miércoles, enero 31, 2007
A esta hora de la noche

«No es tarea fácil en España escribir un artículo literario de actualidad. La vida de nuestra literatura es tan pobre como la de esos ríos humildes del caudal exiguo, que en el verano desnudan su cauce y muestran al sol su vientrecillo de piedras y arena. Y sin embargo...
A esta hora, mitad de la noche, bajo este mismo insomne vuelo de estrellas, ¡cuántos escritores anónimos tejerán, con hilos de silencio, su obra! Lentamente, con la sabia paciencia que da la disciplina, o de un modo ardoroso y febril, drama, novela o poema, algo está tomando forma -carne y sangre caliente- en esta noche abierta y alta.
¿Para qué? Melancólica, la pregunta surge. ¿Para qué se escribe en España; para qué se piensa y se sueña y se crea? Para guardar luego el manuscrito y esperar; años y años, bajo este mismo insomne vuelo de estrellas. ¡Qué sólo se siente aquí el artista anónimo! Con rara soledad que empieza en él mismo y se extiende, se extiende por todo el Mundo.
La revolución española no ha cambiado los procedimientos, los métodos de nuestra vida literaria. Antes, parece que ha mermado las posibilidades al reducir el mercado. Ni un teatro sincero y popular abierto a las iniciativas; ni una editorial generosa que ose correr el riesgo. Todo lo que a esta hora, mitad de la noche, se está fundiendo con luz de estrellas y calor de frente está condenado al no ser.
¿Y el Estado? El Estado del pueblo y para el -20- pueblo; el Estado democrático, ¿olvidará también esta función, tan ineludible como desconocida de los otros Estados oligárquicos que hemos tenido y padecido? ¿Escuelas? ¡Quién lo duda! Miles de escuelas necesita España para educar y despertar inteligencias. Pero ¿es que la sensibilidad no necesita también despertarse, educarse?
Una migaja del presupuesto para ese artista anónimo que en esta noche abierta, alta de cielo y amplia de horizontes, va tejiendo su obra con hilos de silencio y de soledad».
Pedro Garfias, "A mitad de la noche", El Heraldo de Madrid, 10 de agosto de 1933.
Imagen: Vincent Van Gogh: Noche estrellada, 1899.
Silencio

«Silencio es palabra de mi vocabulario. Habiendo trabajado la música, la he usado más que los hombres de otros oficios. Sé cómo puede especularse con el silencio; cómo se le mide y encuadra. Pero ahora, sentado en esta piedra, vivo el silencio; un silencio venido de tan lejos, espeso de tantos silencios, que en él cobraría la palabra un fragor de creación. Si yo dijera algo, si yo hablara a solas, como a menudo hago, me asustaría a mí mismo».
Alejo Carpentier, Los pasos perdidos, 1953.
Imagen: Joan Miró, Silencio.
lunes, enero 29, 2007
Si Mahoma no va a la montaña...

«[...] si es cierto que no se acabarán los analfabetos hasta que la enseñanza se haga en realidad de verdad obligatoria [...] es tan cierto o más todavía que lo que en último término importa no es sólo llegar a traducir los signos escritos, sino despertar el amor a la lectura, llevando libros a las gentes, a aquellas que ahora no van ni irán ya a la escuela, y haciéndoles con la lectura en alta voz, como hacen las Misiones, gustar los placeres que los libros encierran. Triste es que muchos aprendan a leer y por cerrazón luego lo olviden».
Memoria del Patronato de Misiones Pedagógicas, Septiembre de 1931-diciembre de 1933.
«Los libros deben ser tratados no sólo con esmero, sino con cariño, porque son amigos que nos proporcionan placer y enseñanza.
Hay que hacer que los libros duren, para que otros obtengan con su lectura la misma alegría y el mismo deleite que nosotros hemos tenido.
La encuadernación conserva el libro y muchas veces es, además, bonita. Por esto debe procurarse que no se estropee. Se envían pliegos de papel fuerte para que, el que lo sepa hacer, enseñe a forrar con esmero los libros.
El forro es como la blusa de trabajo, que conserva y guarda limpio el traje».
«Cuando acabes tu trabajo, lávate las manos y coge el libro que has pedido en la Biblioteca. Busca un sitio tranquilo y lee. Recordarás siempre con placer estos ratos.
Guarda luego el libro cuidadosamente hasta que puedas volver a seguir leyendo. Procura que, al devolver el libro, ya leído, esté tan limpio como cuando te lo entregaron.
¡Buena idea se tendrá de un pueblo donde los libros se leen mucho y se conservan limpios y cuidados!».
Texto de dos marcapáginas impresos para el Servicio de Bibliotecas de Misiones Pedagógicas.
domingo, enero 28, 2007
En todas partes

«Estaré aquí, en la oscuridad. Estaré en todas partes. Donde mires, donde haya una lucha para que la gente hambrienta pueda comer, allí estaré. Donde haya un policía golpeando a un muchacho, allí estaré. Estaré en el modo en que los niños ríen cuando tienen hambre y saben que la cena está lista; y cuando la gente coma lo que ha cultivado y viva en las casas que ha construido, allí también estaré...».
John Ford, Las uvas de la ira (The grapes of wrath), 1940.
viernes, enero 26, 2007
Pumares
No soy ningún fan incondicional de Carlos Pumares, sobre todo de sus hirientes y a menudo insustanciales críticas cinematográficas, pero reconozco que hace unos cuantos años escuchaba con cierta frecuencia su programa Polvo de estrellas en la desaparecida Antena 3 Radio, tras el de deportes de José María García. En ocasiones me hacía reír (incluso hasta llorar) con sus locuras y excentricidades, y sólo por eso merece aparecer aquí, aunque sea haciendo el payaso en la tele:
Carlos Pumares invitado en el programa de la ETB "Vaya Semanita"
Carlos Pumares y los teléfonos móviles
Pumares y los camiones, trenes y aviones
Pumares y los notarios
Carlos Pumares invitado en el programa de la ETB "Vaya Semanita"
Carlos Pumares y los teléfonos móviles
Pumares y los camiones, trenes y aviones
Pumares y los notarios
jueves, enero 25, 2007
Won't you help to sing these songs of freedom?
Me gustaría que todo aquel que se asomara por este rinconcito participara cantando, tarareando, silbando, taconeando... ya sea en casa, en el trabajo o en cualquier otro lugar.
Bob Marley - Redemption Song
Old pirates, yes, they rob I;
Sold I to the merchant ships,
Minutes after they took I
From the bottomless pit.
But my hand was made strong
By the 'and of the Almighty.
We forward in this generation
Triumphantly.
Won't you help to sing
These songs of freedom? -
'Cause all I ever have:
Redemption songs;
Redemption songs.
Emancipate yourselves from mental slavery;
None but ourselves can free our minds.
Have no fear for atomic energy,
'Cause none of them can stop the time.
How long shall they kill our prophets,
While we stand aside and look? Ooh!
Some say it's just a part of it:
We've got to fulfil de book.
Won't you help to sing
These songs of freedom? -
'Cause all I ever have:
Redemption songs;
Redemption songs;
Redemption songs.
Emancipate yourselves from mental slavery;
None but ourselves can free our mind.
Wo! Have no fear for atomic energy,
'Cause none of them-a can-a stop-a the time.
How long shall they kill our prophets,
While we stand aside and look?
Yes, some say it's just a part of it:
We've got to fulfil de book.
Won't you help to sing
These songs of freedom? -
'Cause all I ever had:
Redemption songs -
All I ever had:
Redemption songs:
These songs of freedom,
Songs of freedom.
