domingo, mayo 20, 2007
De qué lado estar
«Los niños de mi época solíamos jugar a policías y ladrones y a indios y vaqueros, como los de todas las generaciones, supongo, desde que existieron las leyendas del Lejano Oeste, o por lo menos las hoy injustamente olvidadas novelas de Zane Grey y las más justamente olvidadas del alemán Karl May, el autor favorito de Hitler (al parecer atesoraba la colección completa de las aventuras del blanco Old Shatterhand y el piel roja Winnetou). Pero, modas aparte, como la de romanos y cartagineses, griegos y troyanos o piratas y almirantes, también jugábamos a nazis contra aliados. Al fin y al cabo, si bien se piensa, cuando yo tenía ocho o nueve años -edades bastante guerreras-, desde el final de la Segunda Guerra Mundial había transcurrido menos tiempo que el que hoy nos separa de la primera Guerra del Golfo, que no resulta nada remota. Aunque la España de Franco había apoyado a los nazis en su día, si no con tropas sí con toda la fuerza de sus deseos, para la mayoría de los chicos estaba muy claro quiénes habían sido los villanos de aquella contienda, con algunas excepciones explicables: recuerdo que mis primos, el difunto cineasta Ricardo Franco y el pintor Carlos Franco, elegían el bando nazi, pero eso se debía sin duda a que su padre había luchado con la División Azul en Rusia. A lo que no se jugaba, curiosa o significativamente, era a la Guerra Civil, o a lo que podría haberse llamado "nacionales y republicanos". Quizá era una tragedia demasiado cercana para convertirla en juego de niños, o acaso es que los críos que hubieran optado por las filas de los segundos se habrían visto en un aprieto o habrían puesto en uno más grave a sus padres.
Pero con la Segunda Guerra Mundial apenas cabían dudas: "ser" inglés o americano solía ser lo apetecible, "ser" alemán un oprobio. Y me resisto a creer que la preferencia se debiera tan sólo a que los aliados la habían ganado, pues en nuestros combates de troyanos y griegos la mayoría queríamos formar parte de aquéllos, los ilustres perdedores. Desde entonces, desde la niñez, se me hizo muy patente que la neutralidad era casi imposible. Si uno estudiaba un episodio histórico en el colegio, resultaba difícil no inclinarse por alguna de las partes en conflicto, lo mismo que cuando traducíamos a Julio César o la Iliada. Si veíamos un partido de fútbol, aunque nuestro equipo no participara, lo normal era desear la victoria de uno de los dos rivales, por motivos caprichosos a veces. Si uno leía una novela o veía una película, resultaba inevitable identificarse con el protagonista y esperar su supervivencia y su triunfo, o bien, si el personaje era empalagoso, cambiarse al bando de los malos, que a menudo eran más divertidos. Lo que rarísima vez se daba era asistir a algo, lo que fuera, con absoluta indiferencia, o, lo que era aún más frustrante, con desagrado por todos los adversarios.
