jueves, 29 de octubre de 2009
La alameda del pasado
"[...] es conveniente volver de cuando en cuando una larga mirada hacia la profunda alameda del pasado: en ella aprendemos los verdaderos valores -no en el mercado del día".
José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset
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sábado, 24 de octubre de 2009
La cima del universo
"La forma más soberana del vivir es el convivir, y una convivencia cuidada, como se cuida una obra de arte, sería la cima del universo".
José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset
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sábado, 3 de octubre de 2009
Desvelar
"Quienquiera enseñarnos una verdad que no nos la diga: simplemente que aluda a ella con un breve gesto, gesto que inicie en el aire una ideal trayectoria, deslizándonos por la cual lleguemos nosotros mismos hasta los pies de la nueva verdad. [...] Quienquiera enseñarnos una verdad, que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros".
José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (Meditación preliminar), 1914.
José Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (Meditación preliminar), 1914.
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domingo, 18 de enero de 2009
Ventura y desgracia
“[…] todo lo que al hombre se refiere, incluso el planeta donde ha sido injertado, es histórico, y […] lo histórico es inexorablemente cambio, vicisitud y alternativa: mudanza de peor a mejor y de mejor a peor, angustia y alborozo, ventura y desgracia. Por tanto, […] el hombre tiene que vivir alerta y afanoso para realizar en la medida de lo posible ese programa intransferible de existencia que cada uno de nosotros es”.
José Ortega y Gasset, Vives-Goethe, Revista de Occidente, 1973.
José Ortega y Gasset, Vives-Goethe, Revista de Occidente, 1973.
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lunes, 30 de junio de 2008
Introspección
"No sabemos lo que nos pasa y eso es lo que pasa".
José Ortega y Gasset
José Ortega y Gasset
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lunes, 14 de abril de 2008
Más allá de la superficie

"Algunos hombres se niegan a reconocer la profundidad de algo, porque exigen de lo profundo que se manifieste como lo superficial. No aceptando que haya varias especies de claridad, se atienen exclusivamente a la peculiar claridad de las superficies. No advierten que es a lo profundo esencial el ocultarse detrás de la superficie y presentarse sólo al través de ella, latiendo bajo ella.
Desconocer que cada cosa tiene su propia condición, y no la que nosotros queremos exigirle, es, a mi juicio, el verdadero pecado capital, que yo llamo pecado cordial, por tomar su oriundez de la falta de amor. Nada hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es.
Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma manera que lo superficial. No; hay cosas que presentan de sí mismas lo estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están detrás ocultas".
José Ortega y Gasset, Ideas y figuras, I, nº 7, 31 de octubre de 1918.
Imagen: José de Ribera, El tacto, 1613-1616.
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lunes, 11 de febrero de 2008
Proporciones
"Notad que la amargura nace siempre de la desproporción entre lo que anhelamos y lo que conseguimos.
Chi nos può quel che vuol, quel che può voglia (el que no puede lo que quiere, quiera lo que puede), decía Leonardo de Vinci".
José Ortega y Gasset, "Meditación de El Escorial".
Chi nos può quel che vuol, quel che può voglia (el que no puede lo que quiere, quiera lo que puede), decía Leonardo de Vinci".
José Ortega y Gasset, "Meditación de El Escorial".
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jueves, 11 de octubre de 2007
Testigo soy
"El sol busca la menuda oreja de la ninfa a mi siniestra y la traspasa voluptuoso, dejándola transparente. El enorme disco triunfa prodigiosamente y derrama su lujo fantástico con tal seguridad y abundancia que se advierte en él la convicción de su inagotabilidad. Bajo sus rayos todo se transmuta en oro, especialmente la tortilla que acaban de servir, tan auténticamente orificada que, al comerla, el apetito se vuelve casi avaricia.
-¡Qué bonito es el sol! -dice una de las ninfas, con el delicioso gesto con que podía mostrar una joya familiar, legado de las más viejas herencias.
-Yo no comprendo cómo puede usted vivir sin tomar el sol -me dice la otra.
-Es que yo no vivo, señora -le respondo.
-Pues ¿qué hace usted?