Bob Marley - Redemption Song
Bob Marley - Redemption Song
No puede extrañar que esta alucintante canción de Bob Marley ha sido versionada por numerosos artistas, más o menos conocidos. He aquí algunas de ellas:
Ziggy Marley & The Chieftains - Redemption Song
Joe Strummer - Redemption Song
Johnny Cash & Joe Strummer - Redemption Song
Chris Cornell - Redemption Song
Tété & Raoul Midon - Redemption Song
Soul Rebel Salute - Redemption song
Pascal Glanville - Redemption song
Tondrae - Redemption Song
Dean Frazier - Redemption Song
(Confieso que me encanta escuchar a la gente cantar en este tipo de vídeos caseros, como a esta chica, sobre todo si se hace con sentimiento, como es el caso)
Bob Marley - Redemption Song
Old pirates, yes, they rob I;
Sold I to the merchant ships,
Minutes after they took I
From the bottomless pit.
But my hand was made strong
By the 'and of the Almighty.
We forward in this generation
Triumphantly.
Won't you help to sing
These songs of freedom? -
'Cause all I ever have:
Redemption songs;
Redemption songs.
Emancipate yourselves from mental slavery;
None but ourselves can free our minds.
Have no fear for atomic energy,
'Cause none of them can stop the time.
How long shall they kill our prophets,
While we stand aside and look? Ooh!
Some say it's just a part of it:
We've got to fulfil de book.
Won't you help to sing
These songs of freedom? -
'Cause all I ever have:
Redemption songs;
Redemption songs;
Redemption songs.
Emancipate yourselves from mental slavery;
None but ourselves can free our mind.
Wo! Have no fear for atomic energy,
'Cause none of them-a can-a stop-a the time.
How long shall they kill our prophets,
While we stand aside and look?
Yes, some say it's just a part of it:
We've got to fulfil de book.
Won't you help to sing
These songs of freedom? -
'Cause all I ever had:
Redemption songs -
All I ever had:
Redemption songs:
These songs of freedom,
Songs of freedom.
Bob Marley - Redemption Song
Bob Marley - Redemption Song
No puede extrañar que esta alucintante canción de Bob Marley ha sido versionada por numerosos artistas, más o menos conocidos. He aquí algunas de ellas:
Ziggy Marley & The Chieftains - Redemption Song
Joe Strummer - Redemption Song
Johnny Cash & Joe Strummer - Redemption Song
Chris Cornell - Redemption Song
Tété & Raoul Midon - Redemption Song
Soul Rebel Salute - Redemption song
Pascal Glanville - Redemption song
Tondrae - Redemption Song
Dean Frazier - Redemption Song
(Confieso que me encanta escuchar a la gente cantar en este tipo de vídeos caseros, como a esta chica, sobre todo si se hace con sentimiento, como es el caso)
El mundo se está yendo al infierno

«Hace tiempo leí en un periódico de aquí que unos maestros encontraron de casualidad una encuesta que enviaron en los años treinta a varias escuelas del país. Incluía un cuestionario sobre cuáles eran los problemas de la enseñanza en las escuelas. Y encontraron unos formularios que habían enviado desde varios puntos del país respondiendo a estas preguntas. Y los mayores problemas mencionados eran cosas como hablar en clase y correr por los pasillos. Mascar chicle. Copiar los deberes. Cosas por el estilo. Cogieron uno de los impresos que estaba en blanco, hicieron fotocopias y los volvieron a enviar a las mismas escuelas. Cuarenta años después. Y he aquí las respuestas. Violación, incendio premeditado, asesinato. Drogas. Suicidio. Me puse a pensar en eso. Porque la mayoría de las veces cuando digo que el mundo se está yendo al infierno la gente simplemente sonríe y me dice que me estoy haciendo viejo. Que ese es uno de los síntomas. Pero lo que yo creo es que cualquiera que no vea la diferencia entre violar y asesinar gente y mascar chicle tiene un problema mucho mayor que el que tengo yo».
Cormac McCarthy, No es país para viejos, Barcelona, Mondadori, 2006.
Imagen: Gustave Doré, "El Infierno, Canto 22", en Dante Alighieri, La Divina Comedia, nueva traducción directa del italiano por Cayetano Rosell, completamente anotada y con un prologo biográfico y crítico por Juan Eugenio Hartzenbusch, ilustrada por Gustavo Doré, Barcelona, Montaner y Simon, tomo I. 1870. (edición reciente: La Plata, Terramar Ediciones, 2005).
miércoles, enero 24, 2007
No dudo al repetirlo

«En una ocasión me preguntaste:
-¿Qué es la poesía?
¿Te acuerdas? No sé a qué propósito había yo hablado algunos momentos antes de mi pasión por ella.
-¿Qué es la poesía? -me dijiste.
Yo, que no soy muy fuerte en esto de las definiciones te respondí titubeando:
-La poesía es..., es...
Sin concluir la frase, buscaba inútilmente en mi memoria un término de comparación, que no acertaba a encontrar.
Tú habías adelantado un poco la cabeza para escuchar mejor mis palabras; los negros rizos de tus cabellos, esos cabellos que tan bien sabes dejar a su antojo sombrear tu frente, con un abandono tan artístico, pendían de tu sien y bajaban rozando tu mejilla hasta descansar en tu seno; en tus pupilas húmedas y azules como el cielo de la noche brillaba un punto de luz, y tus labios se entreabrían ligeramente al impulso de una respiración perfumada y suave.
Mis ojos, que, a efecto sin duda de la turbación que experimentaba, habían errado un instante sin fijarse en ningún sitio, se volvieron entonces instintivamente hacia los tuyos, y exclamé, al fin:
-¡La poesía..., la poesía eres tú!
¿Te acuerdas? Yo aún tengo presente el gracioso ceño de curiosidad burlada, el acento mezclado de pasión y amargura con que me dijiste:
-¿Crees que mi pregunta sólo es hija de una vana curiosidad de mujer? Te equivocas. Yo deseo saber lo que es la poesía, porque deseo pensar lo que tú piensas, hablar de lo que tú hablas, sentir con lo que tú sientes; penetrar, por último, en ese misterioso santuario en donde a veces se refugia tu alma y cuyo umbral no puede traspasar la mía.
Cuando llegaba a este punto se interrumpió nuestro diálogo. Ya sabes por qué. Algunos días han transcurrido. Ni tú ni yo lo hemos vuelto a renovar, y, sin embargo, por mi parte no he dejado de pensar en él. Tú creíste, sin duda, que la frase con que contesté a tu extraña interrogación equivalía a una evasiva galante.
¿Por qué no hablar con franqueza? En aquel momento di aquella definición porque la sentí, sin saber siquiera si decía un disparate. Después lo he pensado mejor, y no dudo al repetirlo; la poesía eres tú. ¿Te sonríes? Tanto peor para los dos. Tu incredulidad nos va a costar: a ti, el trabajo de leer un libro, y a mí, el de componerlo.
¡Un libro! -exclamas, palideciendo y dejando escapar de tus manos esta carta-. No te asustes. Tú lo sabes bien: un libro mío no puede ser muy largo. Erudito, sospecho que tampoco. Insulso, tal vez; mas para ti, escribiéndolo yo, presumo que no lo será, y para ti lo escribo.
Sobre la poesía no ha dicho nada casi ningún poeta; pero, en cambio, hay bastante papel emborronado por muchos que no lo son.
El que la siente se apodera de una idea, la envuelve en una forma, la arroja en el estudio del saber, y pasa. Los críticos se lanzan entonces sobre esa forma, la examinan, la disecan y creen haberla entendido cuando han hecho su análisis.
