viernes, 11 de diciembre de 2009

 

Día Internacional de las Montañas

"Las montañas son el comienzo y fin de todos los paisajes (...) Las montañas han sido creadas como escuelas y catedrales; para los sabios son preciosos manuscritos; para los excursionistas son enseñanzas simples e instructivas; para los filósofos y pensadores son claustros silenciosos; para los adoradores sinceros y de corazón puro son santuarios luminosos (...) Cuanto más crece el carácter montañoso de un lugar más aumenta su belleza absoluta".

John Ruskin: True and the Beautiful in Nature, Art, Morals, and Religion, 1872.

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lunes, 12 de noviembre de 2007

 

Maravillas de la Naturaleza


www.Tu.tv

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martes, 16 de octubre de 2007

 

Vigésimoquinto aniversario de un código de honor

"Hace muchos años pinché en la puerta de un armario en el que guardo mochila, botas, chubasquero y otros útiles desgastados por las montañas, un cartel pintado por Samivel con los puntos de la declaración de Kathmandú. Así, desde hace tiempo, cada vez que voy al monte lo veo. Lo tengo tan asumido que, en realidad, casi no lo veo.



Fue tan bueno que saliera de los mismos montañeros esa civilizada propuesta, generosa para su paisaje propio, que, desde que se redactó, me ha parecido el símbolo de la actitud honesta del alpinista. Ahora, al cabo de los años, cuando en mis montañas he visto tantos atropellos al paisaje secular y he observado cómo ciertos entes montañeros miraban a otro lado o incluso participaban activamente en esos desmanes, tal vez por opacidad en su sensibilidad o por interés compartido con los promotores de las heridas a las montañas o quizás por ambas cosas, he sentido una decepción inmensa. Tengo, sin embargo, mis ideales intactos, tanto sobre la montaña como sobre el alpinismo y hasta sobre los alpinistas, porque la primera lo sigue mereciendo, porque considero al segundo una de las artes más nobles que pueda ejercer un hombre y porque hay sobradas muestras de categoría extraordinaria en la mayoría de los verdaderos montañeros en éste y en muchos otros aspectos.

Al recordarme un amigo montañero, y que sí mira los hechos de frente sin compartir aquellos que dañan la montaña, que este octubre era el 25 aniversario de la declaración de Kathmandú he abierto la puerta del armario que guarda todas mis cordilleras y he releído punto por punto sus recomendaciones. Es como recibir una oleada de sensatez, de buen estilo; es escuchar una advertencia que se ha hecho más necesaria con los años. Hará pensar, no lo sé, en cuántos desvíos se han dado. Es hasta posible que su relectura haga rectificar algunos derroteros, aunque no parece probable. Este es un código de honor, sólo de honor, no obliga; es nuestra referencia moral claramente explicada, de la que se puede discrepar, cómo no, como de cualquier tabla de la ley; es fácil distanciarse de ella, incluso más que seguirla. Pero éstos son nuestros principios. En su momento fueron adoptados tácitamente por todos y, con el tiempo, nadie los ha discutido ni sustituido explícitamente por otros. Pero, si no queremos que sean sólo una ocultable referencia a nuestra hipocresía, tenemos que confrontarnos con lo que dicen. En la actualidad es más que conveniente un severo y auténtico examen de conciencia montañero frente al cartel de Samivel.