Era una manera de estar en la vida, de participar en ella vicaria o imaginativamente, que desde hace bastante tiempo tengo la sensación de que se ha terminado. ¿No les sucede también a ustedes, cada vez con más frecuencia, que cuando dos literatos o periodistas litigan en la prensa, les parecen a cual más imbécil y que a ninguno la razón asiste? ¿Que cuando ven discutir y gritarse en la televisión a unos cuantos, sea en debate "político" o en programa de bajuras, encuentran a casi todos odiosos, zafios, falsarios y obtusos, y les resulta imposible estar de acuerdo con nadie? Y qué decir de los conflictos reales: los políticos israelíes se comportan como bestias desde hace mucho, pero no se hace fácil sentir la menor simpatía por sus colegas palestinos; las huestes de Al Qaeda son la peste, pero los actuales Estados Unidos se han convertido en una plaga; el castrismo es criminal y además grotesco, pero hay demasiados anticastristas que no inspiran mucho menos miedo; Sadam era un tirano, pero lo que lo ha sustituido es una perpetua matanza; Putin comete atrocidades en Chechenia (y no sólo allí, me temo), pero los independentistas de ese país, sus archienemigos, no parecen irle a la zaga (dentro de sus posibilidades); todos los políticos chinos (según Eduardo Mendoza, y si lo dice Mendoza me vale) son malísimos; en Argelia pelean a menudo islamistas sanguinarios contra un Ejército de brutalidad comparable sólo con la de aquéllos; en Sudamérica rivalizan fantoches populistas con oligarcas corruptos; y aquí Otegi miente sin parar, pero Rajoy intenta emularlo con considerable éxito. Nos estamos acostumbrando a no "ir" nunca con nadie. A que, en el mejor de los casos, una de las partes nos resulte levemente menos repugnante que la otra, con una pizca más de razón sin que eso suponga que la tiene, un poquito menos detestable o criminal o embustera. Ver a dos que discuten o pelean y no poder estar a favor de ninguno (inclinarse por el más débil no siempre sirve, si es falaz y rastrero hasta la náusea) es una de las maldiciones más constantes de nuestro tiempo. Y ni siquiera cabe el consuelo de pensar: "Bueno, así se destruirán mutuamente y el mundo se librará de dos monstruos de una tacada". Porque lo cierto es que los monstruos de hoy no se destruyen, así se peguen de estacazos, sino que duran y persisten y perduran. Lo más extraño es que la costumbre del niño también perdura, pese a todo, y que a veces nos baste esa pizca para decidirnos. Mejor así, bien mirado».
Javier Marías, "De qué lado estar", El País Semanal, 29 de abril de 2007.
Pero con la Segunda Guerra Mundial apenas cabían dudas: "ser" inglés o americano solía ser lo apetecible, "ser" alemán un oprobio. Y me resisto a creer que la preferencia se debiera tan sólo a que los aliados la habían ganado, pues en nuestros combates de troyanos y griegos la mayoría queríamos formar parte de aquéllos, los ilustres perdedores. Desde entonces, desde la niñez, se me hizo muy patente que la neutralidad era casi imposible. Si uno estudiaba un episodio histórico en el colegio, resultaba difícil no inclinarse por alguna de las partes en conflicto, lo mismo que cuando traducíamos a Julio César o la Iliada. Si veíamos un partido de fútbol, aunque nuestro equipo no participara, lo normal era desear la victoria de uno de los dos rivales, por motivos caprichosos a veces. Si uno leía una novela o veía una película, resultaba inevitable identificarse con el protagonista y esperar su supervivencia y su triunfo, o bien, si el personaje era empalagoso, cambiarse al bando de los malos, que a menudo eran más divertidos. Lo que rarísima vez se daba era asistir a algo, lo que fuera, con absoluta indiferencia, o, lo que era aún más frustrante, con desagrado por todos los adversarios.