La disección podrá revelar el mecanismo del cuerpo humano; pero los fenómenos del alma, el secreto de la vida, ¿cómo se estudian en un cadáver?
No obstante, sobre la poesía se han dado reglas, se han atestado infinidad de volúmenes, se enseña en las universidades, se discute en los círculos literarios y se explica en los ateneos.
No te extrañes. Un sabio alemán ha tenido la humorada de reducir a notas y encerrar en las cinco líneas de una pauta el misterioso lenguaje de los ruiseñores. Yo, si he de decir la verdad, todavía ignoro qué es lo que voy a hacer; así es que no puedo anunciártelo anticipadamente.
Sólo te diré, para tranquilizarte, que no te inundaré en ese diluvio de términos que pudiéramos llamar facultativos, ni te citaré autores que no conozco, ni sentencias en idiomas que ninguno de los dos entendemos.
Antes de ahora te lo he dicho. Yo nada sé, nada he estudiado; he leído un poco, he sentido bastante y he pensado mucho, aunque no acertaré a decir si bien o mal. Como sólo de lo que he sentido y he pensado he de hablarte, te bastará sentir y pensar para comprenderme.
Herejías históricas, filosóficas y literarias, presiento que voy a decirte muchas. No importa. Yo no pretendo enseñar a nadie, ni erigirme en autoridad, ni hacer que mi libro se me declare de texto.
Quiero hablarte un poco de literatura, siquiera no sea más que por satisfacer un capricho tuyo, quiero decirte lo que sé de una manera intuitiva, comunicarte mi opinión y tener al menos el gusto de saber que, si nos equivocamos, nos equivocamos los dos; lo cual, dicho sea de paso, para nosotros equivale a acertar.
La poesía eres tú, te he dicho, porque la poesía es el sentimiento, y el sentimiento es la mujer.
La poesía eres tú, porque esa vaga aspiración a lo bello que la caracteriza, y que es una facultad de la inteligencia en el hombre, en ti pudiera decirse que es un instinto.
La poesía eres tú, porque el sentimiento, que en nosotros es un fenómeno accidental y pasa como una ráfaga de aire, se halla tan íntimamente unido a tu organización especial que constituye una parte de ti misma.
Ultimamente la poesía eres tú, porque tú eres el foco de donde parten sus rayos.
El genio verdadero tiene algunos atributos extraordinarios, que Balzac llama femeninos, y que, efectivamente, lo son. En la escala de la inteligencia del poeta hay notas que pertenecen a la de la mujer, y éstas son las que expresan la ternura, la pasión y el sentimiento. Yo no sé por qué los poetas y las mujeres no se entienden mejor entre sí. Su manera de sentir tiene tantos puntos de contacto... Quizá por eso... Pero dejemos digresiones y volvamos al asunto.
Decíamos ¡Ah, sí, hablábamos de la poesía!
La poesía es en el hombre una cualidad puramente del espíritu; reside en su alma, vive con la vida incorpórea de la idea, y para revelarla necesita darle una forma. Por eso la escribe. En la mujer, sin embargo, la poesía está como encarnada en su ser; su aspiración, sus presentimientos, sus pasiones y Destino son poesía: vive, respira, se mueve en una indefinible atmósfera de idealismo que se desprende de ella, como un fluido luminoso y magnético; es, en una palabra, el verbo poético hecho carne.
Sin embargo, a la mujer se la acusa vulgarmente de prosaísmo. No es extraño; en la mujer es poesía casi todo lo que piensa, pero muy poco de lo que habla. La razón, yo la adivino, y tú la sabes. Quizá cuanto te he dicho lo habrás encontrado confuso y vago. Tampoco debe maravillarte. La poesía es al saber de la Humanidad lo que el amor a las otras pasiones. El amor es un misterio. Todo en él son fenómenos a cual más inexplicable; todo en él es ilógico, todo en él es vaguedad y absurdo.
La ambición, la envidia, la avaricia, todas las demás pasiones, tienen su explicación y aun su objeto, menos la que fecundiza el sentimiento y lo alimenta.
Yo, sin embargo, la comprendo; la comprendo por medio de una revelación intensa, confusa e inexplicable.
Deja esta carta, cierra tus ojos al mundo exterior que te rodea, vuélvelos a tu alma, presta atención a los confusos rumores que se elevan de ella, y acaso la comprenderás como yo.»
Gustavo Adolfo Bécquer, "Carta primera", en Cartas literarias a una mujer, 1861.
Imagen: Pablo Picasso: Niña con paloma, 1901.
Hacer reír
Para mí hacer reír a la gente es una de las cosas más complicadas que existen. También de las más bonitas. Por eso le concedo un gran valor, además de un gran poder curativo. En estos momentos, por lo que voy leyendo por ahí, parece que varias personas que me son próximas necesitan soltar unas cuantas carcajadas para liberar tensiones y hacer más llevaderos los malos momentos, por lo que no se me ha ocurrido nada mejor que obsequiarles con esta fantástica actuación de mi admirado Harold Lloyd en Hey There (1918):
Cat Power

No todos los días le mentan a uno en la radio, ni le dedican una canción en una emisora, por mucho que sea local y un amigo tenga en ella un programa de música.
El caso es que el pasado lunes mi compañero de fatigas Adolfo Sánchez consiguió que me sonrojara al dedicarnos en directo a mí y a mi chica “The greatest”, de Cat Power. Lo cierto es que no soy un fan de esta chica, no me gusta todo lo que hace, pero con este tema mi amigo ha acertado. Así pues, le doy las gracias desde aquí.
Cat Power - The Greatest
Otras canciones de Chan Marshall que me hacen disfrutar son las siguientes:
Cat Power - Lived In Bars
Cat Power - I Don't Blame You
Cat Power - Maybe not
(AVISO: el final es bastante fuerte)
martes, enero 23, 2007
La lluvia amarilla
Leyendo a Jesús Jerónimo y a Amaya, que de forma casual han abordado al mismo tiempo el tema de la soledad, me ha venido inevitablemente a la cabeza La lluvia amarilla, esa estupenda novela de Julio Llamazares protagonizada precisamente por la soledad, la melancolía y el abandono, sentimientos que te van entrando en el cuerpo poco a poco, página a página, hasta dejarte prácticamente paralizado, sin respiración, en estado de shock.
Como dice Andrés, lo sucedido con su mujer "Fue el principio del fin, la iniciación del largo e interminable adiós en que a partir de entonces, se convirtió mi vida. Como la luz del sol, cuando se abre una ventana después de muchos años, rasga la oscuridad y desentierra bajo el polvo objetos y pasiones ya olvidados, la soledad entró en mi corazón e iluminó con fuerza cada rincón y cada cavidad de mi memoria".
Como dice Andrés, lo sucedido con su mujer "Fue el principio del fin, la iniciación del largo e interminable adiós en que a partir de entonces, se convirtió mi vida. Como la luz del sol, cuando se abre una ventana después de muchos años, rasga la oscuridad y desentierra bajo el polvo objetos y pasiones ya olvidados, la soledad entró en mi corazón e iluminó con fuerza cada rincón y cada cavidad de mi memoria".
Pararse y mirar

«En la alta cuesta, listo para el descenso,
me apoyo en el bastón y descanso un instante.
Encandilado veo el mundo, a lo largo
y a lo ancho, resplandeciente, azul y blanco.
Veo arriba, callados, cresta junto a cresta,
los montes solitarios y helados;
cuesta abajo, perdida en el resplandor,
valle tras valle se precipita la intuida senda.
Perplejo, me detengo un momento,
embargado por la soledad y el silencio,
y sigo deslizándome por la inclinada pared,
hacia los valles, raudo y sin aliento».
