lunes, julio 09, 2007

 

Stand by me

Dedicado a mi amigo Adolfo


When the night has come
And the land is dark,
And the moon is the only light we see,
No, I won't be afraid.
Oh, I won't be afraid
Just as long as you stand, stand by me.

So, darling, darling, stand by me.
Oh, stand by me.
Oh, stand, stand by me, stand by me.

If the sky that we look upon
Should tumble and fall,
And the mountains
Should crumble to the sea,
I won't cry, I won't cry.
No, I won't shed a tear
Just as long as you stand, stand by me.

And darling, darling, stand by me.
Oh, stand by me.
Oh, stand, stand by me, stand by me.

Whenever you're in trouble,
Won't you stand by me?
Oh, stand by me, stand by me, stand by me.

La versión original de Ben E. King es mi preferida. Sin embargo, esta otra interpretada por Bono y Bruce Springsteen (Philadelphia, 1987), es francamente divertida:

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viernes, julio 06, 2007

 

Noche y Niebla


Hace no mucho tiempo tuve la oportunidad de ver en la Filmoteca Nacional una película que me impactó profundamente. Se trata de Nuit et Brouillard, prestigioso documental dirigido por Alain Resnais en 1955. El título (Noche y niebla) hace referencia al Decreto conocido con el nombre de Nacht und Nebel, firmado a finales de 1941 por el mariscal Wilhelm Keitel, mediante el cual Hitler mandó que todas las personas detenidas como sospechosas de poner en peligro la seguridad de Alemania, fueran trasladadas clandestinamente a ese país bajo el amparo de la noche, sin dejar rastro y sin que ninguna información pudiera ser difundida acerca de su paradero o destino.

Este estremecedor relato del genocidio judío llevado a cabo por los nazis, de las atrocidades cometidas en los campos de concentración y exterminio construidos por éstos en diferentes lugares, nació de un encargo hecho en 1954 por Henri Michel y Olga Wormser, directores del Comité d'Histoire de la Deuxième Guerre Mondiale.

Voz, música e imágenes se entrelazan de forma inteligente durante media hora en la que dan ganas de contener la respiración, de no hacer un solo ruido, de no pestañear siquiera para ser testigo impasible de algo que uno no alcanza a comprender: cómo el ser humano es capaz de ser tan "inhumano".

Construido a partir de imágenes de archivo y de un soberbio guión de Jean Cayrol, superviviente del campo de concentración de Mauthausen que en 1946 publicó un poemario titulado Poèmes de la nuit et du brouillard, este documental estrenado diez años después del final de la II Guerra Mundial, muestra con sobriedad, sensibilidad y gran crudeza lo que debió de ser aquello.

Un continuo ir y venir del pasado (blanco y negro) al presente (color) y viceversa, una sucesión de travellings rodados por Resnais que alternan con material cinematográfico y fotográfico incautado a los nazis y las imágenes tomadas por las tropas aliadas cuando liberaron los campos, la música de Hanns Eisler y la voz de Michel Bouquet, dan como resultado un mediometraje inolvidable y que, sobre todo, da que pensar.

«Con nuestra sincera mirada examinamos esas ruinas como si el viejo monstruo yaciese bajo los escombros. Pretendemos llenarnos de nuevas esperanzas, como si las imágenes retrocediesen al pasado, como si nos curásemos de una vez por todas de la peste de los campos de concentración, como si de verdad creyésemos que todo esto ocurrió en una sola época y en un solo país».













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miércoles, julio 04, 2007

 

Vamos a contar mentiras


«Yo no tengo la costumbre de mentir. Si alguna vez he mentido, cosa que no recuerdo, habrá sido por salir de un mal paso. No por pura decoración. Los hechos de la vida están tan conectados el uno con el otro, que el mentir para darse tono me parece una estupidez sin objeto (...) Yo pienso que puedo hablar de mí mismo sin sentir ningún entusiasmo egotista físico o intelectual. Me figuro que puedo desdoblarme en un actor y en un espectador; en un actor a quien puedo juzgar, naturalmente con cierta benevolencia, de padre a hijo. Respecto a la verdad de los hechos que yo cuento, yo la tengo por exacta, pero no me chocaría nada que muchos pequeños detalles estuvieran transformados por el recuerdo».