-Asisto a la vida de los demás.
-Pero eso es un martirio, ¿verdad, amigo mío? -insinúa la ninfa más sensible, rubia, rubia como una cuerda de violín y, como ella, capaz de estremecimientos.
-No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe, que es usted ahora, prisionera de los rayos solares, casi un mito perfecto; que el cuello de leopardo en que culmina su abrigo es auténtico, hasta el punto que siento no haber traído el arco y las flechas, ya que ganas de cazar a nadie faltan, señora, por muy mártir que sea...
Testigo soy, un testigo de la gran maravilla que es el mundo y los seres en el mundo. ¡Y no es misión despreciable, ninfa amiga! Si no existe alguien que atestigüe la existencia de las demás cosas, ésta sería como nula. Vea usted; en este instante las gentes que nos rodean, los comensales de estas mesas limítrofes, los jerseys que entran y salen, que se juntan y se disocian rápidamente en esta galería, bajo el sol, se hallan ocupados sin resto en vivir cada cual su vida. Nadie advierte que en el batiente de la sombra emanada de esta pilastra acaba de ingresar el gentil rostro de usted; la radiación en torno no permite distinguir bien sus facciones oscurecidas; hija del sol, como pueda serlo una inca pura sangre, acaba usted de naufragar y hundirse en el elemento sombrío. Y como restos de la catástrofe, la fluida tiniebla arroja hasta nosotros sólo tres notas, que son una misma repetida: el blanco de las perlas que llevaba usted al cuello, el blanco de sus dientes y el blanco de sus ojos. Esta triple pulsación de candidez, subrayándose mutuamente, elabora en este instante un ritmo purísimo completamente superfluo; pero, sin duda, lo más valioso que en este rincón del planeta está ahora acaeciendo. Si yo fuese prisionero de mi propia vida no lo habría notado. Pero he cumplido mi alta misión de testigo, y esta realidad, tan graciosa como fugaz, queda para siempre salvada. ¡Todos conservaremos un recuerdo inmortal de su naufragio en la sombra! Homero decía que los héroes combaten y mueren no más que para dar motivo a que luego el poeta los cante. Parejamente, yo diría que usted existe, señora, gracias a que yo doy testimonio de su existencia".
Jósé Ortega y Gasset, "Conversación en el golf o la idea del dharma".
-¡Qué bonito es el sol! -dice una de las ninfas, con el delicioso gesto con que podía mostrar una joya familiar, legado de las más viejas herencias.
-Yo no comprendo cómo puede usted vivir sin tomar el sol -me dice la otra.
-Es que yo no vivo, señora -le respondo.
-Pues ¿qué hace usted?
-Asisto a la vida de los demás.
-Pero eso es un martirio, ¿verdad, amigo mío? -insinúa la ninfa más sensible, rubia, rubia como una cuerda de violín y, como ella, capaz de estremecimientos.
-No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe, que es usted ahora, prisionera de los rayos solares, casi un mito perfecto; que el cuello de leopardo en que culmina su abrigo es auténtico, hasta el punto que siento no haber traído el arco y las flechas, ya que ganas de cazar a nadie faltan, señora, por muy mártir que sea...
Testigo soy, un testigo de la gran maravilla que es el mundo y los seres en el mundo. ¡Y no es misión despreciable, ninfa amiga! Si no existe alguien que atestigüe la existencia de las demás cosas, ésta sería como nula. Vea usted; en este instante las gentes que nos rodean, los comensales de estas mesas limítrofes, los jerseys que entran y salen, que se juntan y se disocian rápidamente en esta galería, bajo el sol, se hallan ocupados sin resto en vivir cada cual su vida. Nadie advierte que en el batiente de la sombra emanada de esta pilastra acaba de ingresar el gentil rostro de usted; la radiación en torno no permite distinguir bien sus facciones oscurecidas; hija del sol, como pueda serlo una inca pura sangre, acaba usted de naufragar y hundirse en el elemento sombrío. Y como restos de la catástrofe, la fluida tiniebla arroja hasta nosotros sólo tres notas, que son una misma repetida: el blanco de las perlas que llevaba usted al cuello, el blanco de sus dientes y el blanco de sus ojos. Esta triple pulsación de candidez, subrayándose mutuamente, elabora en este instante un ritmo purísimo completamente superfluo; pero, sin duda, lo más valioso que en este rincón del planeta está ahora acaeciendo. Si yo fuese prisionero de mi propia vida no lo habría notado. Pero he cumplido mi alta misión de testigo, y esta realidad, tan graciosa como fugaz, queda para siempre salvada. ¡Todos conservaremos un recuerdo inmortal de su naufragio en la sombra! Homero decía que los héroes combaten y mueren no más que para dar motivo a que luego el poeta los cante. Parejamente, yo diría que usted existe, señora, gracias a que yo doy testimonio de su existencia".