Era una manera de estar en la vida, de participar en ella vicaria o imaginativamente, que desde hace bastante tiempo tengo la sensación de que se ha terminado. ¿No les sucede también a ustedes, cada vez con más frecuencia, que cuando dos literatos o periodistas litigan en la prensa, les parecen a cual más imbécil y que a ninguno la razón asiste? ¿Que cuando ven discutir y gritarse en la televisión a unos cuantos, sea en debate "político" o en programa de bajuras, encuentran a casi todos odiosos, zafios, falsarios y obtusos, y les resulta imposible estar de acuerdo con nadie? Y qué decir de los conflictos reales: los políticos israelíes se comportan como bestias desde hace mucho, pero no se hace fácil sentir la menor simpatía por sus colegas palestinos; las huestes de Al Qaeda son la peste, pero los actuales Estados Unidos se han convertido en una plaga; el castrismo es criminal y además grotesco, pero hay demasiados anticastristas que no inspiran mucho menos miedo; Sadam era un tirano, pero lo que lo ha sustituido es una perpetua matanza; Putin comete atrocidades en Chechenia (y no sólo allí, me temo), pero los independentistas de ese país, sus archienemigos, no parecen irle a la zaga (dentro de sus posibilidades); todos los políticos chinos (según Eduardo Mendoza, y si lo dice Mendoza me vale) son malísimos; en Argelia pelean a menudo islamistas sanguinarios contra un Ejército de brutalidad comparable sólo con la de aquéllos; en Sudamérica rivalizan fantoches populistas con oligarcas corruptos; y aquí Otegi miente sin parar, pero Rajoy intenta emularlo con considerable éxito. Nos estamos acostumbrando a no "ir" nunca con nadie. A que, en el mejor de los casos, una de las partes nos resulte levemente menos repugnante que la otra, con una pizca más de razón sin que eso suponga que la tiene, un poquito menos detestable o criminal o embustera. Ver a dos que discuten o pelean y no poder estar a favor de ninguno (inclinarse por el más débil no siempre sirve, si es falaz y rastrero hasta la náusea) es una de las maldiciones más constantes de nuestro tiempo. Y ni siquiera cabe el consuelo de pensar: "Bueno, así se destruirán mutuamente y el mundo se librará de dos monstruos de una tacada". Porque lo cierto es que los monstruos de hoy no se destruyen, así se peguen de estacazos, sino que duran y persisten y perduran. Lo más extraño es que la costumbre del niño también perdura, pese a todo, y que a veces nos baste esa pizca para decidirnos. Mejor así, bien mirado».
Javier Marías, "De qué lado estar", El País Semanal, 29 de abril de 2007.
Etiquetas: indecisión, Javier Marías
domingo, mayo 06, 2007
Piel de gallina
Luigi Boccherini, "Passacalle", en La Musica Notturna Delle Strade di Madrid, Op.30 No.6, Quintettino for Strings in C Major.
Russell Crowe y Paul Bettany en Master and Commander: The Far Side of the World (2003).
Etiquetas: Luigi Boccherini, Master and Commander, Música
viernes, mayo 04, 2007
Primavera
Anónimo romano, La primavera derramando flores.
Anónimo japonés, La primavera, 1630-1660.
Francisco de Goya, Las flores o la primavera, 1786-1787.
Ignacio Pinazo, La primavera (retrato de María Jaumandreu), 1885.
Santiago Rusiñol, Primavera, 1897-1900.
Joaquín Mir, Primavera. Montserrat.
Julio Romero de Torres, La primavera, 1925.
Anglada Camarasa, Primavera. Lirios anaranjados, 1943.
Magritte, La primavera, 1965.¿En quién confiar?
«¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaberas!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…».
César Vallejo, Poema XIV de España, aparta de mí este cáliz, 1939.
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
y de las tibias sin las calaberas!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!…».
César Vallejo, Poema XIV de España, aparta de mí este cáliz, 1939.
Etiquetas: César Vallejo, Desconfianza, España, Poesía
miércoles, mayo 02, 2007
Como churros
«Han sido vistas las diligencias seguidas contra D. Ryoki Inoué y D. César Vidal y ha sido probado y así se declara como:
HECHOS PROBADOS
Que D. Ryoki, escritor brasileño de origen japonés, es el escritor vivo más prolífico (según el Libro Guinness de los Récords), con 1.074 novelas publicadas. Ítem más: que publica unas seis obras al mes y que, él solo, es el autor del 95% de los libros de bolsillo que se editan en Brasil. Ítem plus: que ha utilizado 39 seudónimos diferentes.
Que D. Ryoki cambia de teclado cada cinco meses, ya que al parecer los destroza por uso intensivo. Ítem más: que, según testimonio de XL Semanal, “en algunas fábricas y plantas de ensamblaje se prohíbe entrar a sus trabajadores con sus libros, porque enganchan tanto que el personal es capaz de dejar su trabajo para terminar de leerlo”.