Hermann Hesse, "Esquiando: un descanso", en Las estaciones. Reflexiones, poemas y acuarelas recopiladas por Vollaer Michels, Barcelona, RBA, 2006.
Imagen: Acuarela de Hermann Hesse.
Brown Eyed Girl
(Dedicado a mi Brown Eyed Girl favorita)
Van Morrison - Brown Eyed Girl
Hey, where did we go
Days when the rains came ?
Down in the hollow
Playing a new game,
Laughing and a-running, hey, hey,
Skipping and a-jumping
In the misty morning fog with
Our, our hearts a-thumping
And you, my brown-eyed girl,
You, my brown-eyed girl.
Whatever happened
To tuesday and so slow
Going down to the old mine with a
Transistor radio.
Standing in the sunlight laughing
Hide behind a rainbows wall,
Slipping and a-sliding
All along the waterfall
With you, my brown-eyed girl,
You, my brown-eyed girl.
Do you remember when we used to sing
Sha la la la la la la la la la la dee dah
Just like that
Sha la la la la la la la la la la dee dah
La dee dah.
So hard to find my way
Now that Im all on my own.
I saw you just the other day,
My, how you have grown!
Cast my memory back there, lord,
Sometime I'm overcome thinking about
Making love in the green grass
Behind the stadium
With you, my brown-eyed girl,
You, my brown-eyed girl.
Do you remember when we used to sing
Sha la la la la la la la la la la dee dah
Laying in the green grass
Sha la la la la la la la la la la dee dah
Dee dah dee dah dee dah dee dah dee dah dee
Sha la la la la la la la la la la la la
Dee dah la dee dah la dee dah la
D-d-d-d-d-d-d-d-d-d...
Van Morrison - Brown Eyed Girl
Hey, where did we go
Days when the rains came ?
Down in the hollow
Playing a new game,
Laughing and a-running, hey, hey,
Skipping and a-jumping
In the misty morning fog with
Our, our hearts a-thumping
And you, my brown-eyed girl,
You, my brown-eyed girl.
Whatever happened
To tuesday and so slow
Going down to the old mine with a
Transistor radio.
Standing in the sunlight laughing
Hide behind a rainbows wall,
Slipping and a-sliding
All along the waterfall
With you, my brown-eyed girl,
You, my brown-eyed girl.
Do you remember when we used to sing
Sha la la la la la la la la la la dee dah
Just like that
Sha la la la la la la la la la la dee dah
La dee dah.
So hard to find my way
Now that Im all on my own.
I saw you just the other day,
My, how you have grown!
Cast my memory back there, lord,
Sometime I'm overcome thinking about
Making love in the green grass
Behind the stadium
With you, my brown-eyed girl,
You, my brown-eyed girl.
Do you remember when we used to sing
Sha la la la la la la la la la la dee dah
Laying in the green grass
Sha la la la la la la la la la la dee dah
Dee dah dee dah dee dah dee dah dee dah dee
Sha la la la la la la la la la la la la
Dee dah la dee dah la dee dah la
D-d-d-d-d-d-d-d-d-d...
lunes, enero 22, 2007
Tesón
Las cosas no son siempre fáciles. Casi nunca salen a la primera, ni a la segunda, ni tan siquiera a la tercera. Y cuando finalmente salen, a menudo no son como uno esperaba. Sin embargo, soy de los que piensan que lo que merece de verdad la pena hay que intentarlo una y otra vez, no darse por vencido antes de tiempo ni asustarse ante las dificultades por grandes que puedan parecer, sino coger con firmeza y decisión el toro por los cuernos y tratar de aguantar las embestidas hasta domesticarlo, es decir, armarse de paciencia, tener fuerza de voluntad, arrojo y tesón, como "Dizzy" Daniels en Teed-off:
domingo, enero 21, 2007
Happy Birthday, Adolf
Sin palabras
Evelyn Glennie y Fred Frith tocando la marimba y la guitarra en una vieja fábrica (fragmento del documental "Touch The Sound", de Thomas Riedelsheimer)
sábado, enero 20, 2007
La sencillez
"El sabio debe retirarse de la vida como de un festín: humildemente" (Demófilo)
«No he visto en Rusia nada más grandioso ni más conmovedor que la tumba de Tolstoi. Este lugar de peregrinación para las futuras generaciones respetuosas queda apartado, solitario, sumido en la sombra del bosque. Una senda angosta, trazada como al azar a través de los claros y los arbustos, lleva hacia este túmulo, qué no es más que un pequeño montón de tierra, de forma rectangular, sombreado por algunos árboles. Nadie lo cuida. Nadie lo guarda. León Tolstoi plantó él mismo -según me cuenta su nieta-, esos árboles altos, que se mecen suavemente al viento del otoño entrante. Un ama de cría o una mujer del pueblo les había contado, cuando niños, a su hermano Nicolás y a él, una antigua leyenda: en donde se planten árboles, habrá dicha. Así, jugando, habían introducido en la tierra unos arbolillos en alguna parte de su predio, y bien pronto se les había olvidado aquel juego infantil. Sólo más tarde recordó Tolstoi aquel episodio de su juventud y aquella promisión de la dicha, promisión que cobró para él, cansado de vivir, un sentido nuevo y más hermoso. Y no tardó en manifestar el deseo de ser enterrado bajo aquellos árboles por él plantados.
Tolstoi leyendo la correspondencia en 1910
Tolstoi en su lecho de muerte (1910) Así se hizo. Cumplióse la voluntad de Tolstoi, y su tumba ha llegado a ser la más hermosa, la más impresionante, la más sugestiva del mundo. Un túmulo rectangular en el corazón del bosque, cubierto de flores y de plantas verdes; ni losa sepulcral, ni inscripción, ni siquiera el nombre de Tolstoi. Como un vagabundo recogido por la calle, como un soldado desconocido, queda enterrado en el anónimo el gran hombre, que más que nadie sufrió por su nombre y por su fama. Cualquiera puede acercarse a su última morada. La frágil estacada está siempre abierta. Sólo el respeto de los hombres, cuya curiosidad suele perturbar la paz eterna de los grandes, hace que reine el silencio en torno a la tumba de León Tolstoi. Y aquí es la suprema sencillez la que tiene alejada la frívola curiosidad y prohíbe hablar alto. El viento susurra entre los árboles sobre la tumba anónima; el sol le prodiga sus cálidos rayos, y en invierno la blanca nieve cubre tiernamente la tierra oscura. En verano y en invierno se podría pasar por aquí sin sospechar que este pequeño montón de tierra encierra los restos mortales de uno de los más grandes hombres de nuestro mundo. Y precisamente este anónimo nos conmueve más hondamente que todo el mármol y todo el fausto imaginables: de los centenares de hombres que en este día excepcional rodearon la tumba de León Tolstoi, ni uno solo se atrevió a coger allí una flor para llevársela y guardarla como recuerdo. Y una vez más sentimos que nada en este mundo es tan monumental como la suprema sencillez. Ni la cripta de Napoleón bajo el arco de mármol en la Iglesia de los Inválidos, ni el sarcófago de Goethe en el Panteón de los Príncipes de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la Abadía de Westminster, conmueven tan íntimamente, por su aspecto, lo más humano en cada ser humano, como esa tumba allí en el bosque, maravillosa por su silencio, enternecedora por su anónimo, sin mensaje ni palabra, y adonde sólo llega el susurrar del viento».