Como los examinandos, deberemos responder con sinceridad en nuestro fuero interno a sus cuestiones. De cara a nosotros mismos. Porque, realmente, ¿los montañeros somos conscientes y, sobre todo, estamos activos frente a la urgente necesidad de protección efectiva del ambiente de montaña y su medio? ¿Lo somos de que también, aparte de nuestros impulsos de penetrar y vivir en la montaña, su naturaleza, la que nos sirve de escenario y terreno, es decir, su roca, paisaje, flora, fauna y componentes naturales, en general, necesitan atención inmediata, cuidado e interés? ¿Participamos en la idea de que es una prioridad alentar las acciones ideadas para reducir el impacto negativo de las actividades del hombre en la montaña y emprendemos actos para cooperar en ello? ¿Nos hemos conmovido o hemos hecho algo cuando se ha violado la herencia cultural de nuestras montañas por la piqueta demoledora y la reconversión inmobiliaria y cuando se ha afectado, aquí o en un monte remoto, la dignidad de la población local? ¿Hemos animado a emprender acciones o las hemos llevado a cabo espontáneamente nosotros, donde era realmente necesario y grave, sin subterfugios ni salidas por la tangente, sin dar gato por liebre, para restaurar y rehabilitar el mundo de la montaña? ¿Nos hemos encerrado en nuestro cascarón, federación, localidad o provincia, autonomía o país, sin entrar en contactos entre los montañeros de diferentes lugares en espíritu de hermandad, de respeto mutuo y de paz? Más bien ¿no hemos participado en los más frecuentes estilos unas veces competitivos, huraños, hostiles, y otras cómodamente desinformados, desentendidos o incluso cínicos?... ¿Nos hemos preocupado suficientemente de que la información y educación para el mejoramiento de las relaciones entre el hombre y su medio ambiente deban estar disponibles en sectores cada vez más amplios de la sociedad? ¿Hemos entrado o salido, opinado, reflexionado y actuado en el hecho de que el uso de la apropiada tecnología para las necesidades energéticas, como la construcciones de embalses en los valles y aerogeneradores en las cumbres, y la correcta eliminación de los crecientes desechos por la urbanización de las áreas montañosas son puntos de interés inmediato? ¿Estamos en condiciones de asegurar que hemos hecho todo lo posible para recabar apoyo gubernamental y no gubernamental en materia de conservación a las regiones montañosas en desarrollo? Y finalmente, ¿no habremos aceptado o participado en que el estudio de las áreas montañosas para promover su apreciación y estudio no haya sido impedido a unos o acaparado por otros por consideraciones políticas? Algo sabemos de todo esto. Démonos un respiro y, si es preciso, cambiemos de itinerario, pero sin tardanzas, porque la montaña, la gran montaña, la representada por sus valores en peligro, no puede esperarnos más.
Amigos montañeros, repasad los términos de la declaración alpinista o desclavadla de vuestros corazones: protección, naturaleza, actividades negativas, herencia cultural, restauración, hermandad, educación, información, usos energéticos, urbanización, conservación, estudio imparcial, manipulación política.

Tal vez alguien se haya arrepentido ya de haber leído estas líneas, pero no es literalmente sino la vieja declaración de los alpinistas, aunque comprendo que formulada de modo quizás molesto para actitudes posiblemente permisivas con sus propias faltas. No nos engañemos más: si esto fuera una encuesta (tal vez fuera una buena idea realizarla pregunta a pregunta en los medios de montaña), son bastante previsibles los resultados que daría".

EN EL 25º ANIVERSARIO DE LA DECLARACIÓN DE KATHMANDÚ.
Eduardo Martínez de Pisón, 10 de octubre de 2007.



DECLARACIÓN DE KATMANDÚ SOBRE LAS ACTIVIDADES DE MONTAÑA


Artículos de la Declaración

1. Hay una urgente necesidad de protección efectiva del ambiente de montaña y su medio.

2. La flora, fauna y recursos naturales de todas clases necesitan atención inmediata, cuidado e interés.

3. Deben alentarse las acciones ideadas para reducir el impacto negativo de las actividades del hombre en la montaña

4. La herencia cultural y la dignidad de la población local es inviolable.

5. Todas las acciones ideadas para restaurar y rehabilitar el mundo de la montaña necesitan ser alentadas.

6. Los contactos entre los montañistas de diferentes regiones y países debe incrementarse en el espíritu de la hermandad, el respeto mutuo y la paz.

7. La información y educación para el mejoramiento de las relaciones entre el hombre y su medio ambiente debe estar disponible a secciones cada vez más amplias de la sociedad.

8. El uso de la apropiada tecnología para las necesidades energéticas y la correcta eliminación de desechos en las áreas montañosas son puntos de interés inmediato.

9. La necesidad de más apoyo internacional —gubernamental tanto como no gubernamental— a los países montañosos en desarrollo, por ejemplo, en materia de conservaión.

10. La necesidad de ampliar el acceso a áreas montañosas para promover su apreciación y estudio no debe ser impedida por consideraciones políticas.

Katmandú, Octubre de 1982

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lunes, 15 de octubre de 2007

 

Mi vida al aire libre

Hoy, 15 de octubre, se celebra el Día de Acción del Blog. El tema de este año es el medio ambiente, por lo que si tienes un blog y deseas unirte a esta iniciativa, sólo tienes que postear algo sobre dicho asunto.

