo.)
—¿Quién? —me preguntó aquella chica de publicidad.
—Es una antigua maestra que tuve. Le envías un ejemplar y yo se lo firmaré, y puede que incluso le escriba una...
Estaba realmente entusiasmado, hasta que aquel tío de publicidad me interrumpió diciéndome:
—Nos referíamos más bien a alguien del panorama literario nacional.
—Envíale un ejemplar a la señorita Roginski, por favor. ¿Vale? —insistí en voz muy baja.
—Sí —repuso él—. Claro, faltaría más.
¿Os acordáis que no pregunté en qué equipo jugaba Churchill por el tono de su voz? En aquel momento, creo que a mí también me salió aquel tono. En fin, algo debió de ocurrir, porque el tipo apuntó de inmediato el nombre de mi maestra y me preguntó si se escribía con «i» latina o con «y» griega.
—Con «i» latina —contesté.
De inmediato hice un repaso de aquellos años, tratando de pensar una dedicatoria fantástica para mi maestra. Ya sabéis, algo inteligente, modesto, brillante, perfecto. Algo así.
—¿Y su nombre de pila?
Eso me hizo volver a la realidad. No sabía su nombre de pila. Siempre la había llamado señorita. Tampoco sabía su dirección. Ni siquiera si seguía viva o no. Hacía diez años que no iba a Chicago; era hijo único, mis padres habían fallecido, ¿a quién le hacía falta Chicago?
—Envíalo a la Escuela Primaria de Highland Park —le dije.
Y lo primero que se me ocurrió escribirle fue: «Para la señorita Roginski, una rosa de quien tardó en florecer», pero después me pareció demasiado presuntuoso, o sea, que decidí que «Para la señorita Roginski, una mala hierba de quien tardó en florecer» sería más humilde. Demasiado humilde, decidí luego, y ese día me dejé de ideas brillantes. No se me ocurrió nada. Después me asaltó la idea de que tal vez no se acordara de mí. Al final, ya al borde de la desesperación, terminé escribiendo: «Para la señorita Roginski de William Goldman. Usted me llamaba Billy y decía que era de los que tardan en florecer. Le envío este libro; espero que le guste. Fue usted mi maestra en tercero, cuarto y quinto cursos. Muy agradecido. William Goldman».
El libro se publicó y fue un fracaso; me encerré en casa y me derrumbé, pero uno acaba adaptándose. El libro no sólo no me situó en la lista de autores más modernos desde Kit Marlowe, sino que para colmo nadie lo leyó. Bueno, a decir verdad, lo leyó cierto número de personas a las que yo conocía. Pero me parece que es más prudente señalar que ningún extraño llegó a saborearlo. Fue una experiencia demoledora y reaccioné como ya he dicho. O sea, que cuando me llegó la nota de la señorita Roginski —tarde, porque la enviaron a Knopf y ellos la retuvieron durante un tiempo— necesitaba realmente que alguien me subiera la moral.
«Apreciado señor Goldman: Gracias por el libro. Todavía no he tenido tiempo de leerlo, pero estoy segura de que es un bonito esfuerzo. Por supuesto que me acuerdo de usted. Me acuerdo de todos mis alumnos. Atentamente, Antonia Roginski.»
Qué desilusión. No se acordaba de mí. Me quedé sentado con la nota en la mano, completamente derrumbado. La gente no se acuerda de mí. De verdad. No es paranoia; simplemente paso por las memorias sin dejar huella. No me importa demasiado, aunque supongo que miento; sí me importa. No sé por qué motivo, en esto del olvido obtengo una muy alta puntuación.
O sea, que cuando la señorita Roginski me envió aquella nota que la igualaba al resto de la gente, me alegré de que nunca se hubiese casado; de todos modos nunca me había caído bien, siempre había sido una pésima maestra, y se tenía más que merecido que su nombre de pila fuera Antonia.
«No iba en serio», dije en voz alta en ese mismo momento. Me encontraba solo en mi despacho de una sola habitación, en el maravilloso West Side de Manhattan, hablando conmigo mismo. «Lo siento, lo siento —proseguí—, tiene que creerme, señorita Roginski.»
Lo que ocurrió entonces fue que por fin había leído la posdata.
Aparecía en el dorso de la nota de agradecimiento y decía así: «Idiota. Ni siquiera el inmortal S. Morgenstern pudo sentirse más paternal que yo».