Jósé Ortega y Gasset, "Conversación en el golf o la idea del dharma".
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lunes, 1 de octubre de 2007
El amor inalienable
"La vida, en su madurez, si es leal consigo misma, si siente el pudor de la propia riqueza acumulada -madurez es vida atesorada, como la uva en otoño es toda ya dulzor de muchos soles- suele ser muy exigente y no se entrega a cualquier belleza transeúnte, sino que se reserva para darse no más a lo sutil. Por eso es la mujer de treinta años la mejor: ya no ama a cualquiera, sino que elige. Yo no creo que haya auténtico amor si no hay elección. Pero la elección es mucho menos frecuente de lo que se supone: no consiste en preferir a un ser entre muchos que pueden ser amados. Con esta pseudo-elección se contenta casi todo el mundo, y, sin embargo, de ella sólo puede nacer un pseudo-amor. La verdadera elección consiste en no ser capaz de amar más que a determinado ser -es el amor inalienable-".
José Ortega y Gasset, "Intimidades", 1929 (El Espectador, VII).
José Ortega y Gasset, "Intimidades", 1929 (El Espectador, VII).
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sábado, 3 de marzo de 2007
La profunda alameda

«Soy un hombre que ama verdaderamente el pasado. Los tradicionalistas, en cambio, no le aman; quieren que no sea pasado, sino presente. Amar el pasado es congratularse de que efectivamente haya pasado, y de que las cosas, perdiendo esa rudeza con que al hallarse presente arañan nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la reminiscencia.
El valor que damos a muchas de las realidades presentes no lo merecen éstas por sí mismas; si nos ocupamos de ellas es porque existen, porque están ahí, delante de nosotros, ofendiéndonos o sirviéndonos. Su existencia, no ellas, tiene valor. Por el contrario, de lo que ha sido nos interesa su calidad íntima y propia. De modo que las cosas, al penetrar en el ámbito de lo pretérito, quedan despojadas de toda adherencia utilitaria, de toda jerarquía fundada en los servicios que como existentes nos prestaron, y así, en puras carnes, es cuando comienzan a vivir de su vigor esencial.
Por esto es conveniente volver de cuando en cuando una larga mirada hacia la profunda alameda del pasado: en ella aprendemos los verdaderos valores -no en el mercado del día».
José Ortega y Gasset, "Tierras de Castilla. Notas de andar y ver", en La vida en torno, 1911.
El valor que damos a muchas de las realidades presentes no lo merecen éstas por sí mismas; si nos ocupamos de ellas es porque existen, porque están ahí, delante de nosotros, ofendiéndonos o sirviéndonos. Su existencia, no ellas, tiene valor. Por el contrario, de lo que ha sido nos interesa su calidad íntima y propia. De modo que las cosas, al penetrar en el ámbito de lo pretérito, quedan despojadas de toda adherencia utilitaria, de toda jerarquía fundada en los servicios que como existentes nos prestaron, y así, en puras carnes, es cuando comienzan a vivir de su vigor esencial.
Por esto es conveniente volver de cuando en cuando una larga mirada hacia la profunda alameda del pasado: en ella aprendemos los verdaderos valores -no en el mercado del día».
José Ortega y Gasset, "Tierras de Castilla. Notas de andar y ver", en La vida en torno, 1911.
Imagen: Rafael López Blázquez, Alameda, 1998.
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