Que, entre nosotros, D. César Vidal emula con bastante éxito a D. Ryoki. D. César ha publicado ya 127 libros y, sólo entre 2004 y 2005, publicó 27: más de uno al mes. Ítem plus: que los asuntos de los libros de D. César abarcan todos los ámbitos del conocimiento (racional e irracional) humano, de la república al antiguo Egipto o el Quijote, sin olvidar el Holocausto, el estalinismo, la cábala, Jesucristo, Paracuellos del Jarama, Durruti, el Talmud, las Brigadas Internacionales, etc.
FUNDAMENTOS DE DERECHO
Los hechos probados son constitutivos de los delitos de proliferación patológica y monopolio editorial. Es muy improbable que alguien lea más de un libro a la semana: en España sólo el 10% de la población lee más de 12 libros al año (mientras que el 28% lee entre 1 y 4; y el 21%, entre 5 y 12). Aun así, ese conjetural lector ávido emplearía más de 20 años en leer la obra de D. Ryoki, y no mucho menos tiempo en leer la de D. César, toda vez que si D. Ryoki tiene la amabilidad (y atenuante) de escribir novelas de unas 150 páginas, D. César endosa con probado ensañamiento mamotretos de no menos de 300. Pero, semejantes lecturas, ¿con qué provecho? ¿A qué estado quedaría reducida la masa encefálica de nuestro francamente deso-cupado lector? Y eso sin contar con que, mientras este hipotético lector insaciable lee sus obras, es más que seguro (impepinable, en términos jurídicos) que los empecatados y contumaces D. Ryoki y D. César seguirán añadiendo títulos y títulos a su producción, en una metástasis cancerosa que amenaza de muerte el buen orden de la comunidad cultural. El adagio legal afirma que lo peor que puede ser un libro es superfluo. ¿Qué decir entonces de unos mil libros de D. Ryoki o de al menos unos ciento y pico de D. César? ¿Son necesarios o inevitables? ¿Debemos resignarnos? ¿Puede la ley consentir la multiplicación cancerosa de sus obras y su colonización de todos los campos del saber? Si de algún escritor ha dicho otro, en su elogio, que era, más que un autor, “toda una literatura”, sin duda se refería a su calidad y novedad, así como a la amplitud de su visión, no a su simple cantidad y mucho menos a la ambición pueril y conmovedora de figurar en todos los estantes de una librería: desde las biografías a la novela, pasando por el esoterismo, la egiptología, los manuales de autoayuda y, si Dios no lo remedia, el sexo tántrico y las artes marciales.
ACUERDO
Que debo condenar y condeno a D. Ryoki y a D. César, como autores de delitos de proliferación patológica y monopolio editorial a la pena de leer con atención el relato “Bartleby el escribiente”, de Melville, así como la obra Bartleby, de Enrique Vila-Matas, dedicada a los escritores que deciden dejar de escribir. Esta medida tiende a la reha-bilitación de los delincuentes, inoculándoles el llamado “síndrome Bartleby”, que les permitiría su reinserción en la comunidad cultural.
Otrosí: que, puesto que las novelas de D. Ryoki ya están prohibidas en centros de trabajo, debo condenar y condeno a D. César a la pena accesoria de que sus obras sean prohibidas en establecimientos de hostelería, con el fin de facilitar la conversación en la barra de los bares, impidiendo el intercambio de opiniones atrabiliarias, reac-cionarias y expresadas con suficiencia, y garantizando así la indispensable pacífica convivencia entre bebedores.
Así lo pronuncio, mando y firmo.
Rafael REIG».
El Cultural, 8 de febrero de 2007.
HECHOS PROBADOS
Que D. Ryoki, escritor brasileño de origen japonés, es el escritor vivo más prolífico (según el Libro Guinness de los Récords), con 1.074 novelas publicadas. Ítem más: que publica unas seis obras al mes y que, él solo, es el autor del 95% de los libros de bolsillo que se editan en Brasil. Ítem plus: que ha utilizado 39 seudónimos diferentes.