Aplicando la máxima de “por mí que no quede”, y teniendo en cuenta que esta semana tenía pensando hablar de Miguel Delibes aprovechando que cumple la friolera de 87 años, qué cosa mejor que hacer referencia a la enorme pasión que ha tenido siempre este gran escritor por la naturaleza.



Aunque el tema podría dar mucho de sí (al menos para una tesis doctoral), me limitaré a transcribir algunos pasajes de la vida de este insigne vallisoletano, que con toda justicia se podría englobar en el grupo de los ecologistas más activos de este país durante la segunda mitad del siglo XX.

Esta actitud de amor y defensa de la naturaleza tiene mucho que ver con su condición de cazador (“antes que un escritor que caza, soy un cazador que escribe”; “mis libros salen de mis contactos con el campo y no a la inversa, de donde se deduce que yo salgo al monte a cazar perdices y, de rechazo, cazo también algún libro”) y con su propia concepción de la actividad cinegética (“el verdadero cazador es capaz de disfrutar de un placentero día de caza sin necesidad de disparar la escopeta”). Pero no está únicamente presente en sus títulos cinegéticos, como La caza de la perdiz roja (1963), El libro de la caza menor (1964), Con la escopeta al hombro (1970), Aventuras, venturas y desventuras de un cazador a rabo (1977), Las perdices del domingo (1981), o El último coto (1992), sino que realmente es algo que inunda por todas partes y desde época temprana su vida y en consecuencia su obra.



"En mis libros he tratado de reflejar la naturaleza, y la vida rural... Y cuando no era en el campo -en el mundo puramente rural- era en la pequeña capital de provincia asomada al llano o a la montaña... De ordinario yo me movía en estos ambientes... y los novelaba. Así fue creciendo mi obra desde El camino hasta Mi vida al aire libre pasando por Las ratas, La hoja roja, Los santos inocentes, Diario de un cazador, Cinco horas con Mario, El disputado voto del señor Cayo, El tesoro... El aire libre, la naturaleza, el hombre no mimetizado, han sido a lo largo de los años las constantes de mi literatura".



"De niño, en mi piso urbano, donde mis padres me nacieron, yo vivía desazonado, buscando, como los perros de caza encerrados en un automóvil, una rendija por donde penetrase un soplo de aire vivificador. Mi avidez me llevaba aún más lejos: recurría a la lectura de libros relacionados con la naturaleza para hacerme la ilusión de que respiraba un ambiente oxigenado. A los mágicos cuentistas nórdicos, sucedieron Zane Grey y Oliver Courwood, novelistas de las praderas, autores que creaban en torno mío una ficción de aire libre que era casi como estar al aire libre. Mi adolescencia, asimismo, vino marcada por lecturas que me liberaran, que me sacaran de entre las cuatro pareces donde discurrían mis ocios, novelas de aventuras como Rebelión a bordo, Tres lanceros bengalíes, autores como Salgari que me sirvieron de puente para acceder a la novela noble: Robinson Crusoe, Mobby Dick o La isla del tesoro no menos ventiladas. Mis lecturas, pues, vinieron orientadas desde niño por un guía inusual: la naturaleza".



“Hay un instinto que me empuja hacia la naturaleza desde muy joven, y quizá este instinto está enlazado con esta hurañía con que hemos comenzado nuestra conversación, de manera que el hecho de que yo necesitaba horizontes abiertos para respirar y para vivir me llevó a la naturaleza. Esto ha sido tan agudizado que cuando dispuse de unas primeras pesetas que no debía emplearlas diariamente en comer, me hice un pequeño refugio en el campo, en un pueblecito de Burgos, en Sedano, que está en las primeras estribaciones macizas de la cordillera cantábrica, y en este pueblecito es donde realmente, cuando me refugio, me siento verdaderamente feliz. Si yo no tuviera las obligaciones inmediatas de atender a mis hijos más pequeños, no tendría inconveniente en retirarme allí a vivir con mi pequeño huerto, con mi escopeta y mi caña de pescar, dedicando otros ratos, otros ocios, a la pluma. Creo que sería el ambiente en que me desarrollaría plenamente y a mi propia satisfacción”.

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