Pío Baroja, Desde la última vuelta del camino, vol. I, 1944.

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lunes, julio 02, 2007

 

Mi propio mundo, mi asilo y mi cielo


«En otro tiempo deseé a veces ser escritor, ser poeta. Si lo fuera, no resistiría la tentación de ir hurgando en mi vida hasta remontarme a las tiernas sombras de mi niñez, a las fuentes queridas de mis primeros recuerdos, tan afectuosamente resguardadas. Pero como no lo soy, esos recuerdos son para mí un tesoro sagrado, y lo amo demasiado para que yo mismo quiera ahora menoscabarlo.

Así pues, de mi infancia diré sólo que fue hermosa y alegre; se me dejó en libertad para descubrir solo mis inclinaciones y aptitudes, para buscarme solo mis dolores y mis gozos más intensos y para no considerar el porvenir como potencia extraña de origen divino, si no como la esperanza y la conquista de mis propias fuerzas. En tal estado pasé por la escuela: fui alumno nada grato y poco dotado, bien que tranquilo, por cuya razón acababan dejándome hacer cuanto quería, ya que, al parecer, no demostraba yo inclinación a tolerar influencias decisivas y hondas.

Aproximadamente desde los seis o siete años de edad empecé a comprender, que de todos los poderes invisibles, era la música la que estaba predestinada a cautivarme y gobernarme el ánimo en grado sumo. Desde entonces tuve mi propio mundo, mi asilo y mi cielo, de los que nadie podía privarme ni total ni parcialmente y que tampoco deseaba que nadie compartiese conmigo. Antes de los doce años, a pesar de no haber aprendido aún a tocar instrumento alguno, era ya músico. Lo era sin haberme puesto a pensar que algún día acaso habría de ganarme el pan de cada día mediante el ejercicio de tal arte.

Y así ha quedado la cosa, sin que desde entonces sobrevinieran mudanzas realmente sustantivas; de ahí que mi existencia, al contemplarla retrospectivamente, no ofrezca, a mi ver, un aspecto proteico ni multicolor: más bien parece estar afinada desde mi principio con arreglo a un tono fundamental y puesta bajo el signo de un solo astro. Tanto si mi existir externo tomaba buenos rumbos como si éstos eran equivocados, mi vida íntima quedaba siempre inalterada. Aunque yo fluctuase durante largos espacios de tiempo por aguas extrañas, sin tener entre manos ningún instrumento ni cuaderno de música, sin embargo, a cada instante había una melodía en mi sangre y en mis labios, un compás y un ritmo en mi aliento y en mi vida. Por muy ansiosamente que buscase a través de otros muchos senderos de la redención, el olvido o la liberación, por muy grandes que fuesen mi sed y mi anhelo de Dios, de comprensión y de paz, todo esto lo hallaba una y otra vez exclusivamente en la música. No era menester que se tratara precisamente de Beethoven o de Bach, no; el mero hecho de que la música existía en el mundo y de que un ser humano pueda conmoverse por la armonía de sus sones hasta lo más hondo de su corazón y sentirse compenetrado con ella, estas solas realidades han significado para mí siempre una consolación profunda y una justificación de la existencia. ¡La música...! Concibes una melodía, la cantas mentalmente, ¡sólo mentalmente!, y embebes todo tu ser en ella, de suerte que toma posesión de todos tus movimientos y energías; durante esos momentos en que vive en ti apaga todo lo azaroso, maligno, brutal y triste que pueda haber en tu interioridad; hace vibrar el mundo al unísono, convierte en leve lo pesado y lo rígido en alígero... ¡Todo eso lo consigue la simple melodía de una canción popular! Y no hablemos de la armonía; cada acorde eufónico de armonía pura, como en un repique simultáneo de campanas, llena el alma de gracia y de acorde; es más, puede en ocasiones enardecer el corazón y hacerle estremecerse de delicia hasta un extremo no logrado por deleite alguno».

Hermann Hesse, Gertrudis, 1910.


Gene Chandler - Duke of Earl

Imagen: Pablo Picasso, Músicos con máscaras, 1921.

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