¡S. Morgenstern! La princesa prometida. ¡Se acordaba de mí!
Escena retrospectiva.
1941. Otoño. Estoy un tanto irritable porque mi radio no capta los partidos de fútbol. El Northwestern se enfrenta al Notre Dame; empezaba a la una, es ya la una y media y no hay manera de sintonizar el partido. Música, noticias, radionovelas, de todo menos el gran acontecimiento. Llamo a mi madre. Viene. Le digo que mi radio está averiada, que no logro sintonizar el Northwestern-Notre Dame.
«¿Te refieres al partido de fútbol?», me pregunta. «Sí, sí, sí», le contesto.
«Pues hoy es viernes —me dice—. Creí que jugaban el sábado.»
¡Si seré idiota!
Me recuesto en la cama, escucho las radionovelas y al cabo de un rato intento volver a sintonizarlo, y la estúpida de mi radio va y capta todas las emisoras de Chicago menos la que transmite el partido de fútbol. Me pongo a gritar, y mi madre entra otra vez hecha una fiera. «Tiraré la radio por la ventana —le digo—. ¡No lo coge, no lo coge! ¡No logro sintonizarlo!» «¿Sintonizar qué?», pregunta mi madre. «El partido de fútbol —contesto yo—. Pareces tonta, el paaaartiiidooo.» «Juegan el sábado, y cuidadito con lo que dices, niño —me advierte mi madre—. Ya te he dicho que hoy es viernes.» Vuelve a marcharse.
¿Alguna vez ha existido un infeliz tan grande?
Humillado, giro la sintonía de mi fiel Zenith, y trato de encontrar el partido de fútbol. Fue tan frustrante que me quedé ahí acostado, sudando y con el estómago raro, aporreando la parte superior de la radio para que funcionara. Y así fue como se dieron cuenta de que deliraba a causa de una pulmonía.
Las pulmonías de ahora no son como las de antes, sobre todo cuando yo la tuve. Estuve unos diez días ingresado en el hospital y después me enviaron a casa para pasar un largo período de convalecencia.
Me parece que todavía estuve otras tres semanas más en cama, un mes quizá. No me quedaban energías, ni siquiera para jugar.
No era más que un pelmazo en período de recuperación de fuerzas.
Punto.
Así es como tenéis que imaginarme cuando me encontré con La princesa prometida.
Era la primera noche que pasaba en casa después de salir del hospital. Exhausto; seguía siendo un enfermo. Entró mi padre, supuse que a darme las buenas noches. Se sentó a los pies de mi cama.
—Capítulo uno. La prometida —dijo.
Sólo entonces levanté la vista y vi que llevaba un libro. Eso, por sí solo, era sorprendente. Mi padre era casi, casi, analfabeto.
—¿Eh? ¿Cómo? No te he oído.
Estaba muy débil y terriblemente cansado.
—Capítulo uno. La prometida —y levantó el libro—. Te lo voy a leer para que te relajes. —Prácticamente me metió el libro en la cara—. De S. Morgenstern. Un gran escritor florinés. La princesa prometida.
Él también se vino a América. S. Morgenstern. Murió en Nueva York. Escribió el libro en inglés. Hablaba ocho lenguas. —Cuando lo dijo, mi padre dejó el libro y me enseñó los dedos—. Ocho.
—¿Habla algo de deportes?
—Esgrima. Lucha. Torturas. Venenos. Amor verdadero. Odio.
Venganzas. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Hombres buenos.
Las damas más hermosas. Serpientes. Arañas. Bestias de todas clases y aspectos. Dolor. Muerte. Valientes. Cobardes. Forzudos. Persecuciones. Fugas. Mentiras. Verdades. Pasión. Milagros.



—Suena bien —dije, y medio cerré los ojos—. Haré lo posible por no dormirme..., pero tengo muchísimo sueño, papá...
¿Quién puede saber cuándo va a cambiar su mundo? ¿Quién es capaz de decir antes de que ocurra, que todas las experiencias anteriores, todos los años pasados, fueron una preparación para... nada?
Imaginaos lo siguiente: un anciano casi analfabeto que lucha con un idioma enemigo, un niño casi exhausto que lucha contra el sueño.
Y entre ambos sólo las palabras de otro extranjero, traducidas con dificultad de los sonidos nativos a los de otra lengua. ¿Quién podía sospechar que por la mañana ese niño se despertaría siendo distinto?