Tumba de Tolstoi el año de su muerte
Stefan Zweig, "La tumba más hermosa del mundo (De un viaje por Rusia)", en El mundo insomne. Ideas, ciudades y paisajes de la vida contemporánea, Barcelona, Luis de Caralt Editor, 1947.
viernes, enero 19, 2007
Moustaki

Hoy toca en Barcelona Georges Moustaki, cantautor de origen egipcio a quien conocí gracias a mis hermanas y al que tuve la enorme suerte de ver en directo el año pasado en un concierto que fue de las sorpresas más agradables que he tenido últimamente.
Moustaki es una celebridad de la canción francesa; lleva más de un cuarto de siglo haciendo giras, ha publicado una veintena de álbumes, ha escrito cerca de 300 canciones y ha compuesto bandas sonoras de películas (recientemente además acaba de publicar un librito, Siete cuentos fronterizos, que está en mi punto de mira).
Pero Moustaki no es sólo eso. Para mi es, sobre todo, un entrañable viejecito de una admirable sencillez, una extraordinaria vitalidad y una gran simpatía, que hace las delicias de cualquiera que se acerque a escucharle con la mente, el corazón y los oídos abiertos.
A cualquiera que tenga la oportunidad de ir a un concierto suyo, se lo recomiendo vivamente, seguro de que no saldrá defraudado.
Como muestra un botón. He aquí dos de sus canciones más famosas:
Georges Moustaki - Le métèque
Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
Et mes cheveux aux quatre vents
Avec mes yeux tout délavés
Qui me donnent l'air de rêver
Moi qui ne rêve plus souvent
Avec mes mains de maraudeur
De musicien et de rôdeur
Qui ont pillé tant de jardins
Avec ma bouche qui a bu
Qui a embrassé et mordu
Sans jamais assouvir sa faim
Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
De voleur et de vagabond
Avec ma peau qui s'est frottée
Au soleil de tous les étés
Et tout ce qui portait jupon
Avec mon cœur qui a su faire
Souffrir autant qu'il a souffert
Sans pour cela faire d'histoires
Avec mon âme qui n'a plus
La moindre chance de salut
Pour éviter le purgatoire
Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
Et mes cheveux aux quatre vents
Je viendrai, ma douce captive
Mon âme sœur, ma source vive
Je viendrai boire tes vingt ans
Et je serai prince de sang
Rêveur ou bien adolescent
Comme il te plaira de choisir
Et nous ferons de chaque jour
Toute une éternité d'amour
Que nous vivrons à en mourir
Et nous ferons de chaque jour
Toute une éternité d'amour
Que nous vivrons à en mourir
Georges Moustaki - Ma solitude
Pour avoir si souvent dormi
Avec ma solitude
Je m'en suis fait presqu'une amie
Une douce habitude
Ell' ne me quitte pas d'un pas
Fidèle comme une ombre
Elle m'a suivi ça et là
Aux quatre coins du monde
Non, je ne suis jamais seul
Avec ma solitude
Quand elle est au creux de mon lit
Elle prend toute la place
Et nous passons de longues nuits
Tous les deux face à face
Je ne sais vraiment pas jusqu'où
Ira cette complice
Faudra-t-il que j'y prenne goût
Ou que je réagisse?
Non, je ne suis jamais seul
Avec ma solitude
Par elle, j'ai autant appris
Que j'ai versé de larmes
Si parfois je la répudie
Jamais elle ne désarme
Et si je préfère l'amour
D'une autre courtisane
Elle sera à mon dernier jour
Ma dernière compagne
Non, je ne suis jamais seul
Avec ma solitude
Non, je ne suis jamais seul
Avec ma solitude
La infancia recuperada
"Descreer de la felicidad es una forma de escepticismo a la que todo el mundo llega antes o después; hay quien se lo toma por la tremenda, pero la mayoría prescinde de ese enfático concepto con resignación e incluso con alivio. Es como desembarazarse de una pregunta mal formulada, de un señuelo que sanciona fantasmalmente todos los cilicios éticos, de un trampantojo ligado íntimamente a ese engaño fundamental, el futuro. ¿O al pasado? En este caso, la renuncia se hace más difícil de digerir. A favor de la indolencia o el fastidio, cualquiera puede abandonar el proyecto de la felicidad; pero, cuando éste nos asalta, ¿cómo desistir del recuerdo de la dicha, del obsesivo episodio que parece ser savia y estímulo de nuestra memoria toda? ¡Bienaventurados los que nunca han sido dichosos -o los que lo fueron y lo han olvidado, en el supuesto de que esto sea posible-, porque ellos renunciarán sin lágrimas a la felicidad! Por mi parte, podría haceros la misma confidencia que un día Menean-Ponty hizo a Sartre: «Nunca me repondré de mi incomparable infancia.» Pero no creáis que voy ahora a reclamarme, sin reservas, partidario del mito de la «infancia dorada y feliz». En primer término sería obsceno y criminal establecer que toda infancia es dichosa: tal como Camus, no imagino combustible más estimulante para el alma rebelde que el escándalo insoportable del dolor de los niños. En segundo lugar, sé que en mi infancia fui feliz, pero no siempre ni quizá principalmente. Es posible que mi presente melancolía idealice la rutina de mis ocho o nueve años y convierta en inimaginable plenitud cualquier discreto pasatiempo de sábado por la tarde. Empero, no puedo renegar de un concreto e indiscutible lapso de felicidad cuya memoria me es tan clara, tan precisa, tan punzante, que más fácil me sería dudar de una de mis sensaciones o vivencias presentes que de ella. Mi dicha de entonces no fue una perfección inconsciente sobre la que reflexiono con admirada envidia a posteriori: por contradictorio que ello parezca -yo mismo sostendría, en todo otro caso, la doctrina que invalida la posibilidad de esta experiencia- mi felicidad de entonces se acompañó de la estática conciencia de que era feliz. Si, en este punto, el impaciente lector me conmina a que le instruya sobre qué entiendo por felicidad, no podré sino remitirle a la definición -mejor, descripción- que Valle Inclán hace del éxtasis en su Lámpara maravillosa: «Es el goce de ser cautivo en el círculo de una emoción pura, que aspira a ser eterna. ¡Ningún goce y ningún terror comparable a este sentir del alma desprendida!». No sólo recuerdo perfectamente las circunstancias e imágenes que acompañaron a mi acceso de felicidad -no excesivamente largo, tranquilizaos, apenas quince o veinte días-, sino también numerosas sensaciones gustativas y olorosas, así como unos difusos caracteres cenestésicos que desconfío de poder expresar por escrito. Yo tenía diez años y caí enfermo de «alfombrilla», una especie de sarampión benévolo; se me recetaron veinte días de reposo en perfecto aislamiento, para evitar que contagiase a mis hermanos y compañeros de colegio. Me instalé en el dormitorio de mis padres -¡atención, psicoanalistas! - y durante esa venturosa quincena fue mi único horizonte. No tenía prácticamente fiebre ni molestias de ningún tipo; no me amenazaban con ponerme inyecciones. Atrincherado en mi refugio, me pasaba el día en la cama, charlando esporádicamente con mis hermanos, que se asomaban de vez en cuando a la puerta cautamente, guardando las debidas distancias, y me consideraban con envidia. Tenía a mano mi espada de abordaje, una maqueta de plástico del acorazado francés Richelieu que para mí era la vera effigies de El Rey del Mar de Sandokan y mi caja de soldados. No paraba de leer; leía dos o tres libros diarios, sin contar mi docenita de tebeos. Todos los días mi madre me subía la provisión literaria de la jornada; yo rara vez le pedía ninguna novela concreta: ella acertaba siempre. Entonces leí las últimas aventuras de Sandokan y las del Corsario Negro; leí El caballo salvaje, de Zane Grey, y El rey de los osos, de James Oliver Curwood; leí el Puck y los Nuevos cuentos de las colinas, de Kipling. Un día me trajo Las minas del rey Salomón y conocí a Allan Quatermain; en otra ocasión apareció con dos novelas -El peregrino de la estrella y Antes de Adán-, de un autor cuyo nombre oía por primera vez: Jack London. Era la vieja edición de la editorial Prometeo adornada con el ex libris lobuno del escritor y en traducción de Fernando Valera. Jack London fue el mayor descubrimiento de aquella