martes, 7 de noviembre de 2006

 

La vejez según Buñuel


"Yo nací en el amanecer de este siglo, que, a veces, me parece un instante. A medida que los años pasan, transcurren más deprisa. Cuando hablo de acontecimientos de mi juventud que me parecen todavía próximos, me veo obligado a decir: «Eso era hace cincuenta o sesenta años». En otros momentos, la vida me parece larga. Este niño, este joven que hacía esto, que hacía aquello, me parece que no era yo.

En 1975, encontrándome en Nueva York con Silberman, lo llevé a un restaurante italiano que yo frecuentaba treinta y cinco años antes. El dueño había muerto, pero su mujer me reconoció enseguida, me saludó, nos hizo sentarnos. Impresión de haber comido allí unos días antes. El tiempo no es siempre el mismo.

En cuanto a decir que el mundo ha cambiado desde que yo abrí los ojos, ¿para qué insistir?

Hasta los setenta y cinco años no he detestado la vejez. Incluso encontraba en ella una cierta satisfacción, una calma nueva y apreciaba como una liberación la desaparición del deseo sexual y de todos los demás deseos. No ambiciono nada, ni una casa a orillas del mar, ni un Rolls Royce, ni, sobre todo, objetos de arte. Me digo, renegando de los gritos de mi juventud: «¡Abajo el amor desenfrenado! ¡Viva la amistad!».

Hasta los setenta y cinco años, cuando veía un hombre muy viejo y muy débil en la calle o en el vestíbulo de un hotel, decía al amigo que se encontraba conmigo: «¿Has visto a Buñuel? ¡Increíble! ¡El año pasado estaba todavía tan fuerte... ¡Qué ruina!». Leía y releía La vejez, de Simone de Beauvior, libro que me parece admirable. Por el pudor de la edad, no me exhibía en traje de baño en las piscinas, viajaba cada vez menos, pero mi vida se mantenía activa y equilibrada. Hice mi última película a los setenta y siete años.

Después, en los cinco últimos años, ha empezado verdaderamente la vejez. Me han asaltado diversas afecciones, sin gravedad extrema. He empezado a quejarme de las piernas, antaño tan fuertes, luego de los ojos e, incluso, de la cabeza (olvidos frecuentes, falta de coordinación). En 1979, por un problema de vesícula, tuve que pasar tres días en el hospital, alimentado con suero. El hospital me horroriza. El tercer día, arranqué los hilos y los tubos y me fui a casa. En 1980 me operaron de la próstata. En 1981, de nuevo esta vesícula. Mi salud se ve rodeada de amenazas. Y soy consciente de mi decrepitud.

Puedo establecer fácilmente mi diagnóstico. Soy viejo, ésa es mi principal enfermedad. Sólo me siento bien en mi casa, fiel a mi rutina cotidiana. Me levanto, tomo un café, hago media hora de ejercicio, me lavo, tomo otro café mientras como alguna cosa. Son las nueve y media o las diez. Salgo a dar una vuelta a la manzana, y luego me aburro hasta mediodía. Mis ojos son débiles. No puedo leer más que con una lupa y una iluminación especial, lo que me fatiga muy pronto. Mi sordera me impide desde hace tiempo escuchar música. Entonces espero, reflexiono, recuerdo, animado de una loca impaciencia, echando frecuentes miradas al reloj.

Mediodía es la hora sagrada del aperitivo, que tomo muy lentamente en mi despacho. Después de comer, descabezo un sueñecito en un sillón, hasta las tres. De tres a cinco es el momento en que más me aburro. Leo algunas líneas, contesto una carta, toco los objetos. A partir de las cinco, mis miradas al reloj se multiplican: ¿cuánto tiempo me queda antes del segundo aperitivo, que tomo siempre a las seis? A veces, escamoteo un cuarto de hora. En ocasiones también, recibo a algunos amigos a partir de las cinco, charlo con ellos. Cenar a las siete con mi mujer y acostarme muy temprano.

No he ido al cine desde hace cuatro años, a causa de mi vista, de mi oído, de mi horror a la circulación, de la multitud, y nunca veo la televisión.

A veces, transcurre una semana entera sin que reciba ninguna visita.

Me siento abandonado. Entonces, llega alguien a quien no esperaba, a quien no he visto desde hace algún tiempo. Al día siguiente, cuatro o cinco amigos vienen a verme a la vez, pasan una hora. Entre ellos, Alcoriza, que antaño trabajó conmigo como guionista. Y Juan Ibáñez, nuestro mejor director teatral, que bebe coñac a todas horas. Y también el padre Julián, un dominico moderno, excelente pintor y grabador, autor de dos singulares películas. En varias ocasiones hemos charlado sobre la fe y la existencia de Dios. Como en mi casa tropieza con un ateísmo sin fisuras, un día me dijo:

-Antes de conocerlo, había veces en que sentía vacilar mi fe. Desde que hablamos juntos, se ha reafirmado.
-Yo puedo decir otro tanto de mi incredulidad. ¡Pero si Prévert y Péret me viesen en compañía de un dominico!...

En medio de esta existencia mecánica y minuciosamente reglamentada, la redacción de este libro, con la ayuda de Carriére, ha constituido una efímera revolución. No me quejo de ello. Eso me ha permitido no cerrar por completo la puerta".

Buñuel, Luis y Carrière, Jean-Claude: Mon dernier soupir, Éditions Robert Laffont, París, 1982. Edición española titulada Mi último suspiro, Random House Mondadori, colección Debolsillo, 1982. Traducido por Ana María Fuente.

Imagen: Ignacio Díaz Olano, Anciano, 1894

Comments:
acabo de leer en www.sweetoldworld.spaces.live.com, otro parrafo de este libro, tomo nota.
un beso.
 
Pues sí, Maite, y si visitas mi otro blog verás otro más. Jejeje Es que me gusta mucho...
 
Es un libro genial, el mejor libro de memorias que he leído nunca, qué sentido del humor el de Buñuel, qué divertido era... Por cierto, Buñuel fue compañero de clase del hermano mayor de mi abuelo, mi tía abuela me habló varias veces de cuando les visitaba en casa en Zaragoza y aporreaba el piano...
 
Desde luego, el párrafo no tiene desperdicio

Yo me pregunto muchas veces cómo me sentiré con 70 y pico , sobre todo ahora, que ya he vivido la mitad, y ha pasado en un suspiro...

un abrazo
 
Vaya, esa historia sí que no me la sabía yo, Desconvencida... Qué curioso. Por cierto, veo que Paula y tú tenéis algo más en común aparte de vuestra gran inteligencia y extraordinaria simpatía. En cuanto al libro, me temo que va a caer por aquí otro trocito: el final.
 
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