De lo único que me acuerdo es de que traté de vencer la fatiga.
Incluso al cabo de una semana no me había dado cuenta de lo que había comenzado aquella noche, de las puertas que se cerraban de golpe mientras otras se abrían. Tal vez debí haber intuido algo, o tal vez no; ¿quién puede presentir la revelación en el aire?
Lo que ocurrió fue simplemente esto: la historia me enganchó.
Por primera vez en mi vida, sentía un interés activo por un libro.
Yo, el fanático de los deportes; yo, el enloquecido por los partidos; yo, el único niño de diez años de Illinois que odiaba el alfabeto pero que quería saber qué ocurría después.
¿Qué fue de la hermosa Buttercup y del pobre Westley y de Íñigo, el más grande espadachín de la historia mundial? ¿Y cuán fuerte era en realidad Fezzik? ¿Tendría límites la crueldad de Vizzini, el endiablado siciliano?
Todas las noches mi padre me leía un capítulo tras otro, luchando siempre para que las palabras sonaran correctamente, para atrapar el sentido. Y yo yacía allí tumbado, con los ojos entrecerrados, mientras mi cuerpo recorría lentamente el largo camino que le devolvería las fuerzas. Como ya he dicho, la convalecencia duró aproximadamente un mes, y en ese tiempo, mi padre me leyó dos veces La princesa prometida. Aunque podía leer yo solo, este libro era suyo. Jamás se me habría ocurrido abrirlo. Quería escucharlo con la voz de mi padre, con sus sonidos. Más tarde, incluso muchos años más tarde, en ocasiones solía decir: «¿Qué tal si me lees el duelo que Íñigo y el hombre de negro sostienen en el acantilado?». Y mi padre acostumbraba a gruñir y mascullar, se iba a buscar el libro, se humedecía el pulgar con la lengua, y volvía las páginas hasta que empezaba la fantástica batalla. Me encantaba. Incluso hoy, cuando necesito evocar el recuerdo de mi padre, así es como lo hago. Y lo veo encorvado, esforzando la vista y deteniéndose ante una palabra difícil, tratando de ofrecerme la obra maestra de Morgenstern lo mejor que podía. La princesa prometida le pertenecía a mi padre.
Todo lo demás era mío.
No hubo historia de aventuras que se salvara de mí.
«No puede ser —le decía a la señorita Roginski cuando me restablecí—.
Sigue recomendándome a Stevenson cuando ya me lo he leído todo. ¿A quién leo ahora?»
«Prueba con Scott —me sugería ella—, y vamos a ver si te gusta.»
Y yo probaba con el viejo sir Walter y me gustaba lo suficiente como para tragarme media docena de libros en diciembre (gran parte del mes tenía vacaciones de Navidad, por lo tanto, no tenía que interrumpir la lectura nada más que de vez en cuando para comer algo).
—¿Y ahora quién más?
—Tal vez Cooper —me decía ella.
Y yo venga a leer El cazador de ciervos y todo lo demás sobre los rastreadores y un buen día me topé con Dumas y D’Artagnan y esos dos tíos me tuvieron entretenido gran parte de febrero.
—Te has convertido en un adicto a la novela ante mis ojos —me dijo la señorita Roginski—. ¿Sabes que ahora te pasas más tiempo leyendo del que solías pasarte jugando? ¿No te das cuenta de que están empeorando tus notas de matemáticas?
No me importaba cuando me criticaba. Estábamos solos en la clase, y la perseguía para que me sugiriese a alguien interesante que devorar.
Meneó la cabeza y me dijo: «Billy, no cabe duda de que estás floreciendo delante de mis propios ojos. La cuestión es que no sé en qué te convertirás».
Yo me quedé ahí esperando a que me dijera el nombre de algún autor.
—Eres insoportable, mira que quedarte ahí esperando... —se detuvo un segundo para pensar—. Está bien. Prueba con Hugo, El jorobado de Notre Dame.
—Hugo —dije yo—. El jorobado. Gracias. —Me volví dispuesto a salir corriendo hacia la biblioteca. Mientras me iba, la oí suspirar:
—Esto no durará. No puede durar.
Pero duró.
Y dura aún hoy. Soy tan fanático de las aventuras ahora como lo era entonces y esto nunca tendrá fin".

William Goldman, La princesa prometida, 1973.

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Comments:
No había leído el libro hasta hace poco (y mira que he visto veces la película) y también es precioso...
 
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