temporada en el paraíso. Recuerdo otras cosas: el sabor cálido y dulzón del arroz blanco con salsa de tomate, cierta forma de filtrarse el sol por las rendijas de una persiana que veo perfectamente con sólo cerrar los ojos. Por la noche, al apagar la luz, sentía escalofríos de gozo al pensar en el día siguiente; murmuraba: mañana y pasado mañana y al otro también... Es la primera y última vez que he aprobado sin reservas el futuro. De vez en cuando, dejaba el libro abierto sobre la colcha y cerraba los ojos, en un trance de dicha tan intenso, que me entraban ganas de llorar. Una felicidad inmóvil, libresca, egoísta, me diréis, fabricada con aislamiento y mimo. Lamento que la memoria no sea moral, pero estoy seguro de que fue entonces y sólo entonces cuando me sentí feliz. Salí de mi cuarentena sin excesiva pesadumbre, porque ya tenía ganas de volver a ver a mis amigos y de hacer carreras de caballos con mi hermano José; por aquella época, con varios compañeros del colegio, manteníamos un complicado juego político con soldados de goma: la víspera de que me dieran de alta recibí un telegrama del Estado Mayor de uno de mis vecinos, declarándome la guerra, lo que contribuyó decisiva y jubilosamente a abreviar mi convalecencia. Pero aún entonces no se me ocultó que lo que me habían propiciado aquellos días era algo cualitativamente distinto y superior a todas mis otras posibles alegrías; abandoné mi castillo sin agobiante tristeza, pero con la sorda convicción de haber conocido al fin lo irreparable. Como he dicho, Jack London y, sobre todo, su Peregrino de la estrella fueron el prodigio cenital de aquellos días pródigos en descubrimientos maravillosos. No puedo pensar en ese autor o releer esa novela sin rememorar con abrumadora exactitud mi «alfombrilla»".
Fernando Savater, La infancia recuperada, Madrid, Taurus, 1976.
Fernando Savater, La infancia recuperada, Madrid, Taurus, 1976.
Aprendizaje continuo
«Dos momentos parece que desde luego se distinguen en la educación, como se distinguen en la vida por lo que respecta a su fines y al ejercicio de nuestra actividad en ellos.
En el primero se forma el hombre como hombre, en la integridad de sus varias fuerzas, para ser y vivir en la unidad de su actividad, destino y relaciones. Esta obra no tiene limite definido alguno, no se reduce a un periodo determinado de la vida, sino que comienza con ésta y dura tanto como ella dura. Salvo un accidente (por ejemplo, una perturbación mental), el hombre está siempre recibiendo nuevas impresiones que excitan en él nuevas representaciones, sentimientos, reacciones de todas clases, y que a la vez educan su energía y aumentan sin cesar así el contenido actual de su conciencia como la forma en que este contenido se entreteje con sus antecedentes.
Pero sobre esta evolución general se desenvuelve y va con ella en su espíritu, en mutua solidaridad, una orientación determinada, una vocación principal hacia un lado y fin particular de la vida. Subjetivamente, esta orientación depende, a lo menos en parte, de su constitución natural; socialmente, del medio, sus condiciones y su acción sobre él. El ejercicio habitual de este fin en su producción objetiva forma su profesión. Tampoco nuestra educación para ésta acaba, en rigor, en un momento dado. El abogado, el sacerdote, el maquinista, el labrador, el músico, el botánico, el artesano, el comerciante, el artista, el político van acrecentando cada día, con la experiencia de sus respectivos oficios, su dominio y habilidad en ellos: semper discentes, nunquam pervenientes. La vida entera es un continuo aprendizaje.
Tenemos, pues, que distinguir en ésta y en la educación dos órdenes: uno general, en que el hombre ejercita más o menos concertadamente todas sus facultades capitales; otra especial, en que, según la tendencia peculiar predominante en cada individuo, coopera éste a alguna de las diversas obras que constituyen el sistema de los fines humanos. Ambos órdenes de la actividad son, por igual, indispensables. Si el último corresponde a su vocación interior y nos hace órganos útiles en la división del trabajo social (pues el hombre sin profesión, por culto, inteligente, bueno y honrado que sea, rico o pobre, debe considerarse como un parásito), a su vez, la educación general, que mal o bien se nos impone, nos interesa en todos los restantes órdenes, fines, obras, extraños a nuestra profesión; mantiene el espíritu abierto a una comunión universal y le impide desentenderse de ella y atrofiarse, cerrándose en la rutina del oficio en la cual, sin ello, inevitablemente cae, aunque este oficio sea el del sacerdote, el poeta y el filósofo. Ambos órdenes de educación se ayudan entre sí, debiendo progresar uno con otro y mediante otro; no en razón inversa, como suele a veces pensarse. Y en ambos, según queda dicho, nos educamos indefinidamente, en diversos grados, más o menos diferenciados en su continuidad y que sólo relativamente dividimos».
Francisco Giner de los Ríos, "Grados naturales en la educación". Recogido en Ensayos, Madrid, Alianza Editorial, 1969.
En el primero se forma el hombre como hombre, en la integridad de sus varias fuerzas, para ser y vivir en la unidad de su actividad, destino y relaciones. Esta obra no tiene limite definido alguno, no se reduce a un periodo determinado de la vida, sino que comienza con ésta y dura tanto como ella dura. Salvo un accidente (por ejemplo, una perturbación mental), el hombre está siempre recibiendo nuevas impresiones que excitan en él nuevas representaciones, sentimientos, reacciones de todas clases, y que a la vez educan su energía y aumentan sin cesar así el contenido actual de su conciencia como la forma en que este contenido se entreteje con sus antecedentes.
Pero sobre esta evolución general se desenvuelve y va con ella en su espíritu, en mutua solidaridad, una orientación determinada, una vocación principal hacia un lado y fin particular de la vida. Subjetivamente, esta orientación depende, a lo menos en parte, de su constitución natural; socialmente, del medio, sus condiciones y su acción sobre él. El ejercicio habitual de este fin en su producción objetiva forma su profesión. Tampoco nuestra educación para ésta acaba, en rigor, en un momento dado. El abogado, el sacerdote, el maquinista, el labrador, el músico, el botánico, el artesano, el comerciante, el artista, el político van acrecentando cada día, con la experiencia de sus respectivos oficios, su dominio y habilidad en ellos: semper discentes, nunquam pervenientes. La vida entera es un continuo aprendizaje.
Tenemos, pues, que distinguir en ésta y en la educación dos órdenes: uno general, en que el hombre ejercita más o menos concertadamente todas sus facultades capitales; otra especial, en que, según la tendencia peculiar predominante en cada individuo, coopera éste a alguna de las diversas obras que constituyen el sistema de los fines humanos. Ambos órdenes de la actividad son, por igual, indispensables. Si el último corresponde a su vocación interior y nos hace órganos útiles en la división del trabajo social (pues el hombre sin profesión, por culto, inteligente, bueno y honrado que sea, rico o pobre, debe considerarse como un parásito), a su vez, la educación general, que mal o bien se nos impone, nos interesa en todos los restantes órdenes, fines, obras, extraños a nuestra profesión; mantiene el espíritu abierto a una comunión universal y le impide desentenderse de ella y atrofiarse, cerrándose en la rutina del oficio en la cual, sin ello, inevitablemente cae, aunque este oficio sea el del sacerdote, el poeta y el filósofo. Ambos órdenes de educación se ayudan entre sí, debiendo progresar uno con otro y mediante otro; no en razón inversa, como suele a veces pensarse. Y en ambos, según queda dicho, nos educamos indefinidamente, en diversos grados, más o menos diferenciados en su continuidad y que sólo relativamente dividimos».