Que D. Ryoki cambia de teclado cada cinco meses, ya que al parecer los destroza por uso intensivo. Ítem más: que, según testimonio de XL Semanal, “en algunas fábricas y plantas de ensamblaje se prohíbe entrar a sus trabajadores con sus libros, porque enganchan tanto que el personal es capaz de dejar su trabajo para terminar de leerlo”.
Que, entre nosotros, D. César Vidal emula con bastante éxito a D. Ryoki. D. César ha publicado ya 127 libros y, sólo entre 2004 y 2005, publicó 27: más de uno al mes. Ítem plus: que los asuntos de los libros de D. César abarcan todos los ámbitos del conocimiento (racional e irracional) humano, de la república al antiguo Egipto o el Quijote, sin olvidar el Holocausto, el estalinismo, la cábala, Jesucristo, Paracuellos del Jarama, Durruti, el Talmud, las Brigadas Internacionales, etc.
FUNDAMENTOS DE DERECHO
Los hechos probados son constitutivos de los delitos de proliferación patológica y monopolio editorial. Es muy improbable que alguien lea más de un libro a la semana: en España sólo el 10% de la población lee más de 12 libros al año (mientras que el 28% lee entre 1 y 4; y el 21%, entre 5 y 12). Aun así, ese conjetural lector ávido emplearía más de 20 años en leer la obra de D. Ryoki, y no mucho menos tiempo en leer la de D. César, toda vez que si D. Ryoki tiene la amabilidad (y atenuante) de escribir novelas de unas 150 páginas, D. César endosa con probado ensañamiento mamotretos de no menos de 300. Pero, semejantes lecturas, ¿con qué provecho? ¿A qué estado quedaría reducida la masa encefálica de nuestro francamente deso-cupado lector? Y eso sin contar con que, mientras este hipotético lector insaciable lee sus obras, es más que seguro (impepinable, en términos jurídicos) que los empecatados y contumaces D. Ryoki y D. César seguirán añadiendo títulos y títulos a su producción, en una metástasis cancerosa que amenaza de muerte el buen orden de la comunidad cultural. El adagio legal afirma que lo peor que puede ser un libro es superfluo. ¿Qué decir entonces de unos mil libros de D. Ryoki o de al menos unos ciento y pico de D. César? ¿Son necesarios o inevitables? ¿Debemos resignarnos? ¿Puede la ley consentir la multiplicación cancerosa de sus obras y su colonización de todos los campos del saber? Si de algún escritor ha dicho otro, en su elogio, que era, más que un autor, “toda una literatura”, sin duda se refería a su calidad y novedad, así como a la amplitud de su visión, no a su simple cantidad y mucho menos a la ambición pueril y conmovedora de figurar en todos los estantes de una librería: desde las biografías a la novela, pasando por el esoterismo, la egiptología, los manuales de autoayuda y, si Dios no lo remedia, el sexo tántrico y las artes marciales.
ACUERDO
Que debo condenar y condeno a D. Ryoki y a D. César, como autores de delitos de proliferación patológica y monopolio editorial a la pena de leer con atención el relato “Bartleby el escribiente”, de Melville, así como la obra Bartleby, de Enrique Vila-Matas, dedicada a los escritores que deciden dejar de escribir. Esta medida tiende a la reha-bilitación de los delincuentes, inoculándoles el llamado “síndrome Bartleby”, que les permitiría su reinserción en la comunidad cultural.
Otrosí: que, puesto que las novelas de D. Ryoki ya están prohibidas en centros de trabajo, debo condenar y condeno a D. César a la pena accesoria de que sus obras sean prohibidas en establecimientos de hostelería, con el fin de facilitar la conversación en la barra de los bares, impidiendo el intercambio de opiniones atrabiliarias, reac-cionarias y expresadas con suficiencia, y garantizando así la indispensable pacífica convivencia entre bebedores.
Así lo pronuncio, mando y firmo.
Rafael REIG».
El Cultural, 8 de febrero de 2007.
Etiquetas: César Vidal, Libros, Ryoki Inoué