Francisco Giner de los Ríos, "Grados naturales en la educación". Recogido en Ensayos, Madrid, Alianza Editorial, 1969.
martes, enero 16, 2007
Hightone Records
Ayer, gracias al programa de radio de mi amigo Adolfo (al que además de lavarle la boca con jabón voy a tener que pagarle un loquero y unas cuantas clases de inglés), supe que bastantes de mis artistas favoritos (y no es coña) de lo que en la actualidad se denomina Música Americana de Raíces (country, rockabilly, western swing, blues, gospel), como John Prine, Dave Alvin, Joe Ely, Jimmie Dale Gilmore, Katy Moffatt, Rosie Flores, Buddy y Julie Miller, Dale Watson, Billy Joe Shaver, Po Girl, Heather Myles, Tom Russell, Ramblin’ Jack Elliott, Chuck Prophet o Laurie Lewis, tienen algo más en común que gustarme, y es haber grabado para el sello Hightone Records.
Hightone es, por tanto, desde mi punto de vista, una casa discográfica muy a tener en cuenta, en la que abunda la calidad.
Para quien no conozca ninguno de estos nombres y desee explorar nuevos mundos, aparte de ver los vídeos que he seleccionado y de escuchar el podcast de Música Cósmica, le recomiendo que adquiera la caja de 4 CDs + DVD + libro de 124 páginas que acaba de publicarse, The Hightone Records Story, en la que se repasa la historia de este sello creado en 1983 en California.
Chuck Prophet - Age of Miracles
John Prine - It's A Big Old Goofy World
The Blasters- So long baby goodbye- Zaragoza 2006
Buddy Miller - Worry Too Much
Laurie Lewis - I'm Gonna Be The Wind
Dale Watson - Help Me Joe
Billy Joe Shaver - Freedom's Child
Tom Russell - Gallo del Cielo
Heather Myles - Big Cars
Hightone es, por tanto, desde mi punto de vista, una casa discográfica muy a tener en cuenta, en la que abunda la calidad.
Para quien no conozca ninguno de estos nombres y desee explorar nuevos mundos, aparte de ver los vídeos que he seleccionado y de escuchar el podcast de Música Cósmica, le recomiendo que adquiera la caja de 4 CDs + DVD + libro de 124 páginas que acaba de publicarse, The Hightone Records Story, en la que se repasa la historia de este sello creado en 1983 en California.
Chuck Prophet - Age of Miracles
John Prine - It's A Big Old Goofy World
The Blasters- So long baby goodbye- Zaragoza 2006
Buddy Miller - Worry Too Much
Laurie Lewis - I'm Gonna Be The Wind
Dale Watson - Help Me Joe
Billy Joe Shaver - Freedom's Child
Tom Russell - Gallo del Cielo
Heather Myles - Big Cars
Diamonds & Rust
Joan Baez Diamonds and Rust - Live, 1975
[Ojo a la dedicatoria del comienzo, "By far the most talented and crazy person I ever worked with", clara alusión a la que había llegado a ser su pareja]
Well I'll be damned
Here comes your ghost again
But that's not unusual
It's just that the moon is full
And you happened to call
And here I sit
Hand on the telephone
Hearing a voice I'd known
A couple of light years ago
Heading straight for a fall
As I remember your eyes
Were bluer than robin's eggs
My poetry was lousy you said
Where are you calling from?
A booth in the midwest
Ten years ago
I bought you some cufflinks
You brought me something
We both know what memories can bring
They bring diamonds and rust
Well you burst on the scene
Already a legend
The unwashed phenomenon
The original vagabond
You strayed into my arms
And there you stayed
Temporarily lost at sea
The Madonna was yours for free
Yes the girl on the half-shell
Would keep you unharmed
Now I see you standing
With brown leaves falling around
And snow in your hair
Now you're smiling out the window
Of that crummy hotel
Over Washington Square
Our breath comes out white clouds
Mingles and hangs in the air
Speaking strictly for me
We both could have died then and there
Now you're telling me
You're not nostalgic
Then give me another word for it
You who are so good with words
And at keeping things vague
Because I need some of that vagueness now
It's all come back too clearly
Yes I loved you dearly
And if you're offering me diamonds and rust
I've already paid
domingo, enero 14, 2007
Las ideas de los náufragos

«Lo esencialmente confuso, intrincado, es la realidad vital concreta, que es siempre única. El que sea capaz de orientarse con precisión en ella; el que vislumbre bajo el caos que presenta toda situación vital la anatomía secreta del instante, en suma, el que no se pierda en la vida, ése es de verdad una cabeza clara. Observad a los que os rodean y veréis cómo avanzan perdidos por su vida; van como sonámbulos dentro de su buena o mala suerte, sin tener la más ligera sospecha de lo que les pasa. Los oiréis hablar en fórmulas taxativas sobre sí mismos y sobre su Contorno, lo cual indicaría que poseen ideas sobre todo ello. Pero si analizáis someramente esas ideas, notaréis que no reflejan mucho ni poco la realidad a que parecen referirse, y si ahondáis más en el análisis, hallaréis que ni siquiera pretenden ajustarse a tal realidad. Todo lo contrario: el individuo trata con ellas de interceptar su propia visión de lo real, de su vida misma. Porque la vida es por lo pronto un caos donde uno está perdido. El hombre lo sospecha; pero le aterra encontrarse cara a cara con esa terrible realidad y procura ocultarla con un telón fantasmagórico, donde todo está muy claro. Le trae sin cuidado que sus "ideas" no sean verdaderas; las emplea como trincheras para defenderse de su vida, como aspavientos para ahuyentar la realidad.
El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas "ideas" fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ellas es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad — a saber, que vivir es sentirse perdido — el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de los náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde inexorablemente; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad».
José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas, 1930.
Imagen: Francisco de Goya, El naufragio, 1793.
sábado, enero 13, 2007
Los desvanes de mi cerebro

«Por los tenebrosos rincones de mi cerebro acurrucados y desnudos duermen los extravagantes hijos de mi fantasía esperando en silencio que el Arte los vista de la palabra para poder presentarse decentes en la escena del mundo.
Fecunda, como el lecho de amor de la Miseria y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi Musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.
Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.
Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones y ante esa idea terrible se subleva en ellos el instinto de la vida y, agitándose en terrible aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz, de las tinieblas en que viven.¡Pero, ¡ay!, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra y la palabra tímida y perezosa se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cae el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino.
Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa desconocida para la Ciencia de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí: paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término y a éstas hay que ponerles punto.
El Insomnio y la Fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones apretadas ya, como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.
¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables. Os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas en las que os pudierais envolver con orgullo como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. ¡Mas es imposible!
No obstante necesito descansar: necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro insuficiente a contener tantos absurdos.
Quedad pues consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que avienta por el aire la muerte antes que su Creador haya podido pronunciar el fiat lux que separa la claridad de las sombras.
No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad del limbo en que vivís semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que, al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan a la vez que el instrumento las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco de mundo que me rodea pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro dela cabeza. El sentido común que es la barrera de los sueños comienza a flaquear y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido: mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales; mi memoria clasifica revueltos nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado con los de días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.
Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la Muerte sin que vengáis a ser mi pesadilla maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id pues al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados y quedad en él como el eco que encontraron en un alma que pasó por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas.
Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta gran viaje: de una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero cuando esto suceda llevar conmigo como el abigarrado equipaje de un saltimbanqui el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro».
Gustavo Adolfo Bécquer, "Introducción sinfónica", en Libro de los gorriones. Colección de proyectos, argumentos, ideas y planes de cosas diferentes que se concluirán o no según sople el viento, 1868.
Imagen: Autorretrato de Gustavo Adolfo - El poeta y las musas.
viernes, enero 12, 2007
Las metamorfosis
«Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el brazo.
Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis».
Julio Cortázar, "El diario a diario", en Material Plástico.
Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que un muchacho lo ve, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas.
Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego se lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis».
Julio Cortázar, "El diario a diario", en Material Plástico.
jueves, enero 11, 2007
Volar como un pájaro
Aunque todavía no he tenido el valor suficiente como para hacer vuelo sin motor, montar en ala delta o en parapente, lo cierto es que al ver imágenes como estas me entran unas ganas terribles de volar.
Jacques Perrin, Jacques Cluzaud, Michel Debats, Nómadas del viento (Le peuple migrateur), 2001
Jacques Perrin, Jacques Cluzaud, Michel Debats, Nómadas del viento (Le peuple migrateur), 2001
lunes, enero 08, 2007
You are always on my mind
Recuerdo que cuando yo era pequeño a menudo corría el rumor de que Elvis Presley seguía vivo. Pues bien, transcurridos casi treinta años desde su muerte, doy fe de que no se trata de un rumor, sino que es verdad: Elvis sigue vivo, pero que muy vivo.
Quien desee comprobarlo, que escuche dentro de un par de horas, de 20 a 21 en Onda Latina (87.6 de la FM madrileña o a través de internet, http://www.ondalatina.tk) el primer programa de 2007 de Música Cósmica, que, coincidiendo con el cumpleaños del Rey del Rock and Roll, ha decidido demostrar que Elvis vive todavía.
Mientras tanto, os dejo con algunos fragmentos de la película Blue Hawaii:
Elvis Presley - Almost Always True
Elvis Presley Moonlight Swim
Elvis Presley - Ku-U-I-Po
Elvis - Hawaiian Wedding Song
Elvis Presley - No More
Elvis - Beach Boy Blues
Elvis - Rock a hula baby
Elvis - I can't help falling in love with you
Elvis, estés donde estés, you are
Always On My Mind
sábado, enero 06, 2007
Los verdaderos Reyes Magos

«Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo. Y setenta centavos estaban en céntimos. Céntimos ahorrados, uno por uno, discutiendo con el almacenero y el verdulero y el carnicero hasta que las mejillas de uno se ponían rojas de vergüenza ante la silenciosa acusación de avaricia que implicaba un regateo tan obstinado. Delia los contó tres veces. Un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos».
William Sidney Porter (O. Henry), "El regalo de los Reyes Magos" (The gift of the Magi, en The Four Million, 1906) . [Me hubiera gustado poner la traducción de este cuento hecha por Borges, pero no la tengo a mano en este momento]
Imagen: El Bosco, La adoración de los Magos, c. 1510.
viernes, enero 05, 2007
La (in)decisión

Casi siempre que tengo que regalarle algo a alquien, pienso en un libro, pero ello no quita para que me pase días enteros (como ahora) dándole vueltas al asunto. ¿Cuál escoger? La decisión no siempre es fácil, sobre todo para un indeciso como yo.
«Antes de regalar un libro siempre dudo. Doy vueltas, hojeo demasiadas páginas, me retraigo para evitar el fastidio que termina por causarme cualquier elección. Redoblo ese desgano mientras observo unos estancos donde se anuncian demasiadas obras maestras para ser tomadas en serio. Buscar un libro para regalo no se reduce a la elección de un título o de un autor, gestos que cualquier lector serio limita a una veintena de nombres previamente sopesados. Se trata de algo más complejo, que tiene que ver - intuyo- con un frágil equilibrio a la hora de superponer ideas imprecisas, como un calco amenazado por el escaso contraste del original.
En primer lugar, la noción que tenemos del destinatario del regalo, una idea que nos conduce por necesidad a su reverso: la que ese destinatario se hace de nosotros mismos. Como si al regalar un libro entregásemos también alguna imagen nuestra, una contraseña definitiva, el trazo de un carácter que se convierte en dádiva. Influye, por supuesto, nuestra idea de la literatura. Pero no de manera decisiva: ¿quién no ha regalado, por ejemplo, un libro que no había leído, o del que tenía una idea más bien vaga? De alguna manera, ese regalo nos colocaba en el lugar de otra persona, nos dejaba vivir una vida prestada. Regalamos, también, para ser otros.
Un observador imparcial podría considerar estas suplantaciones como un simple devaneo narcisista. Pero regalar un libro es sobre todo un antiguo ejercicio sentimental, un rito que debemos preservar de cualquier tentación reduccionista.
El libro ideal para regalar es el que nos gustaría haber escrito. No quiere decir que sólo regalemos libros escritos por nosotros mismos, aunque esto es más bien el resultado de algunas limitaciones objetivas y no de la modestia: hay libros que nos gustaría regalar pero no están escritos, y hay otros que no se escribirán ni siquiera con una lista de hipotéticos suscriptores. Desde este punto de vista, regalar un libro significa sustituir la perspectiva de quien escribe por la curiosidad y el placer de alguien que lee, un intercambio de ´fides´. Es un asunto tan importante que hay que limitarse a no profundizar en él. O a mezclar demasiadas cosas, temas para los que haría falta inventar un escritor que sólo puede leer o un lector que sólo puede escribir, o pensar y entender como si escribiera... en ese punto en el que, paradójicamente, bien pudiera también no hacerlo. Por culpa de todas esas ambigüedades deambulamos en la librería, demasiado ocupados en ensayar el gesto que cortará nuestro monólogo indeciso.
Regalar un libro es también un acto de serena violencia pues aúna el imperativo con la dádiva: un admonitorio "aún no lo has leído" con su reverso amable: "disfrútalo", "te hará feliz". Y hay en todo esto algo de erótica adolescente, de androginia sentimental, de fuerzas que pugnan por salir de la indefinición. El adolescente utiliza los libros para salvarse del exceso de fantasía que amenaza su naturaleza, estancada en un estado tan puro como informe. Podrá dedicar su vida a fantasear o conseguir con el tiempo una especie de desasosiego, el clima de una búsqueda en la que él mismo se metamorfosea. Porque regalar un libro es conceder algo esencial a un tercero que en realidad no requiere de nosotros para expresarse.
Pocas veces sacamos partido de esa ventriloquia y casi siempre el regalo acaba malinterpretándose. A menudo quien regala se considera el médium privilegiado de un escritor por quien profesa un culto semejante a la envidia; la literatura se vuelve entonces una sesión de espiritismo y cada frase es una invitación para tomar el té en una mesita de tres patas. Pero otras veces, sin explicación aparente, logramos desprendernos de esa carga de sobrentendidos con un mínimo esfuerzo: son esos regalos que entran mansamente en el redil de lo propicio, como una mano acariciada por la forma del guante».
Ernesto Hernández Busto, "Consideraciones antes de regalar un libro", La Vanguardia, 2 de diciembre de 2005.
Imagen: Vincent Van Gogh, Naturaleza muerta con tres libros, 1887.


